De lengüita…

¡Qué cara está la lengua! Años ha, no muchos, comer lengua era una forma barata de tener carne servida en la mesa a precios menores a lo que costaría un buen rib–eye, un sirloin, el filete o hasta el cuete mechado. Unos tacos de lengua con cebolla y cilantro, con salsa de chile cascabel resultaba la proteína animal necesaria para un obrero de la construcción en tiempos del desarrollo estabilizador. Hoy, un kilo de lengua cuesta el equivalente a tres días y medio de salario mínimo.

Pero la lengua a la que me quiero referir es a la que utilizamos todos los días de nuestra existencia, desde que aprendemos a imitar los sonidos que nos emiten nuestros padres hasta que nos vamos a la tumba: la lengua o idioma. Si algo jamás permanece estático en esta vida, es el idioma. De manera cotidiana vamos alimentando nuestra lengua con nuevas voces, agregamos significados y entre todos vamos enriqueciendo lo que con el paso del tiempo serán los nuevos usos del lenguaje.

Debe haber mil razones para que a la gran mayoría eso de la ortografía, la sintaxis, la prosodia y la concordancia no se nos dé del todo correctamente. Al menos a mí me impresionan las personas con un pulcro manejo del lenguaje e intachables escritos a los que no se les puede notar una sola pifia ortográfica. Pero parece que eso es cosa pasada de moda y ahora ya nos importa un bledo cómo sale lo poco que escribimos o la forma en la que nos expresamos oralmente... mucho menos tomamos en cuenta las formas utilizadas por los demás, llegando a cometer las terribles burradas al repetir las barbaridades que escuchamos de cotidiano sin reparar en su significado.

Los emisarios del pasado que ahora quisieran regresar por sus fueros pretendieron traer a las escuelas elementales las computadoras (hoy convertidas en tablets) y el inglés cuando no somos siquiera capaces de discernir sobre la diferencia que hay entre una “S” y una “C”, una “V” y una “B”, una “M” y una “N” y entre una preposición (cerca) y el sustantivo para definir los vallados o barreras (cercas) utilizados para delimitar actividades dentro de una unidad de producción rural o diferenciar propiedades.

Mucha gente utiliza acentos sólo cuando se acuerda, elimina la “V”, la “H”, la “Z”, la “C”, la “doble L” y la apertura de las admiraciones e interrogaciones. Se trata de una salida fácil ante la imposibilidad de plantear razonablemente métodos de enseñanza coherentes dentro de los ritmos que nos han impuesto los procesos de globalización e integración a las corrientes internacionales de los mercados. Necesitamos que nuestras escuelas vomiten rápidamente alumnos más o menos capacitados en una serie de habilidades (manuales, casi siempre), alejados por completo del pensamiento crítico y la comprensión de los conceptos teóricos y sólo unas cuantas aves raras podrán tener acceso a las complejidades del pensamiento, una de ellas, la expresión de nuestro idioma, o de cualquiera otro.

Es muy grave que por todos lados leamos, escuchemos o emitamos expresiones que nos acercan mucho a esa ave prensora de colorido plumaje, propia de ecosistemas tropicales y, por cierto, en peligro de extinción, a la que se le puede entrenar, una vez iniciado el proceso de domesticidad, para que articule algunos sonidos que parecieran palabras: repetimos como loro sin estar conscientes ni del vocablo ni de su significado.

A estas alturas de la vida ya no nos debería sorprender nada. Y si vamos por la línea de seres famosos, ponga un poco de atención a las declaraciones de los legisladores, de los gobernadores, de

los directores generales de empresas paraestatales, de los secretarios de estado, de los profes, de los merolicos de los medios de comunicación y de muchos líderes religiosos. Discursos pletóricos de floridas barbaridades que tienen que ver con la falta de concordancia, la ignorancia en el uso de los tiempos verbales... y eso que han formado parte del selecto grupo de los que se supone que aprendieron a pensar.

A personajes menos famosos pero con niveles similares de preparación académica, con doctorado en instituciones de alto prestigio, me ha tocado escucharles expresiones como “insumiendo recursos” (insumir significa invertir capital); “irradiar hacia fuera” (irradiar: emitir radiaciones hacia todas direcciones; si fuera hacia adentro, seria absorber); la clásica falta de concordancia de género entre el sustantivo y el adjetivo cuando nos rebuznan la esplendorosa frase “primer semana”, en lugar de primera semana donde ambos elementos son femeninos; y también, esta eminencia de la ciencia de nuestros alrededores, muy dada a repetir la expresión “muy excelente”, la cual dejamos sin comentario. Solamente ofrezco tres trompetillas y mi burla eterna, esperando que en algún momento de su vida, o lea con atención este artículo o se ponga a leer y aprenda a expresarse.

Claro está que en todos los niveles sociales e intelectuales se dan este tipo de “accidentes”. Para muchos es completamente normal (¿algún mal genético?) decir diferiencia o difieriencia en lugar de diferencia. Y esa sí, se la he escuchado a la mazahua que me vende chicles y semillas de calabaza un par de veces por semana, al agente de tránsito que me multó hace unos días, al empleado de “conocido centro comercial” (el que usted elija), hasta al catedrático que considera imprescindible dictar su clase vestido de traje y corbata aunque no haya aprendido a hablar después de tantos años. Y ya que de cremosos hablamos, qué podremos pensar de los que dicen “sin en cambio”, los que insisten en que “nadien” merece criticarlos, aunque “haiga” razón en ello, pero como no hay quien “vaiga” a venir a enseñarnos a “quesque” hablar de manera correcta... “pos” así “seguirenos” hablando.

Me vale si le partimos en gajos la mandarina al lenguaje. Ya habrá alguien quien lo quiera defender. El fondo de todo este asunto no es más que la pereza mental, la ignorancia y la casi nula gana de poner a trabajar eso que se supone que todos tenemos, la neurona. De nada nos sirve tenerla, si no desarrollamos la capacidad de ponerla a funcionar adecuadamente.

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