¿Hay vida ética en el planeta PP?

No se trata ya de alarma social. Estamos en una situación en la que debemos hablar de espanto social, de consternación de una parte muy sustancial de la ciudadanía. Hablo, claro está, de la corrupción elevada a la categoría de práctica de una organización criminal concreta e identificada, extendida a estas alturas como una inmensa y repugnante mancha de aceite hediondo. Hablo, además, de una contaminación evidente por explícita de altas instituciones del Estado con esa organización criminal, cosa que genera una situación de descrédito y de desconfianza del ciudadano hacia instancias que debieran estar al margen de cualquier sospecha de connivencia con el crimen organizado.

Las noticias de la última semana han resultado asfixiantes para aquellos que están atentos a los medios de comunicación. A algunos medios, desde luego, que también los hay que están instalados en el sector de las empresas de publicidad, siempre al servicio de quien les pague, o a las órdenes de los amigos políticos.

La llamada a comparecer como testigo en un macro caso de corrupción al presidente Rajoy, el encarcelamiento sin fianza del ex presidente de la Comunidad de Madrid y la prisión con fianza de un importante empresario, amigo íntimo de la Casa Real, son hechos que no pueden considerarse ni menores ni normales. No han sido éstas las únicas noticias en materia de sobornos, cohechos y demás. Igual o más graves han sido las revelaciones del papel jugado en la investigación en la llamada Operación Lezo por el Fiscal Anticorrupción y por el mismísimo Fiscal General del Estado. Ambos pretendieron impedir sin éxito la actuación de la fiscalía en la investigación de las [presuntas] actividades criminales de Ignacio González desde la empresa pública Canal de Isabel II que presidía. Los dos máximos responsables de la lucha judicial contra la corrupción, nombrados por el Partido Popular, parecen compartir algo más que agradecimiento e ideología conservadora con sus mentores. Por si eso fuera poco, preguntado sobre la actuación de la cúpula fiscal, el cada vez más afamado Ministro de Justicia ha declarado -petulante como siempre- que "lo que no hay que hacer es especular" en torno a las denuncias de parcialidad de los dos altos cargos.

A pesar de que la prensa informa que en el Partido Popular son muchos los dirigentes que se encuentran en estado de shock, es evidente que el argumentario que se usa y abusa tanto desde el mismo Gobierno, como desde el grupo parlamentario y desde Génova 13, es el clásico de sostenella y no enmendalla. En resumen: todos son actuaciones individuales de esos-señores-por-los-que-usted-me-pregunta, que nada tienen que ver con el Partido. Se añaden, además, insinuaciones más o menos veladas de parcialidad y animadversión de determinados jueces en el contexto de una supuesta confabulación perversa y bastarda contra el PP.

Demasiado hedor, demasiada obscenidad, que provoca náuseas cuando no el vómito a los ciudadanos que dan señales de agotamiento ante el alud de porquería que han de digerir a diario desde hace demasiado tiempo.

Lo malo es que queda mucha podredumbre que descubrir todavía, pero lo peor es que el PP, el partido como organización política, no tiene la menor intención de cambiar ni su lógica, ni su dinámica. Habrá que ver si los otros partidos fundamentales, el PSOE, Podemos y Ciudadanos son capaces de cooperar para obligar a Don Tancredo Rajoy y sus aguerridos conmilitones a limpiar y desinfectar la sentina de Génova 13. La sentina y, además, buena parte del puente de mando, por seguir con aires marineros.

¿Saldrá el PSOE de su vergonzante complicidad con el establishment o se acabará rompiendo de una vez por todas en pedazos, divorciado de forma irreconciliable con sus electores? ¿Será capaz Podemos de abandonar su predilección por la acusación y la denuncia en tonos siempre agrios, independientemente de su efectividad? ¿Querrá Ciudadanos jugar el papel regenerador que fundamenta su marketing partidario, o seguirá siendo la indisimulada muleta del PP? ¿Saldrá el PNV de su tacticismo de rentabilidad particular? Ojalá así sea, pero no es fácil ser optimista.

Pese a todo, desde el convencimiento de que el PP de Rajoy es refractario a cualquier cambio si no se siente claramente amenazado con la pérdida de parcelas de poder, lo único realmente definitivo para ellos será que crezca el rechazo a la connivencia con los corruptos entre su masa electoral. Una cosa bien difícil en la medida que el PP es una especie de planeta con atmósfera propia, en el que habitan dirigentes, militantes y electores, impermeables a influencias exteriores.

Es verdad que los escándalos de corrupción le costaron millones de votos y la pérdida de la mayoría absoluta, pero no ha sido suficiente. Podría entenderse el numantinismo de los militantes, pero ¿cómo es que los votantes del PP resisten la náusea ante el chapoteo en la porquería de la dirigencia de su partido? ¿Cómo soportan el asco y la repugnancia de haber votado por los ladrones que se llevan los recursos públicos con descaro y sin tregua? ¿Cómo es que no se sienten impotentes, incapaces de poner freno a tanto desmán, y siguen votando por los cleptómanos?

Un partido conservador, de derechas, es necesario en cualquier sistema democrático. Si no existiera, habría que organizarlo. Por eso es imprescindible que el Partido Popular sea una organización presente y efectiva en el escenario político. Pero no puede ser ni este PP ni con esa dirección. Está carcomido por el envilecimiento y la deshonestidad de buena parte de sus cuadros directivos, hasta el punto que su organigrama exigiría una rehabilitación estructural. Pero ¿qué pasa con sus votantes? ¿Cómo inducirlos a reconsiderar su fidelidad a unas siglas que están infectadas de una plaga de mafiosos corruptos?

¿Qué pasa en el planeta PP, hay signos de vida ética?