La exportación de paz, progreso y libertad

August 27, 2016

Mientras los europeos pobres se mataban entre sí para dar gusto a sus dirigentes empresariales y políticos, en mayo de 1916 los US Marines desembarcaban en territorio dominicano “para restablecer el orden” que se había perdido en esa nación caribeña. En otras palabras, para alimentar las ambiciones de sus dirigentes empresariales y políticos, también.

No es igual, pero es lo mismo. Se trataba del proyecto de expansión de los dueños del capital. Un proyecto siempre apoyado por sus títeres a cargo de los gobiernos. Sustentado, además por la carne de cañón de siempre, los jodidos que para alcanzar un lugar en el prometido progreso civilizatorio, han de arriesgar el pellejo por el bien de la nación (¿quién es la nación?) y en una de esas, hasta poder alcanzar el reino de los cielos.

Las tiernas, emotivas y consoladoras palabras del capitán Knapp, a cargo del USS Olympia, son ilustrativas de la labor civilizatoria de nuestros hermanos mayores: “This military occupation is undertaken with no immediate or ulterior object of destroying the sovereignty of the Republic of Santo Domingo, but, on the contrary, is designed to give aid to that country in returning to a condition of internal order that will enable it to the terms resting upon it as one of the family on nations” (26 de noviembre de 1916).

No era la primera vez que los estadounidenses se aventuraban a tierras latinoamericanas con la intención de terminar de imponer el proyecto de “modernidad”. El dos de diciembre de 1823, el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, se dirigió al pleno del congreso de su país para, entre otras cosas, anunciar que a partir de esa fecha, el gobierno de esa nación jamás permitiría que una potencia europea sentara nuevas bases en el hemisferio occidental. Además, junto con su secretario de Estado, John Quincy Adams, se manifestaba a favor de las sanas intenciones de los inversionistas de su país para llevar al resto del continente las bondades de las formas de vida que se estaban experimentando allá.

En 1904, Theodore Roosevelt, a la sazón ocupante de la Casa Blanca en Washington, “enmendó” la doctrina Monroe, añadiendo que su país se reservaba el exclusivo derecho de utilizar la fuerza militar en América Latina y el Caribe para obligar al cumplimiento de las obligaciones adquiridas con los acreedores extranjeros y evitar la intervención extranjera en la región. El personaje inspirador del osito Teddy afirmó, sin pelos en la lengua, que usaría las tropas para garantizar la paz, la estabilidad y el progreso de todos en el continente. Fue una conversión milagrosa: de promotores de la paz y la democracia, los vecinos norteños devinieron en policía con el big stick en la mano.

Y aunque este Corolario Roosevelt a la doctrina Monroe de inmediato fue invocado para “justificar” la ocupación norteamericana de Cuba, Nicaragua, Panamá, Haití y la República Dominicana, la presencia invasiva de los gringos no era nueva, sino que ya había sido largamente experimentada por México, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Cuba, Puerto Rico, Colombia, República Dominicana, Panamá (cuatro veces), dos veces más en Nicaragua, otro par de intervenciones en México, Haití… ad libitum.

Con o sin justificación “legal”, las ocupaciones han sido constantes. Posteriormente, aunque la presencia militar estadounidense fue reduciéndose, no significó el final de la política intervencionista. De James Monroe a Barack Obama, las relaciones entre los Estados Unidos y las naciones del resto

del continente han estado marcadas por la firme decisión de proteger a toda costa el modelo económico que transfiere la riqueza del sur al norte, con beneficiarios específicos en ambos medios. No importa que los índices de miseria se incrementen, que se destruya el ambiente, que se contaminen o se agoten los recursos naturales, ni que los estados de derecho no pasen de ser tan sólo un sueño. La economía de mercado está por encima de cualquier otro proyecto, nos guste o no.

Es dentro de ese marco de relaciones que los marines desembarcaron en territorio dominicano en 1916. Los conflictos entre las fuerzas locales que trataban de imponerse al frente del estado dominicano, habían sido factor fundamental para que se dejaran de pagar los créditos contratados con los banqueros estadounidenses. A partir de 1907, la secretaría de Estado en Washington obligó, con la dulzura habitual de estos casos, a la firma de un tratado por el cual una compañía privada, la Santo Domingo Improvement Corporation, se haría cargo por completo de las aduanas dominicanas para de esta manera garantizar el pago de la deuda. Los grupos en conflicto no dejaban a los pobres gringos administrar en paz la riqueza del país y esa fue razón suficiente para imponer un estado de excepción bajo el comando de las fuerzas militares de ocupación.

No pasó mucho tiempo para que numerosos grupos de gente molesta por la invasión, se organizaran para tratar de expulsarlos. Como siempre ha sucedido, a estas personas se les dio trato de delincuentes, se les cazó como a perros rabiosos y les dieron el nombre de gavilleros. La decencia se impuso. Con el correr de los meses, políticos y empresarios locales decidieron aliarse con los patrones de lengua inglesa y al poco tiempo ya gozaban de los privilegios que recibían por adular al tío Sam. Desde dentro, la elite nativa acumulaba recursos, recuperó el poder político y aplastó a la oposición mientras se hinchaba los bolsillos gracias al trabajo de los que siempre trabajan.

Detalles más, detalles menos, sucesos similares, justificaciones parecidas más miles de muertos adicionales, fueron la norma en América Latina. Para evitarse la molestia de andar golpeando y matando dominicanos, los intervencionistas forzaron la creación de la Guardia Nacional, un organismo represivo militar que fue muy útil para el control de la población, para garantizar el esquema de expoliación del territorio nacional y para colocar a la República Dominicana en el concierto de las naciones modernas del mundo.

Y sin embargo sigues unida a mi existencia y si vivo cien años, cien años pienso en ti…

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