Día Mundial de la Alimentación

En 1979, la Conferencia de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) proclamó el 16 de octubre de cada año como el Día Mundial de la Alimentación. Desde entonces, se han producido millones de cuartillas, millones de kilómetros de película, miles de millones de megabytes de información en todas las lenguas habidas y por haber, en las cuales se explica el problema, se proponen soluciones, se señalan culpables, se expresan los mejores deseos, se ora por los necesitados y se reparten bendiciones al por mayor. El hecho es que en este 2016 existen sobre la faz de la tierra casi 800 millones de seres humanos con hambre.

Hambre es una desnutrición crónica, así de crudo. Al principio no se ve, pero siempre será motivo de dolor y de angustia para quien la padece. Se estima que las personas deben consumir al menos 2100 kilocalorías diariamente, con ellas podríamos pensar en una vida sana. Sin embargo, esa cantidad de alimento no es más que una mera ilusión para esos casi 800 millones de congéneres.

Ante la falta de energía, las personas con desnutrición y luego hambre, disminuyen sus actividades motoras y de pensamiento. Es imposible concentrarse. No se tienen ganas de jugar, de correr, mucho menos de estudiar. Además, a un cuerpo desnutrido se le atrofia el sistema inmunológico. La debilidad se acrecienta con el paso del tiempo y la persona es vulnerable a cualquier infección. Casi tres millones de niños mueren en el mundo, cada año, antes de alcanzar los cinco años de edad debido a que, por la desnutrición, sus cuerpos no tuvieron la capacidad de crear los suficientes anticuerpos para defenderse de las enfermedades.

Al momento de escribir esto, día mundial de la alimentación, hay casi 7500 millones de personas habitando nuestro planeta, casi el 40% más que cuando se decretó ese dichoso día que no ha servido para maldita la cosa. Los humanos practicamos la irresponsabilidad de la reproducción a lo bestia. El problema, además de la reproducción en sí misma, es la irresponsabilidad y ese profundo egoísmo con el que andamos de aquí para allá.

Irresponsablemente pensamos que los demás tienen el deber de mantenernos, tan sólo por formar parte de la “comunidad humana”. Pero es igual de irresponsable y carente de progenitora quien acumula bienes y riquezas a costa del trabajo de los demás, a partir de la expoliación de los recursos naturales, desequilibrando el medio, desapareciendo especies vegetales y animales y calentando el planeta. ¿Qué importa que el mundo se deteriore en todos los sentidos y ámbitos? A partir del reconocimiento del derecho a la propiedad privada, parecería que cualquier hijo de vecino tiene derecho también a terminar con todo cuanto ha hecho posible la vida sobre la Tierra.

Es igual de irresponsable (y no por ello debe ser el orgullo de quien lo parió, y si lo es, ya sabemos por qué estamos como estamos) quien se dedica a manipular genéticamente las especies con la finalidad de incrementar su riqueza y echar en saco roto las advertencias sobre la catástrofe ambiental que ya nos alcanzó. ¿Qué clase de futuro nos espera cuando en las estructuras de poder político se insertan individuos que sin empacho suponen que primero está su derecho a enriquecerse que el derecho de todo lo demás a seguir siendo?

En el mismo cajón están los hombres y mujeres del poder político que se llenan los bolsillos con los regalos que les hacen quienes se benefician de la destrucción de nuestra casa. Allí están los que por ser más ricos, lo logran a partir de la venta de comida-basura que en nada apoya la ingestión de los alimentos necesarios para vivir, pensar y actuar dignamente. Muchos de los que se ostentan como empresarios socialmente responsables caben en este grupo.

Participan allí, también, los que se enriquecen promoviendo toda esa porquería, los que viven de ella, los que se enriquecen con ella y los que a pesar de ella, siguen en pie, deseando seguir consumiéndola: empleados, publicistas, medios de comunicación, profesores, padres de familia. ¿Quién se puede eliminar de esta lista? Argumentarán algunos que no hacen sino cumplir con su trabajo, que deben alimentar a sus familias (y a su codicia), pero lo hacen a sabiendas del daño que provocan o haciéndose como que no se dan cuenta de la gravedad de sus acciones. “Es difícil abstraerse de todo esto”, me decía un joven hace unos días. ¡Qué pena! Bajamos los brazos ante las dificultades, como si todo fuera inevitable.

De nada nos sirve llorar, orar o elaborar maravillosos planes cuando en el planeta se mandan a la basura más de cuatro toneladas diarias de alimento en el que se invirtieron miles de millones de litros de agua y cantidades inimaginables de energía para ser producido. Sabemos que se elimina para evitar que se caigan sus precios, para seguir controlando su distribución y porque no hay quien lo pague. La espiral del desperdicio parece interminable

Se trata de un problema ético y de justicia. No proviene de otra parte más que de la desigualdad que seguimos fomentando. Pero de este tamaño es el resultado de las reglas del juego en el que todos participamos. De cualquier manera, seguimos pensando que el hambre se encuentra mucho muy lejos de nuestra realidad inmediata. Suponemos que lo grave son los baches, lo caro que están los modelos recientes de smartphones, la secuela de los walking dead o el próximo final de la telenovela del divorcio de Angelina y Brad.

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