Sobre la escritura dominicana…

September 23, 2016

La literatura dominicana, como ha sucedido en México, se ha calificado, por algunos críticos, como aquella que se produjo a partir de la guerra de independencia; otros incluyen la escrita en la época colonial. Sin embargo, si se quisiese considerar literatura dominicana lo escrito a partir de la guerra de independencia, ¿qué fecha tomaríamos?, ¿1821?, ¿1844?, ¿1865?, ¿después de la ocupación estadounidense (1916-1924)?, ¿el final de la dictadura trujillista en 1961?, ¿al término de la guerra civil en 1965? o ¿después de 1978, con los gobiernos represivos de Balaguer?

 

Lo cierto es que esa tierra siempre ha sido ésa. Los taínos ya la ocupaban desde el siglo VII, pero no sólo ellos fueron los ocupantes de la isla, los siboney y los igneris habían llegado antes; luego llegaron los macorixes y los ciguayos. Finalmente arriba Colón en 1492; y detrás de él una gran cantidad de negros traídos de África –a los que se sumaron los que llegaron desde Estados Unidos luego de la abolición de la esclavitud–. Santo Domingo es su capital, pero Quisqueya, como también se le llama al país, es un nombre mucho más poético. Y -consciente de la digresión- lo mismo sucedió con el nombre de nuestra ciudad, Paso del Norte, que por decisiones políticas disfrazadas de honra, se cambió por el frío Ciudad Juárez; como en algún momento Santo Domingo se llamó Ciudad Trujillo.

 

Así pues, yo me inclino a considerar literatura dominicana o quisqueyana o taína, a aquella que ahí surgió, esa que registra usos de la lengua, historia, cultura, en fin, el mismo contexto en el que emergió. A pesar de lo que han sostenido algunos críticos, como el caso de Juan José Saer, quien postula que la literatura es ficción, que la literatura no tiene referencia directa con el mundo real, yo sostengo que cualquier texto literario está estrecha e inevitablemente anclado a una realidad. ¿Cómo, por ejemplo, obviar la pasión de los dominicanos por los temas históricos? Definitivamente, está más que justificada, ¿cómo ignorarlos si predominaron en todos los años que intentaban ser independientes?

 

Hay varios puntos que me gustaría dejar registrados, aunque al hacerlo, como bien se sabe, se dejan fuera muchos, muchísimos nombres. La poesía tiene un nombre imprescindible, Salomé Ureña. En la historia dominicana hay tres momentos importantes que permitieron clasificar la narrativa extensa: la novela de la caña, la novela bíblica y la novela costumbrista. El autor más renombrado en el género del cuento es Juan Bosch. Y no podían faltar, por supuesto, los nombres de españoles que escribieron desde este lado del mundo, desde La Española o La Isabela.

 

Sabemos de las influencias que el viejo mundo ejerció sobre el nuevo. Así que en la escritura dominicana también se detecta. Después la influencia le llegó de los Estados Unidos.

 

La llamada literatura bíblica -seguramente ya lo sospechan- toma como base historias o personajes de la Biblia, adaptados a la realidad caribeña. Sus mejores exponentes son Carlos Esteban Deive, Marcio Veloz Maggiolo (1936) y Ramón Emilio Reyes. Judas y El buen ladrón publicada en 1960, fueron la punta de lanza de esta corriente. Le siguieron El testimonio (1961) de Ramón Emilio Reyes, luego Magdalena (1964) de Carlos Esteban Deive. Se dice que un antecedente de este género es la biografía novela de Flérida de Nolasco, titulada Cuadros del Evangelio (1947); también se dice que aunque no posee el carácter subversivo de sus continuadores, su frase inicial es una declaración política en tiempo de dictadura.

 

Maggiolo se vale del mismo pretexto cervantino, para su Judas. Dice que se encontró un manuscrito hallado en Tel Aviv, que habla de unas cartas entre Judas, su padre Simón y su hermano Moabad. Se alude a la dictadura de Trujillo cuando Moabad dice: “Era un pueblo que oprimido por la tiranía necesitaba descargar sobre alguien sus malos humores”. Por otra parte, en El buen ladrón, la madre del ladrón expresa: “Los Pilatos y Césares nos han traído miseria y esclavitud. Las contribuciones desangran al pueblo y nadie tiene valor para oponerse a tantas determinaciones impuras”.

 

Por su parte, en Magdalena, de Deive, Simón el fariseo encarna la dictadura del emperador César Augusto, quien a su vez recuerda al faraón Ramsés, esclavizador de los judíos en Egipto. Simón, con su poder absoluto, explota al pueblo de Magdala y secuestra a cualquier mujer que desea. Analogía que se hace con la lujuria que se dice, caracterizó a Trujillo durante sus últimos años. En todas ellas hay claras alusiones a la dictadura que en esa época vivían los dominicanos.

 

Por supuesto, la Biblia no sólo ha influido en esa literatura dominicana, ha sido fuente constante de inspiración para autores de diversos lugares y épocas; recordemos, por ejemplo, los poemas de Jaime Sabines, los diarios escritos por Marc Twain, las novelas de José Saramago, la Salomé de Óscar Wilde; también Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, se vieron incluidos por tal libro.

 

Lo cierto es que no se puede negar la presencia de la Biblia en la literatura; ahí está: ya sea que se retome la historia de sus personajes, que sirvan para comparar con otros contemporáneos; o que se imiten sus procedimientos técnicos. El caso es que en ella se trata el pensamiento occidental, el hombre en las más variadas circunstancias.

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