¿Quo Vadis?

February 21, 2017

L

a diplomacia comercial de México ha sido muy activa desde 1994. La Secretaría de Economía señala: Actualmente contamos con una red de 12 tratados de libre comercio con 46 países, 32 acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones (Appris) con 33 naciones y nueve acuerdos en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración. Además, México participa activamente en organismos y foros multilaterales y regionales, como la Organización Mundial del Comercio, el Mecanismo de Cooperación Económica Asia-Pacífico, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos y la Aladi.

La misma secretaría concluye que México se posiciona como puerta de acceso a un mercado potencial de más de mil millones de consumidores y 60 por ciento del PIB mundial.

Con esa extensa plataforma para el comercio y con aquel portón abierto al mercado global es llamativo que cuatro quintas partes del intercambio de productos y servicios esté concentrado con Estados Unidos.

Eso no es extraño y tampoco es necesariamente negativo. Desde la firma del TLCAN, en 1994, el intercambio con ese país mantuvo esencialmente la misma proporción, pero cambió significativamente la composición, pues se concentró en las manufacturas.

Se crearon redes de producción y comercio asociadas con los requerimientos de la competitividad a escala global. México se asentó como proveedor de algunas de las cadenas de valor en el mundo. Este proceso tiene sus rasgos particulares y ha provocado condiciones muy diferenciadas al interior del país: en la estructura de los sectores productivos, las pautas del desarrollo regional, la conformación del mercado laboral, el sistema de financiamiento y demás.

Estados Unidos exporta a México mercancías por alrededor de 235 mil millones de dólares (mmdd) e importa alrededor de 295 mmdd. Tres son lo principales rubros de ese intercambio: vehículos, 22 mmdd contra 74 mmdd; maquinaria eléctrica, 41 mmdd contra 63 mmdd, y maquinaria, 42 mmdd contra 49 mmdd.

Los datos del comercio exterior de Estados Unidos indican que el déficit con México ha ido cayendo como porcentaje del PIB y del comercio total. Este déficit se redujo de un punto máximo de 1.2 por ciento del producto a menos de 0.2 por ciento.

Así que el TLCAN no tiene un efecto notorio en el tamaño del déficit estadunidense. El déficit comercial está definido principalmente por el saldo favorable a China, alrededor de 360 mmdd, a Alemania 75 mmdd y Japón 70 mmdd.

Pero la discusión sobre las relaciones de comercio han tomado una dirección que se aleja de este tipo de datos y, sobre todo, del sentido económico que tienen las corrientes comerciales para ambos países. En este asunto entra el complejo entramado del flujo de comercio y las inversiones alrededor del mundo y la base que representa México en las transacciones de otras naciones con Estados Unidos.

Esta circunstancia afecta ahora, ciertamente, más a México por la postura adopta por el nuevo gobierno de aquel país. En caso de que la revisión del funcionamiento del TLCAN reduzca el superávit que ahora mantiene el país, el ajuste interno requerido será más grande. La cuestión que podría ser complicada a corto plazo, pero mucho más manejable en el mediano. Claro que nadie sabe cuál es el mediano plazo, pues depende del tipo de medidas que se tomen para impulsar el crecimiento de la producción y cuándo se vuelvan productivas. Pero un cambio en el modelo general de gestión de la economía mexicana no debería postergarse más.

Hace un par de días el economista Joseph Stiglitz afirmaba en Colombia que América Latina tiene una oportunidad de oro para consolidar la integración regional y las reglas de un tratado de libre comercio sin Estados Unidos. Dicho así, en términos generales, es una apreciación facilona. La integración económica en la región desde el siglo XX ha estado llena de estudios, análisis y consultorías hechos por innumerables organismos; consta de discursos y declaraciones política, pero, en efecto, ha sido en general parcial y poco efectiva. La enorme constructora brasileña Odebrecht sí que lo ha sido en la integración regional de esa empresa.

El canciller Videgaray viaja a Wa-shington y Alemania en su intento de establecer nuevas relaciones de negocios. Eso indica por dónde va la diplomacia comercial, pero no quiere decir que la estructura de los acuerdos establecidos en los últimos 25 años se vaya a destrabar y menos aún que eso ocurra pronto. Es incierta la manera en que se ordenarán las relaciones de comercio y el flujo de los capitales entre Estados Unidos y el resto del mundo.

Un replanteamiento de los procesos de producción, generación de la riqueza y distribución del ingreso en México habría de estar ya explícitamente en el trabajo del gobierno, los legisladores, los jueces y los muy diversos agentes privados y sociales que participan.

Es claro que muchos partes están activamente tomado posiciones para tener ventaja en los ajustes que pueden preverse. Es claro también que en muchas áreas los modos de pensamiento y las formas de actuar están muy asentados y no serán conducentes a las modificaciones que hoy se requieren.

Esta coyuntura puede ser muy favorable para deshacerse de los lastres políticos e institucionales, de la corrupción y de las cansinas formas de hacer las cosas.

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