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November 26, 2015

Hacía un frío de la fregada y, sin remedio, a tratar de conseguir algo para mitigarlo. Pensé en un chamarrón pero me impide continuar con mi trabajo. ¿Un poncho de lana? De aquí a que lo busco, que me guste uno, que me alcance para pagarlo… El remedio más natural, tequila, mezcal, sotol, lechuguilla o bacanora me podría provocar ciertas ganas de ya no hacer lo que debo, así que mejor será colocar un calefactor.

Lo que más ofrecen en las tiendas son los aparatos eléctricos ultramodernos que con infrarrojos, un calentador de 4500 watts con la foto de Chabelo vestido de santaclós, otros que de verlos se desarman y me parecen más peligrosos que un yihadista en Bruselas. ¿Qué hago? Me urge.

Pregunto al dependiente… Perdón, ya no se llama así, ahora le dicen “asociado”, como los obreros son operarios de producción, el matrimonio es una sociedad de convivencia y los profesores son facilitadores. Bullshit.

Decía, entonces, que acudí con el dependiente (sic) y le pedí que me recomendara el mejor de los calefactores de gas LP. Comenzó por los eléctricos y le pregunté si conocía la diferencia entre la electricidad y el gas licuado de petróleo o butano. Se quedó de a seis… pero reaccionó y me dijo que había reprobado geografía, pero que lo mejor son los calefactores que funcionan con electricidad.

- Pero la electricidad es más segura que el gas.

- Por desgracia es más cara que el gas.

- Todo mundo prefiere los eléctricos.

- Pues allá el mundo, me vale madre. Quiero un calefactor que utilice gas LP.

- Tenemos de gas natural y embotellado.

- ¿No te dieron capacitación antes de contratarte?

- Sí, nos tuvieron encerrados como tres horas.

- Puuuuta, con media hora más de capacitación te hubieran dado el certificado de secundaria y el Nobel de física como bono de asistencia.

- ¿Cómo…?

- Nada, olvídalo. El gas LP se contiene en los tanques metálicos y el natural es el que llega por tubería. Al menos en esta ciudad, no sé cómo lo hagan en las ciudades de Marte.

- Mire, estos son los eléctricos y allá, en el rincón, están los de gas natural.

- ¿Dónde están los de gas embotellado?

- Son aquéllas, los de las cajas azul [bueno, así dijo, déjenlo ser, carajo].

Son tres modelos diferentes, con precios divergentes. La urgencia me induce a decidir rápido, pero no quiero meter la pata. Los veo con tranquilidad, reviso especificaciones técnicas, consumo de energía, requisitos de mantenimiento, alcance de calor y el tamaño de mis posibilidades financieras.

- ¿Qué tipo de material adicional necesito comprar para poder instalar este modelo en mi casa?

- Solamente necesita una manguera, un codo de reducción y el tanque de gas, si no lo tiene.

- ¿Es todo lo necesario?

- Sí, señor.

Llego a la casa y el aparato está incompleto. Alguien abrió la caja y al volver a guardar la máquina, dejó piezas fuera. Atrás los fielders. Regreso a la tienda que se encuentra a 6 kilómetros. A regañadientes me lo cambian y regreso a instalarlo. ¡Oh…! Entre la manguera y el tanque es necesario un cople, una reducción y un niple. Pinche capacitación, qué “pregunte a los expertos” ni qué la chingada.

Regreso con las piezas necesarias. Abro el instructivo del equipo y me dice que ni se me ocurra conectar directamente el calefactor al tanque de gas, es necesario un regulador del flujo de combustible. Y allá voy de nueva cuenta.

Hago todas las conexiones, las sello con cinta de teflón, abro el tanque de gas y sale por donde no debe salir. El regulador tiene una falla de fábrica. Nuevamente a la tienda. No querían cambiarlo, “mejor póngale teflón y se arregla”. “Le pongo teflón a su chingada…, me lo cambia porque viene mal de fábrica”. Lo cambia. Regreso. Lo instalo. Ya no hay fuga, todo bien.

El piloto enciende de maravilla. Los quemadores, jamás. Ya no es hora. Ya cerraron la maldita tienda. Otra noche con media tonelada de cobijas encima. Fuera de las cobijas, un frío de la chingada, como si fuera invierno en el norte de México. Pinches trasnacionales, parece que les pedimos limosna y venden puras porquerías.

Dos semanas antes, de la noche a la mañana, la pantalla de mi iPad apareció con figuras cubistas y surrealistas multicolores, combinadas con imágenes del teatro del absurdo y película psicodélica. Imposible utilizarla.

Hasta que tuve tiempo de cruzar la frontera a tratar de solucionar el problema en el país de Steve Jobs:

- Buenas tardes, señorita. Mi iPad ya no funciona bien.

- Good afternoon. In two minutes, a technician will evaluate your iPad. Have a sit, please, sir.

- Gracias.

Llega el técnico. Me pide mi máquina y se la lleva al taller. Regresa en dos minutos y me dice que no hay remedio. Se rompió la pantalla de cristal líquido. Me pregunta cuándo la compré. Mmm, ya comenzaremos. Hace tres años, me parece. “I’ll come here back in two more minutes”. [I wonder why everything is “in two minutes”… Uhm, I don’t care].

Cuando regresó, me preguntó si estaba yo de acuerdo en reponerme mi iPad, un modelo reciente con las mismas características que la anterior y que el gerente había autorizado el reemplazo sin un desembolso de mi parte. Ni dudé y le di el sí de volada. Esperé cinco minutos más y salí con mi iPad nueva.

Hoy trabajo con mi iPad sin problema alguno, pero sigo sin que funcione el calefactor en la casa.

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