Deshonestidad académica

Vuelve la burra al trigo… la acababan de sacar. La impunidad genera una espiral de impunidad. Los ejemplos cunden y como cualquiera otra autoridad, las educativas, en todos los ámbitos, se hacen como que la virgen les habla. ¡Atasquémonos, compas, ahora que hay lodo para todos! Mientras no nos vengan con la cantaleta de que la corrupción es parte de nuestra cultura y de que el que no transa, no avanza, podremos tratar de poner en perspectiva este asunto de los trabajos plagiados.

Si bien resulta gravísimo que cada vez salga a la luz un número mayor de casos de tesis plagiadas, de artículos pirateados y de un sinfín de eventos en los que la deshonestidad de los miembros del “sector educado” del país sacan a relucir su brillantez cúprica, el asunto debe tratarse desde la raíz. El castigo al plagiario debe ser ejemplar. Aunque no me cabe duda que si logramos llegar al fondo del problema, podríamos actuar de una manera más congruente y definitiva. No se trata de tapar baches una y otra vez, sino de evitar que éstos sigan apareciendo.

Lejos de estar de acuerdo con la tesis del eterno estrés docente, cosa que me parece una soberana mamada para desviar la atención de lo que realmente es fundamental, debemos estar dispuestos a analizar el modelo institucional educativo. Tiene que ver esto también con las políticas salariales y con las prioridades establecidas por etéreos personajes para cada una de las sociedades de este mundo. ¿Para qué queremos un sector educativo? ¿Cómo debe funcionar? ¿Cuál es el compromiso del Estado con la población? ¿Para qué le sirve la educación formal a una persona común y corriente? ¿Cómo estamos educando a las nuevas generaciones? ¿Qué les mostramos que sea digno de ser imitado?

A gritos y sombrerazos, algunas instituciones establecen directivas, muchas veces demasiado tibias, en contra de la deshonestidad académica. Contra el plagio. Contra la simulación. Pero ahora a los jueces mexicanos les comienza a picar el mosquito del amparo contra las decisiones reglamentarias y reglamentadas. El amparo, una de las estrellitas del derecho mexicano, ha sido convertido en la manera más adecuada para eludir responsabilidades al haber cometido un ilícito. Ya el amparo es una burla contra el estado de derecho. En un caso más que demostrado de práctica ilegal, deshonesta y fuera de toda ética, el 12º. Tribunal Colegiado en Materia Administrativa obliga a El Colegio de México a restituir de su matrícula a quien se le ha demostrado haberse conducido al margen de la norma legal, de la ética. Total, “chingue a su madre el mundo, al cabo soy marciano”. Vea la explicación en http://eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2016/10/24/plagio-academico-llega-tribunales

Es verdaderamente penoso que se deba llegar al extremo de estar vigilando que el autor de un trabajo sea honesto y no se le haya ocurrido robarse las ideas y las palabras de otro. El asunto es más grave aun cuando gracias a ese secuestro se obtengan beneficios personales tales como una calificación, un certificado, un título, un empleo o un ingreso monetario. Trabajar de esa manera no es más que un indicio claro de lo que la sociedad puede esperar del individuo. ¿Actuará conforme a la ley siendo funcionario público? ¿Tendrá la honestidad suficiente para aceptar que no está capacitado para cumplir a satisfacción un trabajo? ¿Podemos poner en sus manos nuestra salud, nuestra

seguridad, nuestro futuro? ¿Qué clase de empresario o de empleado habrá de ser? Si se encargase de la educación de nuestros hijos, ¿qué les puede enseñar? ¿Y si llega a la presidencia de la república…?

Hay colegas en la academia que tratan de minimizar el problema aduciendo que es tanta la presión de la institución para la cual trabajan, así como de las monsergosas burocracias encargadas de administrar los bonos de productividad, como el CONACyT en el caso mexicano, que no hay más remedio que simular (sic). Se simula la dignidad del ingreso, se simula la formación profesional, se simula la congruencia, se simula la educación.

Los programas paliativos de los ingresos están basados en el llenado automatizado de formatos que no son más que números para satisfacer los egos de los funcionarios, para competir por los cada vez más escasos recursos destinados a la investigación, para cumplir con los indicadores impuestos por los organismos multinacionales de control presupuestal y asignación de créditos, así como para engañar una y otra vez con el discurso del progreso, del crecimiento, del avance y… de lo demás.

Un estudiante de maestría está obligado a cumplir un programa en un par de años más seis meses de gracia para concluir con una tesis, además de publicar uno o dos artículos en revistas «de calidad». El de doctorado, igual, pero con mayor presión de tiempo. Se cocinan posgrados como hamburguesas en el macdonalds, se maquilan títulos como en la línea de producción fordista, se producen artículos científicos (¡la que les parió!) como pegar botones a destajo. Ah, y se deben llenar formularios a velocidades tan altas como las del TGV y que al final nadie leerá y servirán tan sólo para ocupar espacios en los archiveros y demostrar con toda transparencia que se cumplen con los planes y programas de desarrollo institucional, estatal, nacional, internacional y sepa qué jodidos más. ¿La exigencia? Cumplir en tiempo y forma.

El posgrado es solamente el paso final de todo el proceso que inicia en prescolar. Simulación, al por mayor. Se construyen escuelas, se llenan de alumnos, se hace uno pendejo uno, dos, diez años, se plagia una tesis, se evita la lectura, se escribe con la patas, procura uno no pensar, copiar los exámenes, hacer copy-paste, exigimos calificaciones para obtener buen promedio, nos las dan sin pena ni gloria, nos ganamos un papel, somos unos inútiles y nos enojamos cuando quienes nos gobiernan, que hicieron antes exactamente lo mismo que nosotros, roban, dicen mentiras, engañan a los ciudadanos, protegen a otros delincuentes…

El círculo vicioso se ha convertido en un cuento de nunca acabar.

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