CDMX: el arte de gobernar

Por la ventana de mi oficina veo unos ocho trabajadores afanados en la obra pública que se realiza por toda la colonia. La escena parece sacada de algún texto de Tolstoi.

Más de cinco meses llevan abiertas las calles de la colonia Condesa, delegación Cuauhtémoc, parte céntrica de la Ciudad de México.

Destrozada, literalmente, por obras de mantenimiento de la infraestructura hidráulica, pavimentación de calles y remozado de banquetas. Largos meses de completo desorden en la conducción de dichos trabajos y malestar creciente y plenamente justificado de los vecinos.

Esos hombres trabajan todo el día en las condiciones más grandes de desprotección física. Rompen la calle, abren zanjas, desarman el drenaje, extraen tierra que hiede a excrementos, cambian tubos, parchan canales y tapan. Un tractor auxilia con la perforación y los movimientos más grandes. El resto de la obra se hace a mano.

Ninguno porta caso de protección. No calzan botas ni visten ropa de trabajo. No llevan mascarillas para filtrar la heces que los rodean. Ante el ruido de la perforadora y las aplanadoras manuales, nada protege sus oídos. Tampoco llevan anteojos. Uno de esos hombres se había batido en el muladar y limpiaba sus piernas con el agua de una cubeta sacada quién sabe de dónde.

¿Por qué alguien habría de preocuparse por esas cosas? Finalmente, esa es la costumbre en el sector de la construcción pública o privada.

También están los habitantes del barrio, expuestos a esta obra que parece inacabable. Se abre una calle y el trabajo no concluye. Durante días apenas se ven algunos trabajadores. Se abre la siguiente calle, y así sucesivamente, sin terminar una sola cuadra.

La zanjas abiertas no tienen protección. Las banquetas están destrozadas, no se puede caminar por ellas. Se acumulan escombros, tierra y suciedad, calle tras calle. La tierra mezclada con inmundicias se deja a la intemperie durante días enteros.

El remozado de las banquetas ha sido un proceso caótico, no sólo por la inconsecuencia de las obras. En algunos casos se ha cambiado un lado de la calle, pero no el otro. Están parchadas por todas partes. Algunas se han destruido y vuelto a hacer.

No existe cuidado alguno ni respeto por los ciudadanos que pagan el impuesto predial cada año.

La gente que habita esta colonia ha estado expuesta a accidentes, enfermedades, ruido y molestias durante todos estos meses. Aún no se le ve término.

Estas obras deben ser necesarias. La infraestructura de esta parte de la ciudad es vieja y ha de estar en malas condiciones, pero la renovación urbana requiere, definitivamente, otra forma de gobernar.

La célebre y costosa calle de Ámsterdam es un dechado de innovación urbana, que se extiende por todo el barrio. Las esquinas se redondearon, reduciéndose el espacio de circulación de los automóviles, lo que acrecienta el tráfico, sin que ayude a los peatones en su limitada capacidad de tránsito.

De los elementos de la estética urbana es mejor ni hablar. Todo el plan muestra carencia total de gusto arquitectónico. Esas esquinas redondeadas se han marcado con la colocación de multitud de postes de corta altura, que no sirven para nada y son horrendos. Muchos ya están sueltos o doblados al poco tiempo de haber sido colocados.

No parece que exista algún grupo que asesore en esta materia a los responsables de las obras. ¿O será que alguien invirtió en la producción de postes inútiles y feos y hay que ponerlos por todas partes so pena de que se desperdicien?

Y esto no es más que la continuación de un gobierno delegacional muy cuestionable. Desde ahí mismo se fomenta el desorden del uso del suelo y se permite sin recato alguno el establecimiento de actividades mercantiles en áreas residenciales. Esto no es nuevo, pero no se hace nada por resolverlo.

Del mismo modo se violentan las normas de construcción vigentes y también se sacrifica el cumplimiento de los espacios exigidos por la densidad urbana. La calidad de vida de los habitantes se degrada sin pausa. Las nuevas construcciones masivas en la calle de Juan de la Barrera son sólo una muestra de un fenómeno generalizado.

Nada parece poder conservarse en esta ciudad. No existe ningún cuidado con la armonía de la arquitectura y el cumplimiento de las reglas establecidas. La Condesa y su vecina Roma son presas de una desmedida especulación inmobiliaria, que está expulsando a sus moradores. En este caso Ítalo Calvino es una buena referencia.

Todo esto se denuncia constantemente. Los vecinos, impotentes, colocan mantas en sus casas exigiendo al delegado que cumpla las normas. Las dejan ahí hasta que se aburren. Pero de él jamás se ha tenido ni una pálida presencia.

Trabajadores desprotegidos, obras mal hechas y, además, feas. Ciudadanos inermes ante las autoridades centrales y locales. Este es el saldo que se deja en la preciada Condesa, que hasta aparece en las guías para los turistas que se internan en la ciudad.

Gobernar es una actividad profesional: política y técnica. Los ciudadanos no somos peones de un tablero de ajedrez. El gobierno en su expresión cotidiana es tan relevante o aún más que una flamante Constitución para la nueva CDMX.

Tomado de La Jornada