Una relación indisoluble

Ninguna de las áreas de estudio a las que se dedique el hombre, está separada de las otras. Si hablamos de astronomía, hablamos al mismo tiempo de física, de matemáticas, de química, por sólo nombrar tres disciplinas estrechamente relacionadas con el estudio de las estrellas. Si pensamos en las plantas, de inmediato debemos pensar en geografía y en genética; una describe el territorio, el paisaje, las rasgos de un lugar; la otra, es una parte de la biología que se ocupa de la herencia. Por muy alejados que nos parezcan, todos los estudios forman parte de un proceso más complejo e indisolublemente unido, es decir, se parcelan.

Lo mismo podemos decir de la historia y la literatura. Por sí misma, la literatura tiene una importancia capital en el pensamiento del ser humano; pero también está estrechamente ligada a la historia. Por otra parte, y como sostiene Dilthey, todos los eventos nacen y perecen dentro de la historia, incluida la literatura; en otras palabras, no existe una finalidad que guíe la historia ‘desde fuera’; es obra de los seres humanos, como individuos.

Desde el momento en que las personas hicieron uso de la lengua, tuvieron un mensaje que transmitir, por supuesto, estaba presente un receptor. A esos mensajes dirigidos a un auditorio no podía ser ajena la Literatura. Estas obras, en extensiones y formatos diversos –llamados géneros– se han caracterizado por su faceta estética. El mensaje depende también del género que ha escogido el autor, por ejemplo, tenemos una idea de antemano en las novelas de ciencias ficción, en las policiacas o en las de amor.

Seguramente recuerdan o saben de una pregunta que se le hizo a Jorge Luis Borges durante una entrevista, preguntándole para qué servía la literatura; su respuesta, entre irritada e incrédula, fue desviada. Dijo que a nadie se le ocurría preguntar por la utilidad del canto de los pájaros o del crepúsculo.

Y es que, efectivamente, la belleza está ahí, y aunque sea por instantes, logra que la vida sea menos sombría, menos mustia. Así la literatura presenta hechos humanos y naturales envueltos en bellas formas que, gracias precisamente a ello, nos placen. Las peores historias, las más desgarradoras, tremendas o infortunadas se ven en su unicidad, y nos permiten reflexionar en las cuestiones más profundas de la vida.

Precisamente, gracias a su naturaleza estética (y recordemos que esta disciplina estudia los fundamentos filosóficos del arte) olvidamos que su origen está en este mundo que nos envuelve. Cada historia refleja una identidad personal y social, incide en la idea de lo que somos y del porqué somos de tal manera.

Las obras literarias nos muestran momentos específicos en la vida del hombre. Desde los eunucos y los sátrapas en Quéreas y Calírroe, novela atribuida a Caritón de Afrodisias, hasta los delincuentes en Los bandidos de río Frío, de Manuel Payno, la literatura nos muestra el contexto, un ambiente, una determinada sociedad.

Se puede alegar que no es la verdad, ésa puesta en cada obra, sin embargo, no se puede negar que hay en cada una, una verdad, ficcionalizada, sí, pero no inverosímil. ¿Cómo negar, sólo por citar algunos casos, que El nombre de la rosa, de Umberto Eco, nos muestra con gran claridad el ambiente clerical de la Edad Media?, ¿o que Rasero, o el sueño de la razón –novela calificada de metahistórica– de Francisco Rebolledo, pinta excelentemente el Siglo de las Luces en un París ilustrado y revolucionario? ¡Y ni qué decir de la más conocida novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, en la que se cuenta la trágica historia del efímero Imperio de Maximiliano en México.

La literatura ayuda a que nuestra ignorancia sobre la historia universal sea menor. Apoya a la educación más amplia, con gran libertad de decisión para el lector, al mostrarle diversas visiones del mundo. Todo está ahí, el mundo infantil en una pequeña ciudad del suroeste de los Estados Unidos, a orillas del Mississippi, que se encuentra deliciosamente narrado en Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain.

Así mismo, las atrocidades que el hombre ha cometido sobre la faz de la Tierra, están retratadas en la literatura. ¿Podría usted mencionar por lo menos diez relatos relacionados con el Holocausto judío?, ¿y sobre la revolución mexicana? ¡Y qué decir de los textos dramáticos!: una extensa línea va desde las comedias de Aristófanes, pasando por el teatro de Cervantes y de Lope de Vega, hasta alcanzar a Antonio Buero Vallejo, quien, sin excesivas pretensiones históricas, ofreció semblanzas de creadores enfrentados al poder –Goya, Velázquez–.

Claro que es imposible querer mencionar aquí todos los buenos ejemplos de historia y literatura estrechamente ligadas. Podríamos afirmar que la literatura es nuestra memoria colectiva sobre todos aquellos momentos que cambiaron el rumbo histórico.

Sabida es la profunda investigación histórica que muchos escritores han llevado a cabo para redactar sus textos. Por ello, la obra literaria no es un hecho aislado, es un reflejo, consciente o inconsciente, de la situación social, económica y política de un determinado momento. Por eso, la obra literaria está condicionada, en la medida en que toda sociedad es, por su misma esencia, histórica; y el componente socio-cultural actúa como ingrediente de la concepción artística.