La izquierda como tierra natal y la miopía severa como problema.

Hace unas semanas el historiador francés André Burguière ha publicado un libro que ha levantado debate en su país, y que debería provocarlo también aquí. El título ya es bastante alentador: Va a desaparecer la izquierda?

Aunque muchos, políticamente huérfanos de partido al que adscribirnos, podríamos dudar a la hora de responder a la pregunta, Burguière afirma convencido que la izquierda política no desaparecerá porque si bien la noble pasión por la igualdad pasa por horas bajas, somos millones las personas que seguimos defendiendo insobornables los principios de libertad, igualdad y solidaridad.

Esta gente a la que hace referencia el profesor somos los que vemos la izquierda como nuestra tierra natal, como nuestra tierra de nacimiento, como parte constitutiva de nuestra identidad. Aun así, añade, cuando esa izquierda nos ofrece opciones electorales poco o nada emocionantes, cuando las disputas internas y las mezquindades humanas que la sacuden nos provocan rabia y melancolía, incluso entonces, nos resulta imposible abandonar la tierra natal, porque esa realidad nos ha conformado una determinada visión del mundo que hemos ido construyendo desde la juventud. Burguière concluye que preguntándose por lo que da sentido a la izquierda es que puede entender lo que da sentido a su vida.

Podemos concluir desde esta posición que sentirse ubicado en la izquierda es una opción vital, una posición ideológica racionalizada y vivida, un posicionamiento ante la vida pública y la privada, y también es una ilusión de pertenencia, un ancla que nos mantiene firmes y ligados a la memoria de los nuestros, de aquellos que desde siempre han comulgado -de una u otra forma- con los principios que hace camino de dos siglos y medio estableció la Revolución Francesa.

En una entrevista de prensa reciente, el diario Liberation, Burguière afirmaba que, en la actualidad, "La izquierda se pasea como un sonámbulo", y esto porque cuando abandona su verdadero voluntad de transformación, cuando acepta el mundo tal y como es, pierde la conexión con sus orígenes , pierde su identidad y, en consecuencia, deja de lado su papel como herramienta de lucha por el noble ideal de la igualdad.

Ahora decimos, no sin razón que son tiempos difíciles para la izquierda. ¿Cuándo no lo han sido? Si hablamos desde nuestra realidad, ¿es que era fácil luchar por el noble ideal de la igualdad bajo la dictadura de un general traidor y cruel? ¿Es que fue fácil durante los años de lucha por la recuperación de un sistema democrático de convivencia? ¿Va a serlo ahora, cuando la idea de que el mercado es la medida de todas las cosas se ha injertado en nuestra vida? ¿Ahora cuando una buena parte de la ciudadanía acepta la austeridad como dogma de fe, cuando -además- los apóstoles que la anuncian como la buena nueva -y la imponen- chapotean en una inmensa balsa de corrupción?

Quizás el problema es que la izquierda, tan heterogénea y plural, sufre una severa miopía. Cada organización partidaria actúa de forma autista, sin tener capacidad ni interés para conciliar con las otras fuerzas con las que tiene, al menos, un parentesco de familia para avanzar en un sentido favorecedor de aquel viejo sueño de la igualdad que ha sido la razón y el motor de su existencia.

La izquierda no va a desaparecer, pero sí que puede sufrir un largo y crudo invierno como consecuencia de esa miopía que le impide ver más allá de la punta de la nariz de cada partido. No desaparecerá, pero puede convertirse en irrelevante, en insolvente, en incapaz no ya de vencer sino ni siquiera de moderar la voracidad, la codicia y la falta absoluta de sensibilidad social de aquellos que armados con la doctrina neoconservadora mandan hoy por hoy en el mundo.

La socialdemocracia europea -y también la española- deberían jugar el papel central en ese combate por la igualdad, pero lamentablemente está viviendo sus horas más bajas. El oportunista y desleal Manuel Valls, hasta hace unos días primer ministro de Francia, el gobierno socialista presidido por Francois Hollande, dijo que abandona el partido porque el PSF está muerto. Más allá de lo que ocurre en la Galia, y de las penurias por las que atraviesan el laboristas británicos y los socialistas holandeses -por no hablar de los griegos o los austríacos-; más allá de que la Internacional Socialista parece haber marchado de vacaciones indefinidas, la pregunta es... ¿sabemos algo de los alemanes? ¿Qué se ha hecho del SPD, arrastrado, al parecer, por el liderazgo de la señora Merkel y por la emergencia de la extrema derecha de Alternativa por Alemania?

Mientras todo esto ocurre, el PSOE aborda su última semana antes del congreso, una cita que quizás, verdaderamente, sea la que extienda el certificado definitivo de defunción del partido, muerto a manos de su cúpula directiva. Una especie de suicidio por etapas, que parece será la crónica de una muerte anunciada. Si gana la lideresa andaluza, el partido se convertirá en el Partido Socialista de la España del Sur. Si acaso la victoria correspondiera a Pedro Sánchez, lo que no es imposible, los disturbios que condujeron a la defenestración de Sánchez en el Comité Federal de octubre serían una broma con los que iban a generarse.

Y Mientras tanto, otra de las fuerzas de izquierda, Unidos Podemos, insiste con su moción de censura contra Rajoy pero sin haber hablado antes con nadie, lo que los condena al testimonialismo más irrelevante. Otras izquierdas de ámbito regional, más o menos fuertes en sus territorios, no tienen capacidad para incidir en el escenario general hispánico. Mientras tanto, el PP de Rajoy no hace más que echar fuera los balones judiciales de la corrupción sistémica que le afecta, pero se frota las manos al ver con qué tropa opositora lo han agraciado los dioses.

¿Es o no es una miopía severa la que sufren aquellos que deberían estar trabajando de forma colaborativa por el noble ideal de la igualdad? ¿Estamos o no estamos huérfanos muchos de los que tenemos la izquierda como nuestra tierra natal?