Polvo Somos

March 10, 2016

Comienza como con cierta vergüenza, no se anima a pasar. Amaga con temor y se queda quieto otra vez. Sin embargo, ya todos sabemos que se quitará la careta de “yo no fui” y será inclemente cuando así lo decida, como siempre lo ha sido y será, hasta el final de los tiempos.

Después del “enero y febrero, desviejadero”, continua el paso de “febrero loco y marzo, otro poco”. Una y otra vez lo han repetido desde hace varias generaciones, cada una de ellas, cada año. Y siempre nos provoca sorpresa el cambio, la continuidad del cambio, el cambio siempre anunciado, siempre igual, siempre cambio, siempre sorprende, siempre.

Ya comenzó el débil viento, pequeñas ráfagas que mueven pelonas ramas de los árboles y también aquéllas que nunca perdieron las hojas. Gorriones y chanates calculan cuidadosamente su futuro inmediato, todavía tienen algunos minutos para seguir llenando la molleja y arribar a lugar seguro, falta mucho para que la noche comience a caer.

A las palomas parece valerles sombrilla, estas ratas aladas siguen su interminable labor de hurgar en los botes de basura y lo harán hasta que llegue un gato, un perro, o el encargado de sacar las bolsas repletas de delicias para estas aves y sus congéneres roedores.

Ya se notan los andares de las bolsas de plástico… por allá rueda un vaso de unicel. A ese otro lo detiene la tapa y el popote, el viento todavía es muy leve. Las semillas de los olmos caen como los copos de la nevada más reciente. “¿Es nieve?”, pregunta Yobanhy. “Parece, pero creo que son semillas del árbol”, responde con diligencia Brallant. “Deberíamos preguntarle al Québin, ése sí que sabe”, termina Yobanhy.

El vientecillo todavía se siente un poco caliente y la arenilla comienza ya a golpear la cara de quienes caminan para tratar de hacer algunas compras antes de llegar a su casa. De vez en cuando se forman remolinillos en los grandes huecos en medio de una ciudad que se debe a sus célebres especuladores de la tierra, los ilustres fundadores de la modernidad, del progreso y… de la miseria.

Las arenas del desierto toman sus posiciones en el aire. Ha llegado la hora de abrazar el concreto, el pavimento y las calles que aún no lo tienen. Se trata de un esfuerzo más por reclamar lo que se les ha arrebatado por siglos. La ropa que intentaba secarse en los tendederos acusa ciertas acumulaciones de zoquete, habrá que repetir la operación de lavado o tan sólo sacudir la arena, cuando haya perdido el agua… a ver si no queda manchada. No falta, de cualquier manera, un calcetín, una trusa o una blusa que sale volando con rumbo desconocido, lejos de la opresión del broche que le sujetaba al alambre o soga.

La modernidad vuela y su plenitud se demuestra en bolsas de camiseta de mil colores. Muchas aterrizarán de nuevo sobre el pavimento y seguirán rodando, volando, arrastrándose en pos de nuevos horizontes por recorrer. Muchas otras preferirán un contacto más íntimo con la naturaleza y

se anudarán a una rama, a una espina de palo verde o a un viejo tronco que se sentirá feliz cuando se le confunda con árbol de navidad debido al nuevo e inesperado ornamento.

Pero lo que de verdad da una vida multicolor a la locura febreriana-marciana son las bellísimas envolturas de galletas, panecillos y botanas fritas. Rojas, verdes, azules, amarillas… ¿por qué los diseñadores no provocan una avalancha de arcoíris? Sería tan bonito ser arroyado por un espectro papelalumínico de rojo, naranja, amarillo, verde, cian, azul y violeta. Esperaremos a que pronto lleven a cabo esta magna obra de arte, los habitantes del desierto lo agradeceremos ad infinitum.

En lo simple también se guarda la belleza. Nadie podrá negar el grandioso espectáculo durante los ventarrones, cuando miles de trozos de papel higiénico, con las caprichosas formas que van tomando de acuerdo a los vaivenes de las corrientes pasan de un lado a otro. No debemos escatimar esfuerzos. Al momento de tomar la ruta de evacuación, mientras más largo sea el tramo de papel, a partir de seis cuadritos, podremos participar de manera significativa en la preparación de la demostración, para luego ser testigos de una danza sinigual, aderezada con formidables grabados producto de un enorme esfuerzo creativo que, no lo dude, dará pie a la algarabía de los espectadores. No hemos de desdeñar al coro dancístico: esas piezas de pañuelos desechables también presentados en múltiples formas, que dependen de la habilidad manual de sus usuarios, y que acompañan las extravagantes coreografías de sus hermanos mayores.

Y no dejemos de gozar las posibilidades de todo aquello que no alcanza a ser percibido por la vista. La función se redondea con el olfato, el gusto, el tacto y el oído. La sinestesia en su máximo esplendor. Por allá se escucha el crujir de algunas lilas… abre uno la boca y se puede paladear ese profundo sabor a desierto itinerante que junto con sílices y carbonos se pueden detectar plomos, aluminios, sulfuros, bromuros, glutamatos y permanganatos que alegremente trasladan pasajeros uni y pluricelulares provenientes del fecalismo al aire libre de humanos y sus humanizadas mascotitas, de los drenajes a tajo abierto, de los tiraderos legales y clandestinos, de los centros de producción de riqueza industrializada, de los yacimientos minerales y de los escapes de los vehículos automotores.

Llajaira camina mientras se le ruedan las lágrimas. “Ya no llores, Llaja”. “Ay, Misheleta, como tú no trais lentes de contacto en medio de este terregal…”.

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