El Nuevo Señor Peligro

Uno de los escenarios más graves que se pronosticó para nuestro país finalmente se cumplió. El presente es una de las épocas más controvertidas para la mexicanidad. Más allá de la condición racista y conflictiva que presenta Donald Trump hacia México, la conciencia social que tiene que surgir desde el triunfo republicano, en las últimas elecciones estadounidenses, es el reconocimiento de la verdadera estrategia pragmática que Norteamérica siempre ha tenido respecto de México y Latinoamérica. Basta leer cualquiera de los capítulos que el historiador James D. Cockcroft ha desarrollado en su trabajo para evidenciar que los Mister Danger: Donald Trump, Theodore Roosevelt, Henry Kissinger, William Walker, etc., han existido siempre. La historia de la relación entre nuestro país y Norteamérica ya es de todos conocida. Los Estados Unidos son una democracia –internamente-; pero, hacia fuera, frente a las otras naciones, constituye una potencia imperialista, arrogante y soberbia como cualquier otra superpotencia. La relación entre Latinoamérica y Estados Unidos continuamente ha sido asimétrica, abusiva, imperialista. Incluso, la biblia de los idiotas latinoamericanos, Las Venas abiertas de América Latina, confirma dicho evangelio (¿Qué pensarán Plinio Apuleyo, Carlos Montaner y Álvaro Vargas Llosa de este escenario?, ¿Escribirán ahora la Guía para el Ingenuo Pendejo Neoliberal?).

No obstante que los principales responsables del actual modelo económico recomiendan inhibir las manifestaciones de nacionalismo, algo que puede hacerse con el efecto Donald Trump es retomar el proceso de construcción del Estado Nación en México. La idea del Estado Fallido, en definitiva, acaba de ser reconocida por el triunfo republicano WASP y algunos teóricos del neoconservadurismo estadounidense-miamicubano: Samuel Huntington, George Friedman, Andrés Oppenheimer. México puede regenerarse y formar un país nuevo a partir del rechazo norteamericano.

¿Por dónde empezar? Mientras el gobierno y la clase política sólo especulan cuánto más pueden despojar a la sociedad mientras llega el fin, la sociedad civil y algunos pensadores damnificados procuran empezar a construir estrategias. El

principio ha sido volver a hacia el origen, descubrir México como si fuera la primera vez –existen México y los mexicanos, decía Manuel Gómez Morín-, y ahí está el México Excepcional que describen César Cansino, Rodolfo Stavenhagen, Guillermo Bonfil Batalla y Samuel Schmidt. El México que tiene un tiempo barroco, es tradicional, sagrado y populista porque quiere una modernidad conservadora, armonizada entre lo urbano y rural. El México que se nos fue, dice Juan Gabriel. ¿Está equivocado? ¿Es su culpa la esquizofrenia social identitaria que vive? ¿Qué, acaso, no son más responsables los que han insistido, hasta la barbarie, en una modernidad salvaje que simplemente no podemos vivir? ¿Vamos a seguir en esta búsqueda del éxito neoliberal que sólo ha dado como resultado una Narcorepública y la consecuente putrefacción de la sociedad?

La Dictadura Progresista de Porfirio Díaz y el Neoliberalismo generaron una demencia social que puso al límite la cohesión del país mediante el dogmatismo de una falsa ciencia liberal y política. Trastornaron todo, el positivismo, liberalismo, la ciencia y, aún, el humanismo de una hispanidad imbécil incapaz de admitir a los indígenas, negros, judíos, mestizos y árabes. Sucede algo muy grave con el dogma neoliberal y politológico en Latinoamérica. César Cansino había pronosticado la muerte de la ciencia política. El trabajo académico que presentó mostraba la falta de honestidad y seriedad interpretativa en muchos enfoques. Tal y como lo había señalado el viejo sabio (Sartori, 2004), la ciencia política es un elefante blanco con pies de barro que se hunde y atina sólo a decir nada. Como muchas otras disciplinas, a la politicología le urge llenarse de sentido, de valor, de filosofía. La falta de pronósticos respecto del fin de la Guerra Fría no fue un error menor; probablemente, la forma en que se consolidó el triunfo de la democracia liberal capitalista, aminoró el peso de la responsabilidad pues el escenario resultó alentador para la humanidad. Sin embargo, los errores respecto de la sucesión norteamericana en 2016, han sido infames. Lo peor de todo es la obcecación que siguen cometiendo politólogos y economistas al defender el ethos neoliberal.

La parafernalia de la mercadotecnia, demoscopia y ciencias de la comunicación, evidenciaron que la ciencia política sirve más al poder que a la verdad. El error no tiene que ver con el método sino con los valores. La situación de la ciencia política

es ahora catastrófica. Casi ninguno de sus análisis puede ser objetivo y considerado prudente. Se ha dejado ver su sesgo, su apego a la teología de la prosperidad e interés que quiso hacer pasar como conocimiento sistematizado creencias. El alineamiento de la ciencia política con el liberalismo democrático, aunque en algunas situaciones más con el neoliberalismo, no fue capaz y honesto en admitir el paso de una derecha fascista que puede provocar el resurgimiento de los nacionalismos y conflictos bélicos para la humanidad. La mayor parte de los politólogos, economistas neoliberales y comentócratas quisieron inhibir el triunfo de Donald Trump y la pesadilla se hizo realidad. La realidad está ahí. Donald Trump ha vencido y el futuro lúgubre que todos tomaban como una broma deviene como gobierno para el 2017. Ello es consecuencia de convertir en dogmas los principios neoliberales, ¿En qué momento la ciencia política se olvidó del método, la historia y filosofía?

Es imposible para Estados Unidos continuar el proceder de la clase política mexicana, de las instituciones y de una parte –cada vez mayor- de la sociedad mexicana. México se tiene que evaluar, corregir, dejar de burlarse de la ley y de la democracia. Con todo y las irrefutables evidencias de corrupción, abuso, mentiras, contuberno y cohecho, los personajes corruptos no son capturados. Se necesita ganar en la credibilidad de las instituciones y la forma en que esto se hace tiene bastantes límites para que se pueda hablar de la consolidación de la democracia mexicana.

El camino de México es fortalecer su soberanía para constituirse como una potencia media y disminuir –ahora sí- su dependencia a los Estados Unidos de América. El proyecto del país tiene que ser nuevo y fomentar la inclusión. Habrá que volver al desarrollismo y estructuralismo. La modernización gradualista es necesariamente la ruta para los países cuya velocidad histórica no ha permitido la generación espontánea de los valores liberales.