A propósito de La Democratización mexicana, parte uno

October 7, 2016

Hace unas semanas apareció el libro La democratización mexicana, un camino tortuoso, redactado por Samuel Schmidt. Si usted no tiene inconveniente, ésta y la próxima semana me referiré a este trabajo.

Es común que al hablar públicamente del libro de un colega, se convierta en un ejercicio de alabanza cuasi religiosa: “Henos aquí, postrados ante la maravillosa actuación del autor, que no pudo haber logrado su finalidad sin el concurso decidido de sus editores”. En esta ocasión no será así. Sé que Samuel no lo tomará como algo personal, sino dentro de la sanidad que implica un discurso libre, abierto y con ganas de criticar un trabajo académico.

Debo comenzar con la democracia cruda. La democratización mexicana es un libro de 220 páginas numeradas, más un buen de páginas sin dígito. Fue escrito por un solo autor, para lo cual hizo referencia directa a por lo menos otros 116 trabajos publicados en distintos formatos, principalmente impresos y digitalizados. Evidentemente, el conocimiento no se cuece de la noche a la mañana y para quienes nos hemos dedicado siempre o en algunos periodos determinados de nuestras vidas a escribir desde la academia o de manera creativa –y aquí debo expresar un rotundo sic–, es muy claro que nuestro trabajo siempre comienza a partir de lo que otros hayan dicho o hecho. Schmidt lo refrenda con su amplia bibliografía y en cada una de las 349 notas a pie de página que contiene este conjunto de ensayos.

Ustedes se preguntarán: “¿Qué tiene que ver eso con la democracia?” No termino esta parte todavía, no coman ansias. El aparato crítico del trabajo, como decía, expresa de manera amplia esa idea: en la medida en que uno se alimente de lo que dicen o escriben los demás, será posible ir afinando propuestas, así como expresar ideas con mayor certeza y coherencia. Pues bien, no se trata solamente de agradecer a los otros autores, sino reconocer que esos otros, de alguna forma, han abierto puertas o construido caminos por los cuales uno puede transitar. Si fuésemos genios o dioses, no haría falta ponerse a averiguar las ideas de los demás.

Ahora sí, la democracia. El libro está publicado por la cámara de diputados en la ciudad de México. Ese enorme aparato burocrático que supuestamente ha sido creado para legislar y ser contrapeso de los otros poderes de la unión, que no hace nada que no sea dictado por el preciso y por los jefes de los partidos políticos, para justificar las carretonadas de recursos que mama del erario, presume que trabaja y hace aparecer en esta ocasión los nombres de ¡noventa! ¡sí! noventa parásitos que engordan con sus infames apelativos el libro de Samuel Schmidt. Esa es la bendita democracia… la que permite que esta banda de inútiles aparezca en los créditos de un libro que trata de explicar la más perdurable de las bromas de la historia moderna: la democracia, en este caso, la mexicana. Por supuesto, a ninguno de esos noventa le dará vergüenza aparecer con su nombre impreso, y mucho menos lo que a continuación debo decir.

No tengo la más mínima idea de la bronca en la que se metió Samuel para que esa andanada de inútiles aprobara la publicación del libro. Los académicos estamos en la constante y creciente necesidad de que nos publiquen las ideas, grandes o pequeñas; así lo dictan los gurús de la educación superior y los dueños de la administración educativa. Los diputados trabajan poco, discuten menos y resuelven tanto como que el resultado siempre tiende a cero, a menos que alguien muy importante

declare la urgencia de una resolución. Tampoco sé cuánto pudo haber costado a los mexicanos, porque nosotros lo pagamos, el trabajo editorial de La democratización mexicana. Obvio, quienes se paran el cuello son los legisladores y por los siglos de los siglos sentirán que Samuel les debe hasta la vida por haber publicado su libro, como si fueran de ellos los recursos.

Además de mi ignorancia con respecto a lo referido, asuntos que en verdad deben valer un comino para evitar cualquier mal hepático, siento rabia. Me da rabia que de entre todas esas nueve decenas de buenos para nada, que obligaron a alguien a que sus nombres aparecieran en el libro (y no con letras tan chiquitas e ilegibles como en los últimos créditos de las películas), a nadie se le hubiese encargado la tarea de precisamente la edición y corrección del texto. ¡Parece que nadie le metió la mano! Ahora que, y sólo Samuel lo sabe y ni siquiera le preguntaré, si alguien se comprometió a cuidar la edición, lo más probable es que haya sido entonces algún sinodal de la Universidad Panamericana, de esos que no saben ver, ni leer.

Aclaro, antes de que cunda el nerviosismo. No estoy diciendo que el trabajo de Samuel Schmidt sea un plagio, como el de los egresados de la licenciatura en derecho de la Panamericana que luego se convierten en presidentes de la república. Lo que quiero dejar muy claro, es que quienes laboran en la cámara de diputados son de tan grave mediocridad e ignorancia, tan preocupados por quien les hace vivir como reyes, que se han de atropellar para aparecer en las listas de créditos de un libro en el que se comprueba, página tras página, que ellos son lo peor de nuestro país y que cuando se trata de trabajar, simplemente le sacan la vuelta. La edición está más descuidada que esas abominables publicaciones de la editorial Progreso de la URSS o que las de los pasquines del siglo veinte que servían para atacar lo que fuera atacable y que se imprimían con mimeógrafo manual. Vaya, ya ni siquiera los talleres gráficos del gobierno del estado de Chihuahua, en sus peores épocas, tuvieron la desvergüenza de dejar pasar una edición tan mala como la de este libro.

El esfuerzo del trabajo cotidiano no se merecía una edición tan asquerosa como la que hicieron en la cámara de diputados al trabajo de Schmidt. Desde aquí, mi reconocimiento a la labor editorial del poder legislativo nacional. Legislan como editan… editan como legislan… y ahí andan sueltos. Al rato serán senadores, gobernadores, presidentes municipales, secretarios de estado, directores de la Comisión Federal de Electricidad, líderes de alguna agrupación mafiosa. Los mexicanos estamos en sus manos, ¿ya se dieron cuenta?

Pero ya basta de exordios. De cualquier manera debe uno enterarse de lo que piensan los politólogos que nos rodean. La próxima semana entraremos en los temas tratados por el autor.

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