0.75, más que un número

León Bendesky La inflación en el año 2000 en México fue 8.96 por ciento. En mayo pasado, la tasa anualizada fue 7.65 por ciento, la más alta desde entonces. La población del país de entre cero y 9 años y entre 10 y 19 años comprenden, en cada segmento, 20 millones de personas según el censo de 2020; esto equivale a 32 por ciento del total. Si se agrega la población de 20 a 29 años, otros 20 millones, se tiene una idea del número de mexicanos que no tiene ninguna o muy escasa experiencia con respecto a la inflación; sobre todo del nivel de la actual. Tampoco la tienen muchos de los negocios que operan en el país, ni los de tamaño grandes ni, sobre todo, los más pequeños y que tienen una vida más corta. Además, la expectativa es que la inflación se mantenga elevada y por un periodo incierto. Las repercusiones de la inflación son muy distintas para los individuos, los hogares, las empresas y las instituciones financieras. Esa diferencia provoca una recomposición en los flujos: los ingresos y los gastos, los ahorros y el endeudamiento. El efecto de este proceso será muy notorio y duradero para cuando se consigan restablecer las condiciones de una cierta estabilidad monetaria y financiera. Además, en un entorno de muy escaso crecimiento de la economía. La tasa de interés que determinan los bancos centrales es el instrumento primordial para enfrentar a la inflación. Su efecto se transmite en los mercados de dinero y capital y afecta a las decisiones del gasto en consumo e inversión. Finalmente, repercute en el nivel de la actividad productiva. Por eso se considera que el entorno tenderá a combinar la inflación y la recesión, lo que se conoce con el incómodo término de estanflación. Cuando el banco central anuncia que eleva la tasa de interés de referencia enfrenta a receptores de esa información que son de muy distinta naturaleza. Una cosa es comunicarlo a los participantes activos del sistema financiero: bancos, casas de bolsa, aseguradoras, a una serie de distintos intermediarios en los mercados de dinero y capitales, o bien, a los grandes conglomerados con profesionales en tesorería. Éstos pueden incluso adelantarse al anuncio esperado de política monetaria y tomar posiciones de resguardo. Otra cosa, muy distinta, es transmitir la situación a la gran mayoría de las empresas: los medianos, pequeños, los micronegocios. La dificultad del mensaje es mucho mayor en el caso de la población en general. Si la información no es homogénea para los distintos receptores, mucho menos lo es su capacidad relativa de acción frente a la variación de un precio clave del sistema económico, como es el costo del crédito. Mientras algunos pueden ejercer una capacidad de respuesta o de protección, otros, la gran mayoría, son actores pasivos que reciben el impacto adverso de manera más directa. El mensaje se transmite esencialmente en la forma de un número y expresado en términos porcentuales. Es significativa esa forma de comunicar una cuestión con tan gran impacto para los negocios y en el bienestar de las familias. La atención se centró en el aviso que hizo el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos el pasado 15 de junio. La cifra declarada fue 0.75 puntos porcentuales. Se espera que el Banco de México reproduzca esa decisión y en la misma medida en la reunión venidera de la Junta de Gobierno. Ese número tiene una historia y un desenlace que está en proceso. Eso no debe perderse de vista. El capitalismo está hoy centrado en el eje financiero y la especulación. La muestra son las crisis de 2001, 2008 y la actual. Se confirma que seguirá la carestía de los alimentos y el resto de lo que se consume. También será más complicado pagar las deudas. Para quienes tiene un negocio será más difícil administrar las compras y los inventarios. Todo esto forma parte de las expectativas, siempre en un entorno de gran heterogeneidad de los agentes económicos. Si las expectativas son de alza de los precios, la inflación tenderá a materializarse debido al impulso de la demanda: compro hoy para evitar pagar más si lo pospongo. En el caso de las empresas podrían decidir pagar sus deudas vigentes para contener el efecto de las tasas más altas. Eso llevaría a una contracción adicional de la actividad productiva. Las expectativas respecto de la dinámica de la inflación son un factor relevante en la dinámica de los precios. La alta inflación puede adquirir una vida propia. La carestía suele afectar la percepción de los consumidores sobre las condiciones económicas, pues el patrón de medida se altera con la depreciación del dinero: con el mismo monto se compra menos cantidad que antes. Esto, que se conoce como ilusión monetaria genera temor y trastorna las decisiones. La información se vuelve confusa: no es lo mismo ver cómo sube el precio del pan o la gasolina que comprender el impacto del alza de los intereses; ese 0.75 por ciento. En un periodo de elevada inflación se tiende a extrapolar los que pasa hoy hacia el futuro. Modificar las expectativas es parte de lo que hace un banco central para enfrentar la inflación, pero esto choca con la manera en que se transmite la información a los expertos y a la gente en la calle.