Cuando despertamos, Cataluña todavía estaba allí.

August 6, 2016

Tras muchos meses hipnotizados por el mago Rajoy, algún día despertaremos. Hay que tener confianza y un poco de esperanza en que eso será así. Definitivamente despertaremos, aunque ahora pueda parecer casi imposible dado el estado letárgico en el que se encuentra la sociedad española, amodorrada desde que el dirigente del PP le aplicó una dosis tóxica de esa máxima tan suya de lo urgente es esperar. Pues bien, cuando eso pase, cuando la sociedad española se despabile, cuando advierta que ya existe –finalmente- un gobierno, seguramente presidido por el mago hipnotizador, Cataluña, el asunto catalán, el problema catalán, el desafío catalán, la reivindicación catalana, dígase como se prefiera, todavía estará allí, como el dinosaurio de Monterroso.

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera se cuecen a fuego lento –atados de pies y manos- en una enorme marmita que Rajoy dispuso para ellos en diciembre del año pasado. Los tres líderes sufren ataques de pánico, aquejados por el dilema del prisionero, incapaces de colaborar mínimamente entre ellos para derrotar a su captor y carcelero.

Rajoy se tumbó, encendió su puro, a la forma y manera en la que lo dibuja Peridis, abrió el Marca por las páginas dedicadas al Real Madrid, y encargó a los miembros de su cuadrilla que mantuvieran el fuego de la marmita. De fondo, los de Génova siguen susurrando la letanía del partido más votado, la unidad de España, el interés de España, etc., etc., etc.

Rizando el rizo del absurdo convertido en bucle, Rajoy aceptó el encargo del Rey de formar gobierno, pero acto seguido avisó que según y cómo no se presentaría ante el Congreso para obtener la investidura. La casi totalidad de los catedráticos de derecho constitucional han sido consultados sobre si el presidente en funciones vulneraría la Carta Magna en el caso de no materializarse ante la Cámara, pero el resultado de la encuesta no afecta al líder gallego. Cómo tampoco los editoriales de los medios que le urgen a actuar, a negociar, a moverse, a hacer algo. Nada, él sigue imperturbable con su puro y su Marca, y solo espera que por lo menos Sánchez y Rivera levanten la bandera blanca y le regalen la presidencia del gobierno, más que medio cocidos como están ya en la olla.

Mientras esto pasa, sin embargo, la cosa catalana va por otro sendero. Hace mucho tiempo que ocurre, y la inacción del gobierno del Partido Popular ha gangrenado el contencioso. El resultado de las últimas elecciones regionales configuró un Parlament de Catalunya de ligera mayoría soberanista [en escaños, que no en votos] gracias a la colaboración entre Junts pel Sí [Convergència Democràtica más Esquerra Republicana] y la Candidatura d’Unitat Popular (CUP). Ahora, ese mismo Parlament ha decidido votar

favorablemente las conclusiones de la Comisión para el Proceso Constituyente; esto es, desafiar directamente al Estado y, particularmente, al Tribunal Constitucional.

Iniciar la vía de lo que denominan la desconexión de España tendrá, lógicamente, una respuesta desde Madrid. De momento se anuncian medidas penales contra la presidenta y contra la Mesa del Parlament, lo que no hará sino echar leña al fuego. Eso beneficia a los soberanistas, tanto más en las semanas previas a la Diada nacional del próximo 11 de septiembre. Como escribía Enric Juliana, la votación del Parlament de Catalunya es, además de una descarga eléctrica que invita a formar Gobierno en España, un desafío potente que aboca a todo tipo de dramatismos. No obstante, el mismo periodista apuntaba que, analizada la situación desde Madrid, “Resulta demasiado evidente que el pasaje de ayer en el Parlament es el pago a la CUP para que Carles Puigdemont pueda superar la cuestión de confianza del 28 de septiembre”.

Todo es un gran embrollo. De momento parece un vodevil o una comedia de enredo, pero a poco que se tuerza el guion puede convertirse en un drama. La nula capacidad negociadora del gobierno Rajoy, unida a la indolencia del presidente en funciones y a sus tics autoritarios, jaleados por muchos de sus incondicionales, pueden provocar un endurecimiento de la situación, incluso más allá de la voluntad de los actores.

Hemos visto como la nueva presidenta del Congreso de Madrid obtenía diez votos más de los previstos y confesados. El Partido Popular ha dicho que eran votos de diputados nacionalistas catalanes, cosa que su responsable Francesc Homs ha negado. En la misma línea de jugar al despiste, en una patética entrevista en la Cadena SER, la nueva secretaria general del novísimo Partit Demòcrata Català, Marta Pascal, no se atrevía a llamar mentiroso al diputado del PP que había declarado que los votos de apoyo eran de su partido, pero tampoco se atrevía a afirmar que sus representantes habían votado en contra de la candidata del PP. Todo esto se produce en un escenario en el que los nacionalistas catalanes aspiran a tener grupo parlamentario propio, algo que sólo ocurrirá si el PP y el PSOE quieren [que querer querrían, pero no saben si se atreven dadas las fanfarrias nacionalistas], ya que no cumplen con los criterios establecidos para ello. Todo un Cambalache, que hace verdad aquello de “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.

No obstante, la comedia de enredo de maquiavelos y estafaos, en la que unos viven en la impostura y otros roban en su ambición, puede virar a tragedia o, como poco, a una inmensa frustración para muchos. Joan Tapia recordaba en un reciente artículo que el actual Estatut de Catalunya exige para su modificación el voto de las dos terceras partes de sus

diputados, así que con 72 [JXS y la CUP] sobre 135 es imposible. Añadía que, contrariamente a quienes consideran que Cataluña es libre por derecho natural, existe un marco legal que está delimitado por la Constitución española y por el propio Estatut, y que saltarse los límites jurídicos conduce directamente al vacío. Tapia concluye afirmando que derogar el Estatut y crear una Asamblea Constituyente con plenos poderes a través de “un mecanismo desconocido y milagroso (…) es una fantasía imposible de implementar, que gusta a muchos ciudadanos cansados de las faltas de sensibilidad del Gobierno de España, pero que divide los catalanes y de la cual no saldrá nada bueno”.

Pues eso. Mientras tanto, Rajoy con su puro y su Marca. Los líderes de la oposición cociéndose en la marmita, paralizados por el dilema del prisionero. El común de la ciudadanía, por su parte, harta ya de estar harta, finalmente despertará. Y Cataluña –como tantos otros problemas aplazados por Rajoy- todavía estará allí.

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