Economía revuelta

La política monetaria no es una cuestión de magia, aunque el lenguaje utilizado para su exposición suele ser obtuso. Entonces, parece incomprensible excepto para los especialistas.

Este es un asunto de interés general, ya que repercute en las condiciones de los consumidores, los inversionistas productivos y financieros y los ahorradores.

La mayor parte de la población puede destinar muy pocos recursos al ahorro, lo que incide negativamente en el bienestar de las familias. El nivel de los ingresos de las familias es bajo y, además, ahora está castigado por la inflación.

El análisis del banco central caracteriza la situación actual de la economía y, por tanto, de su responsabilidad de la manera siguiente: La política monetaria de México enfrenta un escenario de implicaciones contrapuestas.

En resumidas cuentas esto quiere decir que hay fuerzas que inciden de manera antagónica en la dinámica de la actividad económica y que provocan que la determinación de las tasas de interés, que es responsabilidad directa del banco central y las distintas medidas para abatir las presiones inflacionarias, no confluyan necesariamente en ese que es su objetivo principal.

Ese propósito, por cierto, está consignado en el artículo 28 de la Constitución. A la letra, dice: El Estado tendrá un banco central que será autónomo... Su objetivo prioritario será procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional, fortaleciendo con ello la rectoría del desarrollo nacional que corresponde al Estado.

En el entorno de implicaciones contrapuestas ese control del nivel de crecimiento de los precios no se cumple. En lo que va del año, el índice de precios al consumidor ha crecido 2.77 por ciento y en términos anuales, desde la primera quincena de mayo de 2016, ha aumentado 6.17.

Si se mira desde el lado de los productores, lo precios subieron 2.10 por ciento desde diciembre hasta abril y 9.88 desde abril de 2016. Esto quiere decir que hay una presión de costos que repercute en el precio de los bienes finales.

El fenómeno tiene que ver también con el tipo de cambio. A principios de noviembre de 2015 el dólar se vendía en 18.65 pesos en ventanilla, a mediados de enero de 2017 costaba 21.93 y ahora está sobre 18.80.

Este regreso del valor del peso ante el dólar no significa que hay un ajuste de tipo automático de las condiciones asociadas con los costos afectados por el tipo de cambio. A lo que me refiero es a que existe lo que podríamos llamar un transcurso de la paridad y de su efecto sobre la inflación.

Los cambios de la paridad peso-dólar influyen en los costos y en las decisiones de producción, afecta los inventarios de las empresas y un regreso a las condiciones previas entraña una serie de desajustes –o fricciones– que tiene que compensarse, o sea, que cuestan. El paso del tiempo es relevante en las actividades económicas y en el conjunto de las transacciones.

Lo mismo pasa en el caso de los consumidores y en las decisiones para asignar sus recursos. La inflación reduce los salarios reales, es decir, el poder de compra de los ingresos derivados del trabajo.

Ahora se habla de la necesidad de subir los salarios mínimos, condición necesaria para resarcir en alguna medida su valor, pero ello puede, a su vez, generar más inflación, al trasladarse a los precios.

El banco central ha elevado las tasas de interés en respuesta a las condiciones externas e internas, lo que recientemente ha ocurrido a un ritmo cada vez más rápido. A principios de junio de 2014 la tasa objetivo fijada por la autoridad monetaria era de 3 por ciento. Así se mantuvo hasta diciembre de 2015, cuando pasó a 3.25 por ciento. Desde febrero y hasta diciembre de 2016 pasó de 3.75 a 5.75 por ciento. Desde entonces ha subido ya tres veces, hasta fijarse el 18 de mayo pasado en 6.75.

Este es un precio clave en la economía, al igual que el tipo de cambio. Además, están relacionados. La tasa de interés de referencia repercute en las tasas de la deuda pública elevando el costo de su financiamiento.

También impacta a las tasas de interés bancarias: préstamos a empresas y a consumidores. Estas alzas encarecen la producción y el consumo, y tienden a reducir la demanda agregada. Además, presionan al alza el nivel y el costo de la deuda privada. Cuando sube la tasa de interés se demandan menos dólares y se aprecia el peso, y esto tiene que ver con la entrada y salida de capitales.

Así que la descripción de que el escenario económico muestra implicaciones contrapuestas es evidente. El problema reside en determinar en qué medida las variaciones del tipo de cambio, intereses y los salarios reales responden a fenómenos de índole estructural, y cuánto tienen que ver con los factores externos (aumentos a las tasas en Estados Unidos, demanda de exportaciones) y las condiciones de incertidumbre prevalecientes.

Ahí entra el otro debate en curso, respecto de la capacidad de crecimiento del producto, sobre lo cual los datos y las expectativas siguen generando posiciones encontradas. En este escenario seguirán la volatilidad monetaria y financiera.