Derecho al trabajo y, quizá, a la educación

January 15, 2016

Cada cierto tiempo, desde múltiples trincheras, emanan voces con autoridad que dicen, arman, crean y refutan argumentos contra el trabajo infantil. De acuerdo a las cifras de la Organización Internacional del Trabajo, en América Latina y el Caribe casi trece millones de infantes laboran, muchos de ellos en sectores de alto riesgo. La UNICEF calcula que en la república que habitamos hay casi cuatro millones de menores de edad en situación laboral.

Humanium, una ONG multinacional, calcula que en el mundo hay 250 millones de chamacos trabajando, contra 168 que calcula la OIT. La precisión y la verdad siempre estarán ocultas para el común de los mortales.

Para Humanium, el trabajo infantil “se refiere a cualquier trabajo o actividad que priva a los niños de su infancia”. En tanto, la OIT lo define como “el trabajo que priva a los niños de su niñez (sic), su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico”. La UNICEF aclara que la infancia no es definible solamente por la cantidad de tiempo que pasa del nacimiento a la edad adulta, sino también “al estado y la condición de la vida de un niño, a la calidad de esos años” y que “implica un espacio delimitado y seguro, separado de la edad adulta, en el cual los niños y las niñas pueden crecer, jugar y desarrollarse”.

¿Sabe usted a qué se debe tanta preocupación? Ni más ni menos, a la tendencia que insiste en convertir a todos y cada uno de los seres humanos en objeto de explotación. Hoy, es muy común enterarse de infantes sujetos a la esclavitud sexual, a prácticas pederastas, conocemos de la pornografía infantil, así como de menores de edad sometidos a trabajos a cambio de solamente agua y algo de alimento y a empleos en condiciones terribles para su salud.

No puedo defender esta situación, pero justo es decir que así se ha construido el modo de vida actual, a partir del avasallamiento de la mano de obra, donde no importa edad, sexo ni origen nacional. La historia de la humanidad está construida a partir del trabajo de todos los miembros de la sociedad. Quien no trabaja, no tiene derecho a los alimentos, a la protección, al refugio, al vestido.

La ecuación se ha revertido. Millones de seres humanos trabajan hasta caer exhaustos, sin embargo, carecen de los satisfactores más elementales. Para sostener un núcleo de varios miembros, todos tienen que salir a buscar lo necesario para irla pasando. La gran desgracia es que los recursos están acaparados por unos cuantos que se asumen como propietarios de todo cuanto está a su alrededor, incluyendo a las personas y el producto del trabajo de éstas.

En una situación extrema de carestía, de falta de recursos, ¿los infantes deben permanecer indiferentes ante la gravedad de lo precario de la vida? El gobierno de Evo Morales en Bolivia, creó en el 2015 una ley en la que se permite el trabajo desde los diez años de edad. La medida es considerada por la Unicef como la violación de un derecho; la OIT lo considera una trasgresión a las normas internacionales; en ese país se ha asumido como parte de la cultura milenaria y los gobernantes lo han tomado como una válvula de escape ante la precariedad en la que vive la mayoría de los bolivianos.

Obviamente, esta ley ha resultado escandalosa. Debemos dejar claro que esto no se trata de un abuso de los mayores contra los menores. No podemos hablar de una lucha intergeneracional, sino de una manera de abatir la escasez de recursos. ¡Qué mejor que todo infante tuviera asegurada una

niñez dedicada a la educación, a la formación permanente de habilidades y al conocimiento de la vida! Pero primero debe alimentarse.

Más vale regular una práctica tradicional para evitar interpretaciones que lleven a la explotación y a la exacerbación de las condiciones de miseria, a que se sigan las prácticas del flamante estado democrático mexicano. Muchas leyes y pocos derechos garantizados.

En México a la niñez se le educa: se abren escuelas a lo pendejo, se establecen horarios de clase a lo pendejo, se diseñan programas educativos a lo pendejo y se expulsan al mercado laboral millones de manos a lo pendejo. El resultado lo percibimos a cada instante. Dondequiera que volteamos, es fácil determinar que tantos recursos destinados a mejorar la calidad de vida de los mexicanos no han valido más que para aumentar el volumen de ingresos de políticos, de empresarios y otros sinvergüenzas que solamente saben atraerse beneficios en detrimento del resto de la población.

¿Nos interesa la educación? Sí, claro, en Chiapas el diputado verde Rafael Guirao se reunió con niños lustradores de zapatos en Tapachula, a quienes regaló “cajitas boleadoras a jóvenes que se dedican a esta noble actividad”. ¿Y eso no es esto trabajo infantil? Si andar limpiando los zapatos de cualquier imbécil es una actividad noble, el tal diputado federal debería poner el ejemplo y trabajar echando bola, en lugar de hacerse pendejo en San Lázaro, si es que asiste a las sesiones de la cámara…

Claro, el noble gesto del diputete chapianeco (sentido y merecido homenaje a los lectores de noticias en medios locales) está en concordancia con el egresado de la Ibero y de Oxford, Aurelio Nuño Mayer, quien declaró a finales de noviembre pasado que “No es sano que en la educación primaria haya demasiados temas”, por lo tanto, supongo yo que para no exprimir a los explotados infantes de primaria, será suficiente que “dominen las matemáticas a nivel primaria y en materia de español entiendan lo que leen, que sepan escribir y redactar con propiedad, sin faltas de ortografía y con una redacción adecuada, y que tengan una buena expresión oral, con un nivel de vocabulario suficiente para su edad”. ¿Quién les va a enseñar todo eso?

Como moscas sobre la mierda, en la misma reunión siguió en uso de la palabra el presidente de la CONCAMIN, un tal no me importa Herrera que se dejó caer redondito: “uno de los temas de mayor interés del sector industrial es profundizar la vinculación entre los centros de trabajo y la academia” para lo cual agregó que “los industriales presentarán un programa a la SEP para fortalecer la colaboración conjunta y seguir trabajado en la materia”. Garantizaremos pues, más mano de obra barata para nuestros gloriosos empresarios, mano de obra egresada de escuelas sanas donde no se satura niño alguno con conocimientos, sino que se les prepara para el trabajo fecundo y creador en la grandiosa industria nacional. Quedó claro, ¿no?

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