El día del reto

Aunque no se había detenido, la violencia que vive Veracruz (un secuestrado aquí, un ejecutado allá, una desaparecida en un lado, un cuerpo en otro lado) se había vuelto cosa de todos los días y de todas partes. Era constante pero no espectacular.

Como muchos han descubierto, la violencia no se puede resolver con juegos de palabras ni declaraciones. Pero el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong anunció el martes que el gobierno federal respaldará con la Gendarmería al gobierno del estado.

Según Osorio Chong, las autoridades van a hacer frente a las organizaciones criminales, sobre todo las que operan en el centro del estado, para que las cosas cambien lo más pronto posible. Nada cambió.

La respuesta fue pronta y el mensaje fue claro: una amenaza y un reto. La misma noche del martes aparecieron once cuerpos en un fraccionamiento de Boca del Río, cuyo alcalde es Miguel Ángel Yunes Márquez, hijo del gobernador.

Fue una declaración de guerra que recuerda un martes de septiembre de hace seis años también en Boca del Río. En el atardecer jarocho, cuando la luz es más suave, aparecieron treinta y cinco cuerpos no muy lejos de donde se reunían los procuradores de los todos los estados. Pasaron muchas cosas, pero no pasó nada. Si percepción es realidad, estamos como entonces.

Tal vez la estrategia no funciona. Como señalaba el columnista Álvaro Belín hace un año, minutos más o menos, "el modelo de combate a la delincuencia se basa más en el amontonamiento de efectivos policiacos que en el uso del trabajo de inteligencia". Echar montón no ayuda. Avisar lo que se piensa hacer sirve a los otros.

Pero el mensaje de los otros no solamente se dirige al gobierno (y específicamente al gobernador, que aseguró que su experiencia en seguridad le permitiría cambiar la situación en Veracruz en seis meses). También es una amenaza para el resto de los veracruzanos. Y nadie sabe qué hacer. Ni los que dicen que saben.

Quién podrá salvarnos.

Otras cosas también mueren

Creo que íbamos a Misantla por el sinuoso camino de la sierra, y se nos ocurrió encender el radio. Empezaba un programa que hablaría sobre la importancia de las lenguas indígenas y el peligro de que se perdieran por falta de hablantes.

Veinte minutos después, habíamos oído las opiniones de sociólogos y antropólogos y lamentos académicos sin fin, pero nadie había pronunciado una palabra en ninguna de las lenguas que estaban a punto de morir, y quienes hicieron el programa no se molestaron en entrevistar a ninguno de los pocos que todavía hablan con las palabras que usaron los de antes, cuando menos para que uno supiera cómo se oye.

Veníamos de trabajar en un ambiente en el que no era raro oír quince o veinte lenguajes a la hora de la comida o en el bar, y sabíamos que nuestro trabajo se transmitía – en ese tiempo – en cuarenta y tantos idiomas a todo el mundo y a nosotros nos tocaba escuchar ese barullo babélico con más asombro que sed o que hambre.

Y este martes de lluvia uno se entera de que el náhuatl está en peligro de extinción. El presidente del Consejo Supremo Indígena de la Sierra de Zongolica, Roque Quiahua Macuixtle, advirtió que ya nadie hablará la lengua madre en unos veinte años – o treinta si nos va bien –, porque nadie se preocupa por preservar el idioma. No será la primera lengua que desaparece ni será la última.

La lengua misanteca – por ejemplo – murió primero en mil novecientos ochenta y cuatro con don Alejo Borjas, quien nació, creció y se hizo hombre oyendo la lengua de sus antepasados "intrigado amorosamente por su irrepetible idioma".

La misanteca volvió a morir hace siete años con Carlo Antonio Castro, quien aprendió de don Alejo y pronunció expresiones y palabras ahora perdidas para siempre. Parece que quedan algunas personas que saben cosas sueltas, pero ninguna de ellas creció oyendo y hablando como don Alejo.

Lo que nos queda es el consuelo de que el misanteco, como el náhuatl, morirá para siempre cuando ya nadie sepa cómo se decía esperanza, tranquilidad, confianza, paz, amor. Sobre todo amor.