Acerca de la censura

La censura ni es nueva ni creo que un día desaparezca. Ésta tiene que ver la posición moral del censurador, es decir, con un tipo de receptor; y entre mayor sea el poder público de quien censura, más posibilidad hay de que una obra sea silenciada o eliminada por inaceptable. Los motivos de la censura, por otro lado, pueden ser religiosos o políticos. Por otra parte, se censura aquello que excede los límites sociales del momento. Además, las voces censoras no sólo son las más conservadoras, incluso de entre los intelectuales y los artistas se alzan quienes condenan una manifestación.

 

Ejemplos de lo anterior los hayamos por doquier, es decir, en cualquier país y en cualquier época. Recordemos como muestra el ataque que sufrió la revista satírica Charlie Hebdo, en París, los primeros días del año 2015. También el famosísimo fresco de Miguel Ángel, el Juicio final, de la Capilla Sixtina, fue tachado de impío e inmoral.

 

Otra expresión creativa, la representación Exhibit B, del 2010, en la que Brett Bailey imita los «zoos humanos» de los siglos XIX y XX, fue tremendamente reprobada, y calificada como una parodia grotesca, desconcertante y turbadora. Bailey insiste en llamarla exhibición, no dramatización, como algunos críticos refieren el trabajo del australiano. Él nos recuerda con su exposición los zoos humanos que, según las investigaciones, se dieron desde la expansión colonial hasta inicios del siglo XX.

 

La exhibición de enanos, albinos, jorobados y otras personas con deformaciones ostentosas, se dio principalmente en los circos, a los que la gente acudía para divertirse y pagaba por ver ahí a la mujer barbuda, a la mujer pingüino o a la mujer ave, entre otros variados personajes. Quizá los más terribles ejemplos de tales zoológicos hayan sido las africanas Saartjie Baartman y Ota Benga. En ellas y en la esclavitud de los negros se basó Bailey para mostrarnos lo que no queremos ver, como sucede en el arte.

 

Hay, sin embargo, muchísimos ejemplos a través de toda la historia. Recordemos, por ejemplo, a Platón, quien censuraba la poesía, la música y la mitología, argumentando que por el bien del Estado la música debía ser solamente de una clase, la que invitaba al trabajo y al valor, y que los mitos debían ser controlados, sobre todo, durante el desarrollo del niño, incluso sugirió cortar algunos pasajes a la obra homérica; y que los poetas o debían escribir lo conveniente o mejor correrlos.

 

De igual manera, no podemos ignorar la cantidad de libros prohibidos. Simplemente recordemos el Index librorum prohibitorum, impreso en 1559 –lista emitida por la iglesia católica y promulgada en el Concilio de Trento–. En sus subsiguientes ediciones figuraban títulos como Los miserables de Víctor Hugo, y las obras completas de François Rabelais, Émile Zola, Honoré de Balzac y André Gide.

 

Lo anterior respecto a la fe católica, pero en lo relativo a cuestiones políticas varias son las películas que no han corrido con mejor suerte; pienso por ejemplo, en El gran dictador (1940) –escrita, dirigida y protagonizada por el británico Charles Chaplin–, o en La sombra del caudillo (1960), película dirigida por Julio Bracho y basada en la novela de Martín Luis Guzmán, la que a pesar de haber sido exhibida y premiada en el Festival Internacional de cine de Karlovy Vary, su presentación comercial fue censurada durante treinta años.

 

¡Y qué decir de La Diana Cazadora!, escultura que se exhibe en el Paseo de la Reforma en la ciudad de México, inaugurada en 1942, y a la que después, la Liga de la Decencia le colocó ropa interior de tela, debido a su protesta basada en argumentos cristianos.

 

Así pues, la sensibilidad, la belleza, la armonía, el brillo, la lengua atractiva pueden conmover y mover a la acción en cierta dirección, esa dirección puede llevar al pathos arrebatado, de ahí lo peligroso de exponerse al arte encantatorio y dejarse dominar por las pasiones. El orden social requiere sosiego, tranquilidad, razón y ciencia, en bien de la comunidad. La prudencia contra el atrevimiento, ¿qué es más útil para la verdad y la virtud? ¿No es más peligroso que beneficioso para quienes nos rodean, que demos rienda suelta a nuestras emociones?

 

La obra de arte, como sabemos, estriba en el equilibrio entre fondo y forma, algo que se dice y la forma cómo se dice. He estado reflexionando al respecto y la mayor parte de las obras censuradas lo son por su contenido; algunas, la menos, han escandalizado por su forma, ése es el caso de la Diana Cazadora, en la Ciudad de México, o Bacante con un infante niño (1894) de Frederick MacMonnies. Esta escultura de bronce indignó a la Women’s Christian Temperance Union, quienes se opusieron a que fuera colocada en el jardín de la Biblioteca Pública de Boston.

 

Por supuesto, la censura no es privativa del arte, la vivimos a diario, la ejercemos todos los días; si por nosotros fuera, pediríamos que quitaran tal película, este video, aquellos antros, que no se publicaran algunos libros, y usted agregue qué más.

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