Los límites de la tolerancia (juntos pero no revueltos)

En la primaria me dijeron que la humanidad es una especie de individuos gregarios o, lo que es lo mismo, que en soledad no la hacemos para enfrentar la hostilidad del medio que nos rodea. Mi profesor de cuarto año decía: “Los hombres necesitamos vivir en sociedad y es casi imposible que podamos resolver nuestra existencia de manera individual”.

Los años han pasado y las palabras de ese joven hombre encargado de un grupo de mocosos en una escuela oficial, que vestía de forma impecable, que se bañaba todos los días, que siempre preparaba sus clases, que nunca le fallaba la ortografía y que era un ávido lector de las obras de los novelistas latinoamericanos que por esos años circulaban por las librerías, aunque viajara siempre en camión, me retumban en la neurona como si fuera un mito del que siempre nos hemos de alimentar.

Está como en mandarín tener que soportar a tanto individuo cuyo último pensamiento –en caso de existir– está dedicado a crear una sana convivencia con sus semejantes, anexos, conexos, similares, adicionados, paralelos y cotangentes. Aclaro, hay quienes joden conscientemente y quienes no quieren asumir que lo hacen. Los menos son los que evitan al máximo ser intrusos en la vida de quienes les rodean.

Hijo de tigre… En efecto, los chamacos son calca del comportamiento de quienes les educan. La manera más elemental de aprendizaje es la imitación. Pero en este mundo de la simulación, nos encanta hacernos pendejos y cuando no estamos alabando el angelical comportamiento de los vástagos, nos preguntamos “¿por qué habrá salido así este cabrón?”

Allí tenemos el caso del niño de un año de edad que en la guardería Bambi –ya con ese nombre, chingó a su madre la dignidad humana entera– de la Sedesol en Durango que fue mordido ¡dieciséis veces! por una niña de tres años, también interna del lugar. La gente con la que vive esa niña debe ser de lo peor. Esa niña seguramente no trae información genética que la convierta en caníbal o en heredera del doctor Hannibal Lecter. Y bueno, la atención de las personas encargadas del establecimiento es de la misma calidad que la de los custodios del penal de Topochico. Los familiares de la niña y los responsables de la guardería, seguramente seguirán navegando con bandera de pendejos, asombrándose de los acontecimientos y preguntándose “¿por qué habrá sucedido tal cosa?”

Hace unos días, en un medio de transporte público, iban detrás de nosotros un par de cabrones chamacos de esos que quiere uno ahorcar al par de minutos después del primer contacto visual. Brincaban, se paraban, se azotaban, chillaban, exigían, gritaban, lloraban, reían a carcajadas, volvían a llorar, golpeaban el respaldo de los asientos de enfrente… Habrán sido fusilados con la mirada de quienes no les conocían más de una docena de veces. La mujer que supongo que era su madre decía una y otra vez con pazguata voz: “ya”, “no grites”, “cállate”, “deja de brincar”, “no pegues al asiento denfrente”… Joyitas los hijueputa. Padre y madre, otro tanto, no dejaron de tragar todo el camino. El colmo fue cuando al enésimo chingadazo sobre el respaldo del asiento, la mujer que viajaba a mi lado amagó disparar con su mirada de rayos desmaterializadores de masas moleculares con tejido

multicelular y el padre muy argumentativo voltea y dice: “No se enoje, señora. Son sólo niños. Ni yo los puedo controlar”. “Puuuta, pues qué pena”, fue mi respuesta inmediata. Se hizo chiquito, chiquito el pendejo, mascullaba algo que no alcancé a escuchar y que obviamente no me importó.

Como siempre, la mejor defensa en el mundo democrático es que el agresor se sienta ofendido y argumente en pro de los derechos de los ciudadanos y en la igualdad de todos. ¿Con qué derecho se puede chingar la vida de los demás? Están como mi vecino que me retiró el saludo –ay, qué desgraciado me siento–, muy ofendido porque un día le fui a tocar la puerta para exigirle que disminuyera el volumen de su aparato de sonido porque ya eran más de las once de la noche. Y más ofendido quedó después, cuando le menté su madre por aventar sus colillas de cigarro a mi metro cuadrado de jardín. O el otro vecino que se requetemputa cuando le reclamamos que sus animales orinen y caguen precisamente en la puerta de nuestra casa y no en otra parte y jamás tenga la atención de quitar la mierda del paso de las demás personas. O el imbécil que va a echar desmadre a la biblioteca y le pides que guarde silencio.

Por cierto, hace unos días leía una nota que un grupo de mujeres se liaron a golpes cuando unas les reclamaban a otras que bajaran el volumen de sus reproductores de música, pues molestaban al resto de los pasajeros del avión. En pleno vuelo entre Baltimore y Los Ángeles sucedió esto que no es más que una expresión de que eso de vivir en sociedad no es de lo más humano que pueda haber. ¿O es que para reafirmar nuestra pertenencia a la especie humana debe uno joder la existencia del otro?

No cabe duda que la colaboración y la solidaridad pueden producir maravillas. Pero también es cierto que tratamos de demostrarnos todos los días de nuestras miserables existencias que el bienestar de los demás es lo que menos nos importa.

Vuelvo a lo que me enseñaron en la primaria. De memoria nos obligaron a todos a aprender la frase más famosa de Benito Juárez. La hemos repetido hasta el cansancio pero nunca nos hemos detenido a reflexionar su significado ni su alcance… Total, una frase más que a nadie debe importarle y que no ha pasado de ser uno más de los dolores de cabeza provocados por esos mugres maestros que son especialistas en incomodar a los demás.

Puuuta, pues qué pena.

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