Antigüedades

¿Crees tú que las cosas puedan sufrir la orfandad? ¿Sentirán acaso el abandono y hasta el rechazo una vez que termina su vida útil?

En eso pienso mientras recorro con parsimonia un mercado de antigüedades. En un pequeño parque de mi pueblo se reúnen no menos de cincuenta vendedores de multitud de objetos todos ellos disímbolos pero con una condición común: están separados de sus dueños originales. Hacer un listado aquí de todos sería un fastidio interminable; séame dado recordar solo unos cuantos. Abundan por ejemplo los aparatos telefónicos; allí están aquellos viejos Erickson pesados de baquelita negra con su disco de metal para marcar. En mi infancia así eran los teléfonos en casa. ¿Cómo llegan a ese mercado? Han pasado por lo menos cincuenta años de su fabricación y son ahora objetos desplazados ¿vintage? dotados solo de diseño.

Otra gama son los adornos de cristal cortado y de Murano real o aparente. Predominan las figuras de flores, uno que otro payaso, pingüinos y un elefante estilizado con notas naranja y amarillo en su interior. Muchos son ceniceros, floreros, centros de mesa y pisapapeles. Allí están todos juntos como en un destino común cumplido. Coexisten los de buen gusto con los ordinarios; los que tienen buenas condiciones con otros mellados y opacos que ven menguado su valor a cifras muy modestas iguales a un billete roto.

Al igual que con sus propietarios, poseedores o detentadores, los rematados son de distintas clases. Hay por ejemplo relojes, la mayoría de marcas desconocidas y precios bajos y otros en cambio, de abolengo por lo que piden decenas de miles de pesos; tal es el caso de un reloj Longines del que me dice el

vendedor, no ha sido abierto nunca y cuya correa es de piel de cocodrilo. Dice también que el reloj guarda su estanqueidad a una profundidad de 30 metros. Yo no buceo pero si lo hiciera y tuviera la certificación para esa profundidad, ¿usaría en el arrecife de coral un Longines con correa de cuero de lagarto?

¿Recuerdas aquellas charolas para refrescos o cerveza que tenían pintados rostros femeninos mexicanos idealizados? Hay muchas de varios tamaños y en diferentes estados así como viejas botellas de refresco, unas vacías y otras llenas de quien sabe qué sea. De seguro las Chaparritas no saben mejor luego de cuarenta años. ¿Qué impulso nostálgico nos lleva a comprar eso? ¿Mostrarle a alguien algo de nuestro pasado? ¿Recuperar con un objeto un punto perdido?

Recorremos los diferentes puestos y soy aleccionado de qué no debo mostrar interés por lo que me interesa porque en cada uno hay siempre un vigía que con base en lenguaje corporal y apariencia cubica el tamaño del sapo y propone con ello la dimensión total de la pedrada.

Abundan las mesas de centro, lámparas bizarras, algunos cuadros, muchos sin firma conocida y otros en cambio de autores famosos como Cuevas u O’Higgins. ¿Qué paredes adornaron? ¿Quién los lanzó a la calle y han llegado a estar sobre una banqueta a mediodía?

En otros puestos ofrecen plumas fuente, tableros para jugar damas chinas, ajedrez y también serpientes y escaleras. ¿Cómo influye en la formación de nuestro carácter este último juego en el que se manifiesta decisivo el azar en las causas de la prosperidad y el infortunio?

Antonio Canchola Castro

canchol@prodigy.net.mx