Hasta crees

Llegamos ya de noche y pudimos deslizarnos desde el techo al interior del local sin ser vistos. Recorrimos tranquilos el sitio, comimos algo, tropezamos con algunos objetos mientras la noche pasaba.

Al día siguiente, nosotros ya con sueño, llegó una persona quien desactivó lo que después supimos era una alarma, dejó su bolsa sobre una mesa y se dispuso a comenzar su actividad. Encendió una computadora, puso música y poco a poco fueron llegando unas personas que llevaban cosas; otras solo hacían preguntas y salían. Nosotros estábamos de pie en una cornisa desde donde observábamos todo. Nadie volteaba a vernos. Nos dormimos todo el día. Por momentos abríamos un ojo. Cuando llegó la tarde la persona que había llegado primero, salió y nos quedamos a nuestras anchas.

Anduvimos por aquí y por allá sintiéndonos presos. Incluso nos vimos obligados a defecar en el lugar. Recuperamos nuestro sitio eminente y nos quedamos quietos. A la mañana siguiente, la persona que primero llega, abrió y siguió la misma rutina del día anterior.

Como a media mañana, para nosotros media noche, llegó un hombre gordito quien nos vio.

-Carmen, ¿ya vio a esas lechuzas?- . La muchacha le respondió: -Claro, señor. Me siento observada. Ya no me siento sola-.

Los dos nos miraban curiosos y un poco frustrados por que estábamos fuera de su alcance. Eso nos quitó la calma ese día porque en varios momentos se acercaban a la pared y se complacían en caminar de un lado para otro disfrutando que los siguiéramos volviendo la cabeza. Además compartían complicidad porque ninguno de que ingresaba volteaba para vernos.

Llegó la tarde. El hombre gordito y la muchacha cerraron y se fueron. Pasamos la noche dando vueltas.

Al día siguiente el hombre gordito llegó, tomó un libro amarillo, buscó un número. Escuchamos con claridad.

-Buenos días, ¿es la oficina de protección ecológica?. Mire quiero decir que tengo un local comercial y hay dos lechuzas aquí. Me parece que ustedes son competentes para capturarlas y llevarlas a un sitio seguro.-

-No, no están en cautiverio. Están paradas cerca del techo. ¿Solo vendrían por ellas si están en cautiverio?- ¿Los bomberos dice? Voy a hablar. - dijo el hombre gordito y luego de un suspiro largo llamó a otro lado.

-Buen día. Llamo para reportar unas lechuzas. Me dijeron en protección ecológica que ustedes son los indicados porque se requiere una escalera. ¿No? Pero si ya hablé con ellos y me dijeron que les llamara a ustedes. ¿En cautiverio? No no las tengo en cautiverio, están libres y creo que corren peligro- dijo el hombre gordito. Eso nos inquietó un poco.

Llegó la tarde y cuando se fueron descansamos porque creíamos que irán por nosotros para llevarnos a un albergue.

Al día siguiente, tanto la muchacha como el hombre gordito parecían más dispuestos a que nos fuéramos. Tomaron una escoba y luego alguien llegó con una escalera que por fortuna era corta.

El hombre gordito, ya cansado de tanto intento, blandió una escoba lo que nos ahuyentó y viendo que la puerta estaba abierta salimos volando.

-Pensé que iban a rescatarnos los del gobierno porque somos especie en extinción- le dije a mi compañera.

-Hasta crees-respondió ella, me guiñó un ojo y volamos felices hacia la libertad.

Antonio Canchola Castro

canchol@prodigy.net.mx