A propósito de La Democratización mexicana, parte dos

Decíamos hace una semana que recién salió a la luz, desde las oscuras catacumbas de la cámara de diputados en la ciudad de México, el libro La democratización mexicana, un camino tortuoso, redactado por Samuel Schmidt, revisado por un imbécil o posiblemente a ninguno de los noventa inútiles que hicieron todo por aparecer en los créditos de la publicación se le ocurrió que se debe hacer. Hoy concluyo mi comentario al respecto.

De principio a fin y viceversa, reviso el libro de Samuel con una preocupación que late en mi corazoncito día y noche. Cuando hablamos de democracia, ¿qué queremos decir? Me parece que para la mayoría de las personas en el mundo, el concepto se limita al mero ejercicio de selección de gobernantes. Si eso es la méndiga democracia, señores, estamos muy fregados.

¿Qué es la democracia? ¿Es un sistema político o es una forma de organización de la sociedad? ¿Se trata de un evento aislado o de una convicción sobre la vida? ¿Se trata de un método de toma de decisiones o una quimera? Quienes viven de la democracia, seguirán en la tranquilidad en tanto las víctimas directas y las que se incluyen en los daños colaterales no lo discutan, jamás lo reflexionen.

Con el tiempo, quienes toman las decisiones más graves en la vida de la humanidad, han ido diseñando un discurso que se repite continuamente dondequiera que vayamos. A cada rato escuchamos que nuestra decisión cuenta, que nuestra opinión es la que vale, que si no participamos, ni nos quejemos. Otra vez lo digo, quienes viven de este cuento, jamás permitirán una participación decidida más allá de la borreguería de acudir a votar.

Todo gira en torno a la elección de gobernantes dentro de un sistema cerrado en el que las mafias o partidos políticos se han erigido como los únicos con el derecho a decidir en la voz de sus corifeos en los puestos legislativos, ejecutivos y judiciales. Y eso, damas y caballeros, sucede en cualquier parte del mundo que se dice civilizado. La democracia representativa no es más que un cuento aderezado con maravillosas promesas del país de Siempre Jamás.

Quienes siempre han decidido, lo seguirán haciendo y para ello cuentan con un amplio abanico de peleles que seguirán enfrentándose para ser los favoritos en turno y sacar la mejor tajada. Vivimos en un régimen de privilegio, cada día más alejados de lo que idealmente podría ser la democracia. La revolución francesa, la norteamericana, la rusa, diseñaron democracias que quedaron suspendidas en el papel. La mexicana igual.

En cinco capítulos sin final feliz, que nos encauzan por las veredas del pesimismo eterno, Samuel Schmidt añora esa promesa democrática y tengo la impresión de que se encuentra a la espera de que algún día, quizá ya sin atestiguarlo, desparezcan la corrupción, el crimen organizado, el entreguismo, la estupidez de los políticos, el fraude electoral, el marranero de los partidos y la perversidad de quienes deciden. Aclaro e insisto, Samuel Schmidt me parece un optimista y hasta casi nos recita, al ritmo de Judy Garland: “Somewhere over the rainbow / Blue birds fly / And the dreams that you dreamed of / Dreams really do come true”. El pesimismo es mío, no del autor del libro. A pesar de todo, Carlos Angulo tacha a Schmidt de pesimista, no comparto la idea.

Una aclaración más. Hablo del optimismo de Samuel que no es contradicción con su falta de final feliz. El final es el del libro, no de la historia, no del curso de la democratización mexicana que, aunque nuestro autor insista en que se trata de un camino retorcido, somos capaces de aguantar toda esta porquería y en algún momento dejaremos de torturarnos para alcanzar la plenitud democrática. Suena bonito, o chingón, como dicen en mi tierra. Pero no puedo estar de acuerdo.

No puedo estar de acuerdo porque con la venia de la escasa o nula participación popular, quienes dirigen los destinos del país, junto con las mafias legales e ilegales, se han encargado de hacer todo lo posible para que la dichosa democracia sea solamente en términos electorales y no muy limpios que digamos. Total, allá ellos y su mugrosa legalidad.

En ya casi 200 años de vida como nación “independiente, humana y generosa, a la que debemos nuestra existencia” la continuidad en la toma de decisiones ha llevado a los mexicanos a padecer las migas de la ficción democrática. De cuando en cuando se erigen paladines de la democracia que encabezan las luchas para eliminar algunos obstáculos a su idea de democracia y van creando nuevos, total, que es un cuento de nunca acabar. En eso precisamente consiste el ingenioso sistema político mexicano. Fiel a las necesidades del sistema mundial, para qué nos hacemos pendejos.

Un sistema nacido de la corrupción, alimentado con la corrupción, atorado en la corrupción, no nos sorprende que siga siendo eminentemente corrupto. Y todos los días se lanza una primera piedra, y otra, y otra más… ad libitum, per omnia secula seculorum, aunque quien lanzó el reto no tenga puta idea de lo que esto signifique. Es la condición sine qua non para la sobrevivencia de la ficción democrática. La política latinoamericana ha encontrado su minita de oro en fomentar el desencanto para surgir con la promesa que, con el tiempo, al no llegar a la meta democrática, habrá de motivar nuevos desencantos para que lleguen otros con nuevas promesas y así, hasta el infinito y más allá, como dijo el que lo dijo.

El bendito día que deje de existir la mentada ficción democrática, los sistemas políticos de Nuestra América sucumbirán como ahora los conocemos y será porque al fin habremos logrado cumplir con la promesa, cosa que francamente mi pesimismo duda hasta la médula de mis huesos o, de una vez por todas, el desencanto habrá sido tal que quienes sean, acabarán con todo e instalarán en la sociedad otro tipo de anhelos, muy diferentes a esta ya muy larga promesa.

Gracias por su atención a este pesimista irredento.

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