Luego de morir

Imaginen ustedes que han muerto. No importan las circunstancias, ni tampoco le den importancia. De pronto se despiertan en una oficina de trámites donde se encuentran con un burócrata neo kafkiano que va a procesar su salida del mundo. Este personaje tiene acceso a su expediente completo: no le corresponde juzgar, ni siquiera opinar pero como es un poco metiche e inoportuno opina sobre cosas de su vida. Usted quiere consultar su expediente. El funcionario es una especie de actuario que conduce diligencias paraprocesales. (Para los no abogados: no son diligencias del oeste sino trámites y son paraprocesales porque son previas o paralelas al proceso).

Tal vez, en los umbrales del más allá, nuestro espíritu quisiera revisar el pasado, no para alegar en defensa propia porque no estamos todavía ante el supremo tribunal sino ante un funcionario menor cuya única atribución es revisar los documentos y las formalidades del fin de la vida. ¡Aguas con esto! No comiencen a querer soltar dinero.

El funcionario entabla charla con nosotros y comienza, con base en la lectura de los documentos que relatan nuestra vida, a cuestionar las opiniones que vertimos. Si renegamos de nuestra familia, el actuario metiche nos cuestiona con base en familias peores o en la orfandad como contraste; si renegamos de una “desgracia”, con base en la perspectiva contenida en las actas, revierte lo opinado. Debemos estar preparados. Llorar es ocioso.

Estos son algunos elementos que aparecen en la obra Veintidós veintidós, de Odín Dupeyrón, que narra la historia de una suicida joven que enfrenta el trámite. Confrontados con los diálogos nos podemos dar cuenta que la vida es relativa, que los malos momentos así como los buenos, son temporales; que todo es cambiante y que nada que hagamos garantiza resultados propicios. No ofrezco una opinión basada en una cultura teatral amplia pero considero que esta obra cumple con el propósito de generar una reacción en nuestro pensamiento lo que de suyo es relevante; de cuestionar nuestras convicciones, de poner en jaque nuestros valores y creencias. Quizá todas las conclusiones sean de sentido común y por eso suenan, como en el pinball, todas las campanillas y se encienden todas las luces del tablero.

Exhibe la obra nuestra tendencia a autocompadecernos, a victimizarnos pero el funcionario final con firmeza nos empuja a la adultez, en la que debemos asumir todos los resultados de nuestras acciones, toda la responsabilidad. No podemos endosarla.

Aplaudimos de pie la obra. Sí, tienes razón. No es clásica pero nos hace que “caiga el veinte”. Para todos, lo que en la obra se dice es más que evidente. Somos adultos; no podemos engañarnos. Las etapas adversas y propicias componen la vida; no son permanentes. Debemos tolerar la frustración. La vida no es lineal; no es coherente. En muchos sentidos no es predecible ni programable. ¿Estamos preparados para tanta incertidumbre? ¿Creemos que merecemos todo o que no merecemos lo que nos pasa?

Como una experiencia no común, los actores, luego de la obra, salen al escenario y conducen una sesión de preguntas y respuestas. Abundan sobre la obra, reciben elogios y extienden el momento mágico de la puesta en escena. Nos preparan de alguna manera para esa posible entrevista burocrática del día de nuestra muerte. Hay que prepararnos, viviendo, pero viviendo al cien.

Antonio Canchola Castro

canchol@prodigy.net.mx