La celda vacía

Recuerdo el transcurrir de mi vida en tiempo presente como si ya fuera hoy. Los pasos del carcelero suenan durante la vigilia y el sueño; no son sincrónicos sino intempestivos, furtivos, acechantes, como una desgracia inminente, como una maldición en proceso. De tantos rostros utilizados, el guardián de la celda se confunde con la uniformidad. A veces una sonrisa o un halago parecen una trampa discreta. Tal es su poder que la puerta está abierta y temo salir. No soy el único: todos mis iguales reaccionan parecido. Gracias a una buena conducta cual valor de cambio recibo libros que por las noches me quitan el frío y hablan al oído mientras me ciñen como un grillete de espuma. Soterrado estudio con astucia de utilería sobre cómo escapar de las prisiones; cómo borrar los rastros tan evidentes, cómo despistar no solo a los sabuesos sino a la memoria indeleble y correr sin cansarse hasta llegar a la orilla donde se pliega hacia abajo la vida. Me siento muy listo porque nadie parece darse cuenta; heriría mi orgullo pensar que a nadie le importa lo que haga si yo soy importante y todo se espera de mí. A veces siento que muchos apostaron su vida a mi carrera y si pierdo todo lo pierdo. Recuerdo hace tiempo haber intentado reservar una fosa en la rotonda de los muertos ilustres. Llevaba listo el anticipo y los papeles del testamento para elegir el sitio de manera que la muerte si tuviera sentido.

Sin tales logros, los muros de la celda se ensanchan a la par que mi vida se estrecha. Cambio los libros por otros que liberen el alma y me lanzo a una espiritualidad cultivada donde la salvación parece otra categoría del materialismo dialéctico pero que pasa de largo el fastidio de la lucha de clases y nos lleva al reposo a cambio de una fe imposible de creer.

La libertad es una decisión que tiene que ver con moverse hacia una dimensión que no se encuentra en existencia; ¿la buscaremos en internet ahora que la red es solo un sustantivo corriente? ¿cómo pienso fuera de la caja si ni siquiera pienso en esta?

Cuando casi he reunido el valor de fugarme me invade el miedo del coctel del destino y me matriculo en un nuevo doctorado a distancia sobre la teleología de la fuga en un arranque de angustia y desazón que destila una tesis doctoral orlada con citas cruzadas los cantos dorados.

El carcelero bosteza y su aburrimiento me ofende y lastima porque mi vida termina con su diaria jornada. Mi síndrome de Estocolmo se ha tropicalizado y los eslabones del cepo están hechos con maderas locales producto de manos nativas que no han tocado la nieve ni siquiera en un sueño.

Y en la noche negérrima, sin tener ya cerillos, tomamos las notas que hablan del exilio distante para hacer fogatas donde vernos las caras. Yo no sé todavía si estaba despierto o soñé con mi rostro; yo no se todavía si todos los recuerdos inflamaron la hoguera o si solo fue un sueño que duró cualquier cosa, un minuto, una hora, una vida que tuvo como estación de partida las puertas abiertas por siempre de una celda vacía.

Antonio Canchola Castro

canchol@prodigy.net.mx