Sarcasmos

October 10, 2015

 

“¿Tiene libros sobre el cansancio?” “Sí teníamos, pero ya están agotados”. / “No me gusta estar enfermo porque se siente uno muy mal”: Juan Gabriel. / Quizá Cupido me flechó con una almohada y por eso amo dormir. Sí, eso debe ser. / Chichi que no llena una mano, es grano. / “Hola amigo, supe que te casaste. ¿Cómo te va?” “No me puedo quejar”. “Entonces todo bien”. “No me puedo quejar, ahí está mi mujer”.

 

MEXPUECUETÓPATL

 

El nombre fue inventado hacia 1970 por Edmundo Flores para referirse a la megalópolis en cierne integrada por las ciudades de México, Puebla, Cuernavaca, Toluca y Pachuca: MEXPUECUETOPA. Yo le añadí la terminación “tl” para incluir a la ciudad de Tlaxcala y para darle una resonancia náhuatl (¿cabría integrar a otras posibles ciudades conurbables: Apizaco, Cuautla, Taxco, Valle de Bravo, Tepoztlán, Cuautla y quizá hasta Querétaro y Morelia?).

 

Es la única comparación que pude encontrar en nuestro país con la megaurbe china en construcción, JingJinJi, que albergará 130 millones de habitantes. Me imagino que en extensión Mexpuecuatópatl y anexas es comparable a JingjinJi, pero le queda muy corta en cuanto a población: unos 30 millones apenas.

 

EDMUNDO FLORES

 

Fue profesor universitario y asesor de la CEPAL, la ONU, la FAO, el BID, el Banco de México, embajador en Cuba y director general del Conacyt (1976-1982). Fue un personaje muy pintoresco y polémico (1919-2003).

 

A pesar de ser doctor en economía agrícola por la universidad de Wisconsin, era un tipo culto, ingenioso y con visión.

 

Ingeniero agrónomo egresado de Chapingo, le fascinaba escandalizar. Publicó ocho libros de análisis y propuestas políticas y macroeconómicas, un libro de cuentos, y una autobiografía en dos volúmenes (cual buen narcisista). Lo vi un par de veces y una cosa era indudable: no podía pasar desapercibido.

 

Encontré esta semblanza de Salvador Leal sobre don Edmundo, con motivo de su fallecimiento (texto editado por mí): “Yo estudiaba Economía en el ITAM. La clase del dr. Edmundo Flores se llamaba

Economía y Globalización o algo por el estilo. Tenía fama de ser una clase buena. En el primer semestre del año 2000 tenía el pelo blanco y muy largo (hasta la cadera), que amarraba con una cola de caballo. Siempre llegaba con su bastón y un folder en donde lo único que guardaba era la lista del grupo. Se sentaba (exigía que las niñas más guapas se sentaran en la primera fila) y comenzaba su clase. Sus clases incluían los datos más actualizados y las anécdotas más viejas de su larga carrera en el Gobierno.

 

Citaba libros, autores y lugares con la autoridad que tiene alguien que ha leído los libros, conocido a los autores (y platicado con ellos) y visitado los lugares de los que hablaba. Pero Edmundo Flores no era el típico doctor en Economía subido en un pedestal desde el cual se dignaba a repartir migajas de conocimiento a sus alumnos. Para nada. De hecho, de cada cinco palabras, tres eran groserías. Flores también fue maestro de mis papás, cuando daba clases de Economía Agrícola en la UNAM por allá de 1968. “Después de la primera semana”, me contaba mi papá, “la clase era de puros hombres pues las mujeres se espantaban con las groserías y los rollos de Edmundo Flores”. Y no lo dudo, nomás en el primer tomo de su autobiografía cuenta sus bajas pasiones por un perro de su colonia.

 

Así se las gastaba. Él fue una de las personas más interesantes que conocí, uno de los mejores maestros, y uno de esos personajes extraños que hacen lo que quieren y viven la vida que realmente desean. Conoció cientos de lugares, tuvo varias esposas y amantes, trabajó en las situaciones más extrañas e interesantes y fue un apasionado del complicado arte de vivir. Supongo que cuando mueres así, hasta te vas riendo. Descansa en paz, Edmundo Flores. Literalmente donde quiera que te encuentres”.

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