Géneros

Sabemos que tanto en la literatura como en la pintura, encontramos clasificaciones en géneros. Se llama género a un amplio grupo de obras que comparten características en común. Por supuesto, las clasificaciones se pueden proponer desde distintos miradas, por ejemplo, tomando en cuenta el tema obtendríamos en la literatura, poesía amorosa, religiosa, política, etcétera. Sería posible también considerar agrupaciones por el modo, ya sea narrativo o descriptivo, sólo por hablar de algunas características que permiten la ordenación. Otra forma de calificar es de acuerdo al movimiento artístico, a la tendencia de una época, tal como el costumbrismo, barroco o neoclásico, que da como consecuencia un estilo en común o grupos de creadores que se identifican entre sí.

No debemos olvidar que los teóricos literarios han distinguido entre dos grandes conjuntos, el de los géneros naturales, que han planteado como consustanciales a la expresión literaria (lírica, narrativa y dramática), y los géneros históricos, corrientes literarias relaciones que a partir de los géneros naturales, surgen en periodos específicos y evolucionan, tal es el caso de la novela pastoril y de la novela picaresca. Desde el punto de vista filosófico esas formas o géneros artísticos son los medios de que se valen los individuos para exponer una dualidad: intimidad-alteridad, debido a su necesidad de expresarse.

Por otra parte, la aparición, desaparición o mezcla de géneros literarios es la marca de distintos periodos. Además, el hibridismo genérico tiene que ver con la evolución de los mismos géneros y con la historia de la literatura, toda vez que en ella está implícita la historia de aquellos. Ese hibridismo, o fusión, obedece a distintas causas, una de las primeras es la transición de una época, momento en el que algunas cuestiones culturales pierden vigencia y se están consolidando otras nuevas. Actualmente el hibridismo en el arte se nutre no sólo de los géneros de cada disciplina, sino también de otras manifestaciones. De ahí que se hable del carácter fragmentario del arte contemporáneo: el collage es una muestra de ello. En la literatura se han mezclado desde mucho tiempo atrás los géneros naturales.

En la pintura, durante el siglo XVI se publicaron las Conferencias de la Academia Real de Pintura y de Escultura, libro en el que André Félibien propone una clasificación de géneros: naturaleza muerta, pintura de animales, marina, paisaje, retrato y autorretrato, pintura histórica, religiosa y alegórica. Según Wolfgang Raible, una obra que “se atribuye a un género, es un modelo concebido como signo complejo y que adquiere validez a través de la convención y, como todos los signos, está sometido a cambios históricos”.

En la música existe una discrepancia en cuanto al término. Ralph Kikpatrick, Marc Vignal y Lucien Rebatet utilizan la palabra género para designar obras que comparten algunas

peculiaridades. Federico Abad, por su parte, hace una distinción entre composiciones mayores, a las que llama obras, entre las que incluye las óperas y las sinfonías, y piezas, refiriéndose a composiciones ‘sueltas’, es decir, más pequeñas en extensión.

Por otra parte, Ottó Károlyi hace una interesante comparación cuando se refiere a la sinfonía; dice que “ocupa un lugar preeminente en la historia de la música, comparable en la literatura a la novela [ya que] dentro de su alcance instrumental, hay lugar para todo, desde el lirismo más delicado hasta la expresión más grandiosa de una lucha heroica”. Otro excelente ejemplo de la idea de género dentro de la música, es expuesto por el mismo Karolyi cuando habla de la sonata. Explica que “la forma clásica de la sonata consta de tres divisiones básicas: la exposición, el desarrollo y la recapitulación”.

Esto a lo que se refieren Abad y Károlyi, de algún modo, alude a una categorización por equiparación. Es posible abundar, en beneficio de nuestra argumentación, con la exposición que del tiempo hizo Hugo Riemann; las indicaciones de ejecución para obtener tiempos lentos, moderados o más vivos, nos recuerdan claramente las didascalias, las instrucciones para la actuación en el teatro. Todo lo anterior puede ser resumido a lo planteado por Abad. Él advierte que existe un problema de terminología porque no todos los teóricos de la música emplean las mismas palabras para referirse a las mismas cuestiones; y que en cualquier caso, esos desajustes de vocabulario no importan, pues los nombres no son lo fundamental sino la manera en que los conceptos se relacionan entre sí.

Además, debemos recordar cuántas veces hemos usado, en literatura y en otras disciplinas, el término género para referirnos a un tipo específico de obras, como cuando se hace referencia al género de la novela negra o como cuando Menéndez Pelayo dice que Racine fue el transformador del género de la tragedia. Claudia Cecilia Alatorre escribió: “el melodrama y la tragicomedia ganarían cualquier concurso de popularidad pues son los géneros más abundantes y constantes en cualquier época histórica”.

Con una gran confianza podemos entonces hablar de géneros, como conjuntos de obras con características similares, pues Riemann sostiene que: “los nombres de las obras musicales se refieren a la construcción musical, por una parte, a la «forma», y por otra, al carácter”. En otras palabras, las obras también pueden pertenecer a una misma clase, a un mismo tipo, de acuerdo al enfoque, incluso podemos hablar del género quijotesco, como género.