El habla de ficción

Roman Ingarden, John L. Austin y John Searle coinciden en que el habla de ficción es una imitación del uso lingüístico normal del habla. También Wolfgang Iser, en palabras ligeramente distintas, sostiene que «el habla de ficción, ante todo la de la prosa literaria se asemeja en su estructura verbal al uso lingüístico habitual del habla, frecuentemente de manera tan exacta que es difícil hacer una distinción». Pero agrega Iser que el texto literario es una forma fictiva que no se agota en denotar.

Antes, es necesario entender que la lectura de los textos de ficción es una actividad básicamente lingüística. Según Searle, en toda comunicación lingüística se realiza un acto de habla. Los actos de habla están situados en un contexto. Y la obra literaria, aunque problematizada en el habla –porque va más allá del lenguaje cotidiano, lo desautomatiza, es un extrañamiento, como lo expuso Víktor Shklovski–, “dispone de elementos fundamentales de los actos de habla, incluso manifiestamente parece «copiarlos»”.

Por otra parte, Austin postuló tres actos de habla: el locucionario, decir algo; actos ilocucionarios, que informan, ordenan, advierten, etc.; y los perlocucionarios, con los que se intenta convencer, persuadir, disuadir, e incluso, sorprender o confundir. Por supuesto, lo anterior es importantísimo debido a los efectos sobre el receptor. En esto intervienen lo que Austin llama convenciones y procedimientos; dicho de otra manera, la lengua está regulada por convenciones y procedimientos. Una desviación o un uso inadecuado es sancionado por el auditorio, ya sea aprobatoriamente o descalificándolo. De ahí que la voz del receptor culto goce de una mayor autoridad, ya que conoce mejor el contexto, tanto de la obra como el suyo propio, y hace más conexiones durante su lectura.

La comunicación falla, primeramente, cuando la expresión no es asumida correctamente, esto es, en el sentido pretendido; también cuando la ausencia de determinadas circunstancias amenaza con convertirla en indeterminada; o bien, por la oscuridad producida por diversas situaciones. Cierto es que se apunta a un ideal, sostiene Iser: “lo que sería correcto decir en todas las circunstancias, con cualquier propósito, y frente a cualquier auditorio”, cuestión que ya había tratado Aristóteles en su Retórica.

El habla de ficción es entonces autorreflexiva, ya que “representa un acto de habla, que ciertamente no puede contar con un contexto situacional dado y, consecuentemente, debe aportar consigo todas las indicaciones que permitan al receptor de la expresión la creación de este contexto situacional”, tal como también lo ha mencionado Eco.

Al preguntarse por el marco referencial, no como contraposición entre ficción y realidad, debe abandonarse la premisa de que la ficción está determinada como lo no real. Esto no quiere decir que se debe discutir sobre un modelo del texto histórico, más bien, la ficción

reposa en su función, misma que permite entender la relación de comunicación entre ficción y realidad. Así pues, Iser explica la ficción como estructura de comunicación, una relación entre texto y lector, en la que se debe considerar menos el punto de vista normativo y más el funcional.

Según Austin, en el discurso de ficción la expresión está vacía, no produce nada en absoluto, es decir, es parasitaria; sin embargo, y de acuerdo con Iser, sabemos que las grandes obras literarias –y del arte, en general– despiertan “todo lo que el espectador sabe del mundo, de los hombres, sus relaciones mutuas, los motivos de su acción, así como la particularidad de sus situaciones”. Esto deja claras dos cuestiones: una, la comprensión es un proceso productivo; y dos, lo comunicado tiene consecuencias morales de carácter obligatorio.

El texto de ficción, en cuanto expresión, desborda constantemente el texto fijado, y sitúa a los receptores en una relación con realidades extratextuales. En otras palabras, los receptores de los textos de ficción descubren la selección de distintos elementos convencionales. Y como el habla de ficción es un acto ilocucionario y perlocucionario, impulsa a los receptores a reaccionar.

Las expresiones lingüísticas acontecen siempre en una situación, el marco situacional provoca y condiciona la expresión, aquello que se dice y cómo se dice, lo cual depende de a quien se dirige el discurso, y se llega a un destinatario precisamente a través de los actos de habla. El receptor imagina el objeto del que se habla y el texto literario actúa como un manual de instrucciones para el lector, con el fin de que construya un significado. “Mientras el lector desarrolla el texto como proceso de realización, constituye el texto como realidad, pues sea lo que la realidad fuere, ésta es mientras acontece”, explica Iser. De ahí que de la lectura surja una pluralidad de accesos al texto, de naturaleza perspectivista.

Para que los actos de habla tengan éxito se deben cumplir tres postulados: convenciones comunes entre interlocutor y receptor, procedimientos aceptados por ambas partes y disposición a participar en la acción de habla. De acuerdo con ellos, el texto y el lector convergen a través de una situación. Además, “el texto encapsula unos conocimientos previos”, que pueden estar relacionados con textos precedentes, normas sociales e históricas, y el contexto socio-cultural en el que el texto ha surgido.