Derecho, valentía, insensatez

March 4, 2016

En las ciudades de la República Mexicana, la movilidad de las personas está básicamente representada por el uso de los automóviles que transportan uno o a lo más un par de pasajeros. En términos generales, los sistemas colectivos de transporte se clasifican entre la insuficiencia y la ineficiencia, cuando existen. Las normativas federales, estatales y municipales tienden a dar prioridad a los automóviles particulares, así como las calles, la señalización, la legislación y la ilusión.

Cada día circulan más personas a bordo de motocicletas y bicicletas. No es extraño escuchar la queja acerca de la falta de respeto hacia quienes circulan en este tipo de vehículos. ¿Podríamos esperar otra cosa cuando en esta sociedad se vive bajo el principio de la falta de respeto?

Estamos acostumbrados a faltar el respeto a nuestros gobernados y a nuestros gobernantes (ojo por ojo, dicen). Nos vale sombrilla lo que hagan, digan o sientan los vecinos. Nos ufanamos de no respetar ni a nuestras respectivas progenitoras (en el caso de existir, pues desde que se inventó el concepto de la generación espontánea, no hay «pero» que valga). Presumimos que solamente nuestros chicharrones truenan, aunque luego tratamos de limpiar nuestras culpas acusando a los demás de antisociales.

Pero esta historia semanal no tiene la intención de ser una clase de ética ni de darnos golpes morales de pecho. Para ello hay otros medios y situaciones que ni vienen al caso mencionar, por ineficaces y pasados de moda. Debo decir que la desconsideración y falta de respeto son características del momento que vivimos y que de nada sirve lamentarnos si no hay la voluntad para cambiar ni tenemos los tanates para vivir de manera diferente. Es más cómodo seguir como vamos, aunque el llanto brote a cada instante, suponiendo que los demás están mal y yo no.

La movilidad en las urbes mexicanas se ha agravado por la perversidad de sus gobernantes o las consecuencias de sus estupideces, es cierto. Sin embargo, no es posible dejar en manos de esos insensatos las soluciones, cuando todos nosotros hemos aceptado tal situación. Nuestro silencio es cómplice.

Por una parte, no es posible negar que el aumento desmesurado de vehículos para uso individual se deba, por un lado, a la formación de una mentalidad consumidora y la búsqueda de un estatus social logrado a partir de la acumulación de bienes. Valemos más mientras mayor número de mercancías poseemos. Del otro lado, las delicias de la posesión de un automóvil se exacerban ante la dificultad que entraña utilizar el transporte público en un país donde a la cola de las prioridades del gobierno y de los empresarios, se encuentran las necesidades de los ciudadanos de a pie, los comunes y corrientes.

Obviamente, no todos los jodidos tienen la posibilidad de comprar un vehículo y, por lo tanto, pasan las de Caín para poder llegar a tiempo a su trabajo o regresar a sus hogares. En las grandes ciudades, un trabajador emplea más tiempo en el transporte público que el que le es necesario para recuperar las energías utilizadas en trabajar a cambio de un miserable salario.

Además, como en la mayoría de los países cuyas características son la miseria y el empobrecimiento galopante, las zonas de habitación obrera se ubican a enorme distancia de los centros de trabajo. Luego entonces, se depende por fuerza del transporte colectivo –lento, sucio, inseguro, caro, indigno– siempre en manos de empresarios expoliadores y en permanente connivencia con las autoridades. ¿Otra solución? Hacerse de un vehículo.

Tradicionalmente, la frontera norte de México es el lugar para que desde Gabacholand manden toda la chatarra que ya no se quiere utilizar. Aquí, de este lado de la línea, por ejemplo, los autobuses escolares que desechan los distritos escolares, por viejos, por inseguros, por inservibles, se usan para brindar servicio a los habitantes de las ciudades fronterizas. Además, los automóviles, sin importar su estado, son revendidos en México. Siempre será menos malo manejar un trozo de chatarra, que utilizar la chatarra del servicio público. Claro, no importa la contaminación del aire, la auditiva, la visual ni el estorbo de fierros viejos sobre cuatro llantas que adornan muchas de las calles… Pero los niveles salariales en México empeoran cada día y hay menos gente con posibilidades de comprar el yonke a los gringos.

Usar motocicleta y bicicleta puede ser más cómodo para el bolsillo y para la salud –lo digo por ejercicio–. Sin embargo, siempre será un riesgo enorme tratar de sobrevivir durante un viaje en vehículo de dos ruedas, cuando nadie respeta ni a quien le parió. A quienes tomamos en nuestras manos un automóvil, un camión o cualquier otro armatoste de gran peso, nos importa un cacahuate el peatón, el vecino, el motociclista y el ciclista, así como los límites de velocidad y el reglamento de tránsito en su conjunto. Nos olvidamos de prudencia, sensatez y amabilidad.

¿Acaso somos diferentes cuando bajamos del vehículo?

He sido testigo en muchas ocasiones de conductores de motocicleta y bicicleta que con la misma actitud del que se siente dios-perdona-vidas por manejar un camión de carga, se conduce por estas calles sin la menor precaución ni respeto. Los periódicos nos hablan de encontronazos de frente (sic) entre un motociclista y el autobús de pasajeros, evidentemente a ambos les valió madre y no frenaron pensando en que el otro lo haría antes (rip ya sabemos quién).

Está el caso del mocoso ese que por su edad ni el culo se sabía limpiar después de cagar y que manejaba su moto a 130 km/hora sobre una avenida cuyo límite es de 60. Para fortuna de otros individuos, no chocó contra nadie, tan sólo perdió el control y jamás pudo contar su valiente y trepidante aventura. Por supuesto, ni siquiera había tenido la necesidad de trabajar y alguien le compró la moto, las mismas personas que le enseñaron a conducirse con respeto y precaución por la vida.

Son los mismos que toman en sus manos un vehículo, con dos, con cuatro, con equis número de ruedas y andan por ahí, circulando encima de la dignidad de los demás. Las autoridades fingen que no ven, los gobernados hacen que no ven, nadie ve. Entonces, si hay ojos que no ven, ¿por qué tanta lágrima?

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