Metamorfosis

April 12, 2017

León Bendesky

No son patentes las condiciones que provocaron la reciente intervención militar estadunidense en Siria. Todo lo contrario.

Tendría que haber un límite en una consideración –moral, práctica, política– sobre la guerra, cualquier guerra. No son iguales los criterios que se imponen en cada individuo, que aquellos que rigen las consideraciones de una acción política que provoca la muerte de gente inocente y luego al bombardeo de una base aérea en Siria; tampoco en el momento en que ésta ocurre.

Demasiadas cosas han pasado en esa región del mundo en años recientes. El Irak de Saddam Hussein es caso en cuestión y, ciertamente, relevante.

Dijo el presidente Donald Trump que con el ataque que habría perpetrado Al Assad con gas sarín en el norte de Siria significaba que se había cruzado una línea que exigía una respuesta decisiva. ¿Cómo fue tal ataque? ¿Por qué las bombas en respuesta? ¿Por qué ahora?

Prácticamente de inmediato, 59 misiles Tomahawk, disparados desde un acorazado en el Mediterráneo, cayeron sobre una base aérea vacía, dañaron los edificios, pues los aviones ya no estaban ahí, ni el gas. Tampoco estaban los soldados, los sirios ni los rusos que ocupan las instalaciones militares.

Eso lo advirtieron los medios (por ejemplo Robert Fisk en este diario y The Atlantic, entre otros, cada vez más). Se notificó a los rusos con tiempo de que caerían esas bombas.

Por otro lado, se afirma que esa decisiva acción constituye un aviso para Al Assad y también para los gobiernos de Irán y Corea del Norte. Aviso de qué, habría que preguntar. Putin se muestra agraviado, se dice que defenderá sus intereses internos, que incluyen aquellos de los estados clientes que tiene. No es el único que los mantiene.

Los republicanos y demócratas en el Congreso estadunidense avalan a su presidente. Los militares cumplieron su cometido; los misiles tienen un alcance y precisión muy grandes.

Hay voces disidentes. Cuestionan el cambio de actitud del gobierno respecto del radical aislacionismo que ofreció Donald Trump en la campaña: America first, repitió sin cesar.

Cuestionan también la vuelta a una postura más convencional del establishment militar y el de la política exterior. Hace poco Hillary Clinton decía que había que bombardear las bases aéreas.

Se preguntan, además, qué es lo que sigue a estas bombas, si existe algún plan, alguna idea que guíe al gobierno a mediano plazo. Esto se pone en duda. Será complicado expresarlo en tuits de sábado en la madrugada.

Apenas unos días antes, el flamante pero marginal secretario de Estado, Rex Tillerson, antes jefe de la petrolera ExxonMobile, sostenía que era asunto de los sirios decidir lo que pasaría con Al Assad: ¡la autodeterminación ante todo! ¡Cómo no! Ahora cambia 180 grados el discurso y es más beligerante: debe irse. Las cosas pasan sospechosamente rápido y de manera conveniente.

Y todo esto ocurre en medio de las investigaciones que los servicios de seguridad y el Congreso conducen en torno a las aún supuestas relaciones entre la campaña electoral y luego el equipo de transición del ahora presidente Trump con los rusos.

Este caso iba creciendo. El representante republicano Nunes, que preside el Comité de Inteligencia de la cámara baja, ha tenido que deslindarse del asunto, como hizo antes Sessions, el procurador general. Había que sacudirse de algún modo de esta situación, cada vez más incómoda y delicada. El ataque a la base aérea es una buena oportunidad. Así lo habría propuesto alguna trama fina de Le Carré.

¿Meras coincidencias? Es posible, pero también bastante improbable. Los planteamientos que esto suscita van de la casualidad –literalmente, combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar– a la conspiración –dicho de dos o más cosas que concurren a un mismo fin.

En el reino de la posverdad, como se llama ahora a la siempre existente manipulación política y mediática, hay mucha tela de dónde cortar. Ya no existe la ingenuidad, salvo a riesgo de cada uno y de la sociedad en su conjunto.

Ahora la popularidad interna de Trump sube; también crece fuera de su país. Lo avalan la OTAN y los gobiernos europeos. Muchos de sus seguidores, que votaron por él, y aun sus detractores políticos lo apoyan.

Se exhibe como un político decisivo y, sobre todo, de pronto contrapuesto política y militarmente a Putin. Antes, apenas unos días, aquél era un personaje ampliamente alabado y afirmaba Trump abiertamente que era mejor tener buenas relaciones con Rusia. Pero el director de la FBI desveló que seguía una investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones de noviembre.

La línea roja cruzada por Assad habría cambiado radicalmente las cosas. Como si fuera la primera vez que éste cruzara alguna línea de cualquier color. No se olvide, entre otras, la destrucción y masacre de Alepo. Como si el gobierno ruso hubiera, en un giro imprevisto, cambiado de piel.

Tras el bombardeo de la base aérea en Siria, la semana pasada, el precio de las acciones de Raytheon, fabricante de los misiles Tomahawk, subieron en la bolsa neoyorquina. También las de las empresas del sector de la defensa: Boeing, Lockheed Martin y Northorp Grumman. Este es un efecto colateral de la acción militar. Esto sí que no es una coincidencia.

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