El respeto al carajo

La política es la manera como se entienden, piensan, provocan, resuelven y exacerban los conflictos cotidianos entre las personas que viven en sociedad. Es decir, estamos hablando de todas las personas existidas, en existencia y por existir. Todo cuanto hacemos, pensamos, decidimos y odiamos tiene que ver con la política.

Hemos sido orillados a pensar que la única política existente es la que hacen esos a quienes identificamos como miembros de “la clase política”, por medio de los partidos políticos. Para colmo de males, suponemos que la política tan sólo se puede hacer desde la pertenencia a uno de esos grupos mafiosos. Es más, quienes se sienten sacerdotes de la corrección y de las buenas costumbres, cuando les da por predicar, hablan de una masa apolítica porque NO está dispuesta a seguir el juego de los partidos y la democracia tal como la han venido vendiendo desde que hablan de la participación popular en la toma de decisiones. Bullshit! (es el acrónimo de Biased Unverifiable Lax Logical Substantiation of Hegemonic Ideological Truths; lo he tomado de Sheila McIntyre en una revista académica canadiense en el año 2000.

 

A los políticos profesionales de mi tierra les interesa sobremanera vivir de la política. Esto es, mientras más problemas haya sin resolver, más oportunidades tendrán de ganar, de obtener su modus vivendi. Y en esta categoría de profesionalización incluyo también a todos aquéllos que se hacen llamar independientes y sin partido. De palabras ya todos estamos más que hastiados. Esto me recuerda una carta de Nathaniel Hawthorne a su madre, donde le decía que no quería ser ministro eclesiástico para ser un mantenido con el trabajo de los demás, ni médico para vivir del sufrimiento de los otros, y menos, abogado, para enriquecerse con los pleitos entre las personas.

¿Qué es lo que más interesa a los políticos? Uno, convertirse en los lamebotas (o lamehuevos, como usted prefiera decirlo, just the same) de quienes tienen el poder real, de quienes deciden todo, de quienes ejercen el poder por sobre el resto de los mortales, votantes o no. Dos, su máxima satisfacción radica en sentir que a ellos son a quienes les aplican el tratamiento salival (wherever) con el órgano muscular situado dentro de la cavidad bucal. Todos ellos ansían endiosarse aunque sea por unos años, para vivir del trabajo de los demás, de la debilidad de los más, de la estupidez de los otros y de la esperanza anunciada cuando nos comenzaron a hablar de la democracia representativa, de la soberanía popular, del poder de decisión de todos y cosas por el estilo.

 

Para cumplir con la función y demostrar(se) que están convencidos de la participación democrática, se dejan ver estos politiquillos dizque para hacer campaña, para darse baño de pueblo; dicen que así conocen la realidad de los ciudadanos (¿dónde han estado todo el tiempo anterior a las campañas?), se impregnan de la necesidad, descubren la miseria, “acceden a las problemáticas” y vomitan un rollo como queriendo demostrar al mundo que la imbecilidad es cosa de todos, menos de ellos(y ellas).

No puedo dejar de imaginarme a los políticos en campaña como esos vehículos en mi Juaritos que van rodando lentamente, a la voz de “¡fierrero, fierrero, botellero!”. El conductor representa a todos los “operarios” de la campaña, el candidato es el caballo o burro, en el carromato se cargan las

palabras que se recogen y se entregan y, al haber pasado el fulano, sobre el suelo de la calle no queda más que la majada del animal, con sus olores, sus caprichosas formas y la posibilidad permanente de que al paso de cualquier ingenuo, se le llenen los zapatos de política electorera.

 

¡Y vaya que se dejan ver los candidatos! La agresión auditiva y visual contra la ciudadanía es constante. Spots, carteles, “espectaculares”, pendones, volantes, toda la parafernalia de contaminación para los ojos, para los oídos, para las narices, para las neuronas, para el buen gusto y para lo que resta de naturaleza. Cada campaña de candidato a lo que sea, es un caso de falta de respeto a los ciudadanos. Sin embargo, parece que nos encanta que nos falten al respeto. Toleramos todas esas formas de violencia sistemática contra los sentidos y la dignidad, contra nuestros bolsillos y contra todo pudor.

 

A estas alturas del partido, las izquierdas apoyan candidatos de derechas. Las derechas se desinflan y se vuelven a inflar. Todos gastan a discreción y los que menos obtuvieron en el reparto del botín, se la pasan cual plañideras en velorio de película del Piporro. Si tuvieran más recursos, seguro los gastarían igual que los que más ganaron, con el mismo sentido de transparencia, con el mismo sentido de violencia y trato indigno hacia los ciudadanos.

¿Todo para qué? Para llegar a ocupar una posición que les enaltezca por el mejor servicio a la patria: “trabajar para los ciudadanos”, “trato justo y equitativo”, “justicia expedita”, “mejores servicios”, “tolerancia”, “un nuevo estadio”… ¡No mamen! ¿A quién pretenden verle la cara? Lo que más pena me da, es que hay miles que lo creen y allá van. Unos, a ver si les toca un poco de limosna. Otros, a ver si les echan un hueso, porque ya sienten que les toca… para seguir siendo iguales a los que hasta ahora han criticado.

 

Han surgido los chismes de que los legisladores mexicanos pretenden crear una ley con la que se castigue a quienes insultan a los políticos. Yo sé que merecen otra cosa mayor a un pinche insulto. ¿Pero quién castiga a los políticos por insultar sistemática y permanentemente a toda la población? Además de inundar los espacios públicos con su basura, abre uno los servicios electrónicos de comunicación y saltan los nombres y las imágenes de estos bastardos.

Suena mi teléfono. Es una llamada del 614 429-2929. “Hola, soy Javier Corral…”. No escuché más de su chingada grabación, señor Corral. Se trata de una invasión a mi privacidad. Chingue a su madre usted y todos los políticos como usted. Todos se sienten con el derecho a estar adentro de nuestras vidas y también en eso soy intolerante. Respetemos.

mawyaka@hotmail.com

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