The most wonderful time of the year

December 10, 2015

Vender la navidad es uno de los mayores éxitos de la modernidad occidental. Casi un tercio de los seres humanos se dice cristiano, pero la mercadoctecnia global ha sido tan insistente que gran parte de los otros dos tercios le entran con fe y devoción a lo que ahora resulta la esencia de lo que hemos de llamar “el espíritu navideño”: consumir cuanta mercancía se nos ponga enfrente.

El ánimo consumidor se fomenta desde la infancia. Los medios de comunicación ayudan lo suficiente (¡gracias, Chabelo!), los centros comerciales apoyan y la familia asume y solidifica la necesidad de consumo como forma de vida. Vivimos para comprar, compramos para seguir formando parte de la comunidad. Nos reconocemos en lo que tenemos o juzgamos a partir de las carencias materiales de los demás.

Compradores y vendedores aprovechan la celebración más importante del cristianismo; unos, para incrementar sus ingresos, otros, para acumular objetos. Para ambos grupos significa una época de gran felicidad pues la felicidad es tener y no más que tener. Quien no tiene, no existe. Quien no desea tener, debe ser un pobre amargado, un desquiciado émulo de bestia peluda, un primitivo que no merece formar parte de la humanidad o un desadaptado.

Pero además de tener, uno está obligado a sentirse feliz por tener o por la esperanza de tener. El estado de felicidad navideña se evidencia por la cantidad de elementos decorativos que rodean nuestra vida cotidiana. Desde la cadena de luces multicolores (ahora dispuestas hasta en las suelas de los zapatos), pasando por los pinos, naturales o de plástico, con colguijes variopintos, los absurdos gorritos cocacola style y los esperpénticos adefesios que de moda se han puesto para colocarse en las puertas de los automóviles (un día se me ocurrió preguntar para qué servían o qué representaban esas pendejadas y con una amplia sonrisa un tipo me respondió que eran los cuernos de los renos de santaclós… ¡ay, la inocencia de la imbecilidad!).

Nos hemos quejado hasta el hartazgo de las tarifas de nuestra empresa de clase mundial, la CFE, pero no medimos tanta estupidez en la que gastamos la energía eléctrica. En esta época del año prendemos calefactores eléctricos, series de luces que iluminan, maquinitas inútiles. Habrá gente a la que no le alcanzan los ingresos para pagar las cuentas, pero no dejan de comprar luces que colocarán para que los demás sepan que son grandes celebradores de la navidad. Ya no hablemos de todas esas pendejadas que compramos para adornar la casa y demostrarnos nuestra alegría por el nacimiento del señor, aunque no sepamos ni quién es ese señor.

No dejan de sorprender las oficinas del Estado mexicano, laico según dicen algunos, retacadas de motivos celebratorios de la navidad. Por aquí y por allá vemos empleados con los mismos pinches gorritos cocacola que se usan en cualquier parte del mundo –la pendejez no es exclusiva, carajo–, bonches de recursos públicos desviados para que miles de personas vean árboles con esferas y luces, sin faltar cajas de cartón con envolturas para regalo y moños, como claro recordatorio del significado de la navidad. ¿Cuánto se gastan en eso y en pagar la cuenta de la electricidad que consumen los objetos que la requieren? Pegotes sobre ventanales, puertas forradas con papeles multicolores… basura por doquier.

¡Y medio mundo se siente tan a gusto en ese ambiente! Las vidas son tan huecas en este tiempo que tanta chingadera es suficiente para que las personas tengan con ello la sensación de placer. Por si no

alcanzara para lograrlo, se organizan los infaltables intercambios de regalos. En el mundo de la simulación, el afecto también debe simularse y para simular que todos somos queridos o que a todos se nos toma en cuenta, nos apuntan en el intercambio, aunque no falten listillos que se quedan con los regalos de otras personas. Abusos todo el año, ¡faltaba más!

Navidad es comprar y tener. Triste tu navidad si no regalas o no te regalan algo. Amargura acumulada por todos aquellos años en que pocos o nadie han simulado su amistad a un triste individuo que no da y no recibe. Conmiseración por todos aquellos a quienes no se les toma en cuenta para los regalos. ¿Solución? ¡Juguemos a la simulación del intercambio! Al terminar el ejercicio simulatorio, como en todos los de su tipo, la gente termina satisfecha, plena, complacida por los abrazos hipócritas. La farsa ha concluido y las aguas vuelven a su cauce, con melancolía, decepción, sonrisa fingida y un estremecimiento que de no ser porque la felicidad se aparenta con pasión, la depre surgiría en todo su esplendor y hasta lo más profundo del sistema de drenaje de la ciudad.

La locura por comprar está desatada desde hace meses. Ansia por saber de cuánto será el aguinaldo o desesperación porque todavía no alcanzamos un empleo donde el aguinaldo sea parte de las graciosas prestaciones que otorga dadivosamente el patrón. Muchos, ni a patrón llegan, así que la tristeza embarga sus mentes: no hay con qué celebrar la navidad, no habrá posibilidad de comprar regalos para los seres queridos. No hay navidad sin dinero. Una navidad sin regalos no es navidad. Navidad sin reunión de amigos o familiares donde la comida y el alcohol fluyan a discreción, no puede ser considerada una navidad verdadera.

Total, que para muchos es la mejor época del año. Todo mundo riendo aunque sea de manera fingida, el chiste es reír. Ornamentaciones chinas al por mayor, por doquier, esperando alcanzar muy pronto el tiradero municipal o las calles de la ciudad porque en pocos días no tendrá razón de ser. Y no me quejo por su origen pues da lo mismo que las fabriquen allá o en otra galaxia. Anuncios por todas partes tratando de convencernos de comprar y regalar (o simplemente comprar). Llamadas acosadoras de los bancos para gastar el aguinaldo en seguros, meses sin intereses, bicicletas para parapléjicos, televisiones para débiles visuales, reproductores de música para sordos, work-out-stations para gordos y frituras bajas en sodio para cardiópatas…

Simulemos, pues, que algo queda. ¿Cuál es la palabra hueca de la temporada? Seguro que la escucha por todas partes, la lee en cada mensaje del feis o del tuiter… Ni para qué repetirla.

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