El diablo o demonio, ángel caído o ángel de las tinieblas, o como usted quiera llamarle.

Hay algunas obras de arte, me refiero a pinturas propiamente, cuyo punto positivo es una figura monstruosa: mezcla de ángel, fauno, bestia. Pienso, por ejemplo, en las de Francisco de Goya, como “La lámpara del Diablo” (1798); o en el grabado número 21 de una serie realizada entre 1546 y 1555 por el francés Jean Duvet (1485-1561) para ilustrar el capítulo XX del Apocalipsis bíblico.

Así mismo, un alarde de imaginación creativa se encuentra en las tres imágenes que Hendrik Goltzius propuso al tema del matrimonio (1595). En la imagen dedicada al matrimonio de conveniencia, quien oficia el enlace es Satanás, en donde aparece mostrado con patas de cabra, garras de águila en vez de manos, pechos de mujer, cuernos y una capucha que le cubre la cabeza.

También podemos pensar en las ilustraciones de Gustave Doré (1832-1883) para el poema épico de John Milton (1608-1674), El Paraíso perdido (1667), cuyos personajes principales son el Diablo, Dios, Adán y Eva. Esa obra también fue ilustrada por William Blake.

Por supuesto, el Renacimiento y el Barroco fueron épocas muy fructíferas sobre este tema, una extensa tradición que arrancó prácticamente en los comienzos de la Edad Media. Y claro, no podemos dejar de pensar en el Physiologus, el manuscrito griego escrito entre el siglo II y IV, y traducido al latín primero y después a otras lenguas europeas y orientales, cuyo fin era moralizante. Lo menciono porque fue una obra dedicada a un sin fin de bestias, entre las que figuraban con cuernos, con alas, con cola, con patas diversas, etcétera.

Esa figura, Belial (según la Biblia Satánica, o negra, de Antono LaVey –del movimiento existencialista de 1966–, es un poderoso demonio que se complementa con Satanás, Lucifer y Leviatán), también ha sido reproducida a través de la escultura; tres son impresionantes: “El Ángel Caído” (1877), una hermosa escultura de Ricardo Bellver, que se encuentra en el Parque de El Retiro, en Madrid. Otra es el monumento al “Traforo del Frejus” (1879), situado en la Piazza Statuto, en Turín, cuyo autor es Marcello Conte Panissera de Veglio, quien lo coronó con una representación de Lucifer (se sabe que es él porque tiene un lucero en la frente). Y la tercera es obra del ecuatoriano César Octaviano Cristóbal Buenaño Núñez, labrada entre 1985 y 1987, representa a Satanás y en cuya base está escrita la frase “El poder brutal”; la figura, tallada en la roca, tiene 20 metros de alto, dos cuernos se elevan sobre la frente, la nariz es puntiaguda, la boca está semiabierta y deja al descubierto dos colmillos.

Así pues, muchos son los nombres que se le han dado a tal figura: Diablo, Demonio, Ángel Caído, Ángel de la Tinieblas, Luzbel (luz bella), Lucifer, Belial, Samael, Asmodeo, entre otros, que están registrados en los libros bíblicos de Ezequiel, Juan, Timoteo, Zacarías, Job, Génesis, Lucas, Tobías y Apocalipsis; incluso aparecen otros nombres, tales como Grigori, Lilith, Mefistófeles y Semyazza. No siempre es aterrador, en no pocas ocasiones es presentado como un personaje carismático y persuasivo. Quizá esa concepción sea la que aparece en este fragmento de Caín, la obra de Lord Byron: "Entonces, ¿quién es el demonio? ¿El que no dejaría que viviera, o el que hubiera hecho que viviera para siempre, en la alegría y el poder del conocimiento?"

Digresión aparte mencionaré que, según el trabajo de Chris y Morandini (2011), durante los setenta años que duró el cautiverio de los hebreos en Babilonia, éstos absorbieron gran parte su bagaje cultural y simbólico de los babilonios, incluyendo a la diosa oscura lunar Lilith. A esta diosa babilónica se le representaba como una mujer alada con pies de águila y una vagina en la frente.

Por otra parte, no se trata de un asunto tan alejado en el pasado. En el 2015, una controvertida estatua develada en una ceremonia secreta en Detroit (Michigan) ha causado protestas en Estados Unidos. Se trata de una figura de bronce, con cabeza de cabra, mide 2,7 metros y representa un hermafrodita alado conocido como Baphomet, flanqueado por dos niños sonrientes. Su nombre se remonta a la Inquisición y a la tortura de los Caballeros Templarios, allá por el año 1100. Tiene los dos dedos de la mano derecha estirados señalando hacia arriba y los dos de la mano izquierda hacia abajo, que significa "como es arriba, es abajo". Palabras y gesto que provienen de las obras antiguas de Hermes Trismegisto, cuyos escritos se hicieron populares durante el Renacimiento y Reformismo.

A pesar de todo, algunas frases son muy sugerentes respecto a los atributos de este personaje: “Satanás cayendo del cielo como un rayo” (Lucas, 10), “Tu corazón se había engreído por tu belleza. Tu sabiduría estaba corrompida por tu esplendor” (Ezequiel, 28). Todas estas figuras son variaciones sobre un mismo tema.

Pero un sinnúmero de entelequias están estrechamente relacionadas con nuestros temores: los súcubos, el Chupacabras, los íncubos, el diantre demontre, incluso protagonistas de famosas novelas como la de Mary Shelley, Frankestein, o la de Bram Stoker, Drácula. A eso alude Chritopher Booker cuando se refiere a una de las siete tramas con las que contamos historias: superar a alguna clase de monstruo o destruir algún tipo de mal, aquello que nos desasosiega.