¿En qué quedamos, pelona?

Mientras más rápido crece la población humana, más rápido han crecido las formas de muerte de congéneres. Al mismo tiempo que se incrementa la posibilidad de morir por un cáncer o por un virus recién descubierto por la voracidad con la que mata, los fabricantes de armas aumentan su producción y sus ventas.

Habitamos el planeta poco más de siete mil trescientos ochenta millones de personas y cada día, aproximadamente, hay casi cuatrocientos mil nacimientos a cambio de ciento sesenta y dos mil muertes diarias. Somos muchos y seremos más. En algún momento los recursos pudieron ser suficientes para la cantidad de humanos que había, pero nuestro ritmo de reproducción, aunado a la desigualdad social que nos es característica, junto con el desplazamiento de otras especies que competían contra nosotros por el alimento, el agua y el aire, han promovido que los balances naturales se hayan perdido tiempo ha.

La humanidad es como una plaga de langostas que arrasa con todo lo que encuentra en su camino. Incluso, somos predadores de nuestra misma especie. La solidaridad y el compañerismo son de dientes para afuera. La caridad la utilizamos como una forma de estar bien con nosotros mismos y que el resto se joda, personas, animales, plantas, todo en absoluto.

La invención de formas masivas de producción, surgidas gracias al desarrollo de la tecnología, permitió nuevas condiciones de vida, entre las cuales se combatieron con mayor efectividad las enfermedades. Con ello, el incremento demográfico alcanzó niveles de locura.

Producir a lo bestia significa también disminuir los recursos que en un tiempo se consideraron de todos. Vil mentira. Unos cuantos son quienes se benefician de ellos. Aunque se producen alimentos que bien alcanzarían para toda la humanidad –aunque en detrimento del resto de las especies- millones de infantes y adultos mueren por inanición o desnutrición, a pesar de trabajar toda su miserable vida a cambio de migajas.

Pocos sensatos en el mundo pueden dudar de las consecuencias atroces que la industrialización ha provocado en los seres vivos. Quienes no lo ven, se hacen o carecen de materia gris. Los alimentos procesados contienen sustancias que evidentemente inciden en la aparición de formas más ponzoñosas de cáncer, incluso en edades tempranas. La virulencia de las nuevas enfermedades, como el VIH, el ébola, el zika o las influenzas cuyos culpables identificamos inocentemente en pollos y marranos, no pueden ser sino mutaciones inventadas o provocadas por el mismo accionar de la producción industrial.

El tan llevado y traído progreso no ha significado más que aumentar la brecha de la desigualdad y la inequidad. Las sociedades dominantes viven a costa de las dominadas. Se aclama al trabajo como la única acción que dignifica a hombres y mujeres y cada vez hay más desempleados en el mundo, sin acceso a una ocupación, con posibilidades escasas de obtener una remuneración suficiente para vivir bien y, cuando hay un empleo, se trata de ocupaciones para producir banalidades, para producir

millones de toneladas de basura, para producir armas, para desertificar la tierra, para agotar el agua dulce, para generar gases de efecto invernadero, para producir la riqueza que acumula el uno por ciento de la población del mundo.

En su informe quinquenal más reciente, el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute) establece que las cien principales compañías productoras de armas en el mundo obtuvieron en 2014 ganancias que superan los 400 mil millones de dólares. Ochenta de esas cien empresas se ubican en los Estados Unidos y Europa. Estadounidenses son 38, pero implican el 54.4% de las ganancias referidas. Después de nuestros vecinos del norte, siguen en importancia empresas con base en Gran Bretaña, Rusia, Francia, España, Italia, Japón, Israel, Corea del Sur, Alemania, India, Australia, Brasil, Finlandia, Noruega, Polonia, Singapur, Suecia, Suiza, Turquía y Ucrania. ¿No echa de menos a los chinos? Sí, pero no hay datos precisos, aun cuando se sabe que venden a lo bestia rifles de asalto y aviones de combate y que en el último periodo estudiado parece que han duplicado sus ventas.

Además de China, España, Ucrania e Italia son los países que más han acrecentado sus ganancias en los últimos cinco años medidos por el SIPRI. Por volumen de exportaciones de armamento, la mitad está representada por los aparatos para matar que venden estadounidenses y rusos.

¿Quién compra? Todas las naciones del cercano y medio oriente son las principales compradoras de los gringos: Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía, sobre todo. Los rusos les venden a quienes les piden, como que no tienen empacho en engordarse a costa de quien sea, aunque sus mejores clientes se ubican en China, India y Vietnam. Los chinos son abastecedores más que nada de Pakistán, Bangladesh y Birmania, así como de los países africanos, los compradores menos gastalones, que no lo son por pobres, no por falta de ganas.

Al instituto sueco le parece extraño, lo pone como nota al margen en el informe, que donde se triplicó en el periodo estudiado la compra de armamento fue en una nación que en el mismo tiempo perdieron la vida más de cien mil personas, aunque las autoridades se hagan de la vista gorda. ¿Ya adivinó de quién hablamos? Prefiero no decirlo para que los voceros de la vocación pacifista del Estado mexicano no vayan a sentirse agredidos por esta iniciativa de los suecos por andar vigilando quiénes producen, quiénes venden y quiénes compran aparatejos destinados a su utilización diaria para deshacerse de sus congéneres. Porque, a final de cuentas, las armas se utilizan para tronarse al prójimo…

Se va la muerte cantando Por entre la nopalera ¿En qué quedamos, pelona? ¿Me llevas o no me llevas?

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