Joan Coscubiela como Gary Cooper, solo ante el peligro.

September 13, 2017

Muy mal está la situación de Cataluña. Es evidente que la polarización y la crispación son crecientes. Los diarios catalanes hablaban de la borrascosa sesión en la que fue aprobada la Ley del Referéndum. El editorial de La Vanguardia, bajo el título Crisis de Estado, afirmaba "Tensa, confusa y convulsa, la sesión parlamentaria fue un reflejo claro de la división política y social que suscita la aventura que han decidido emprender los independentistas"; El Periódico de Cataluña, a su vez, con el título La consumación de un fracaso, afirmaba: "La consulta está supuestamente amparada por una ley aprobada después de violentar las normas del Parlament en un proceso carente de elementales garantías democráticas y en el que se excluyó a la mitad del hemiciclo "; el diario digital Ara.Cat, aunque desde otra óptica, apuntaba: "La de ayer fue una sesión triste por los reproches de falta de garantías de la oposición y el posicionamiento del Consejo de Garantías Estatutarias, que dejó claro unánimemente el derecho de los diputados a pedirle dictámenes antes de la votación aunque su opinión no sea vinculante. La ficción política que aseguraba que se podía convocar a los catalanes a votar sin forzar los procedimientos se ha acabado, y nadie, a estas alturas, se puede sorprender ".

 

El Ara, claro, explicaba que no se podía haber hecho otra cosa: "La forma no ha sido la deseada por nadie, como reconocieron desde JxSí. Pero ¿cuál era la alternativa? Desde la sentencia del TC no hay propuesta para Cataluña más allá de la disolución dentro de la uniformidad y la unicidad de España". El Periódico pronosticaba: "Las consecuencias son imprevisibles, ya que es desconocida la situación en que la irresponsabilidad, el frentismo, el radicalismo y el inmovilismo de unos y otros han llevado a Cataluña". Mientras tanto, La Vanguardia sentenciaba en su editorial: "Los acontecimientos de ayer dañan la institucionalidad catalana, dejan a la intemperie a la mitad de la sociedad, debilitan la causa de Cataluña en los debates públicos, empañan la imagen del país en Europa y debilitan el mismo independentismo. Este no es el camino".

 

Es difícil no coincidir con la afirmación final: este no es el camino, no puede ser el camino. Podemos discutir cuál debe ser la senda, pero resulta evidente que no es aquella por la que se avanza ahora.

 

Una de las intervenciones más notables de todo el debate en el Parlament de Cataluña, sino la que más, fue la de Joan Coscubiela, portavoz de la coalición Cataluña Sí Que Es Pot (CSQEP), quien dijo que se habían vivido en aquel Parlament 48 horas negras en las que la mayoría no había conseguido más que aprobar una ley que sitúa a Cataluña en el terreno de la política ficción.

 

A Coscubiela le han llovido críticas, descalificaciones, desprecios e insultos a mansalva. Todos los que se sintieron desnudos por sus críticas al procedimiento parlamentario y por las preguntas sin respuesta al desarrollo de la Ley del Referéndum han cargado contra el diputado, olvidando no sólo que él mismo se definió como soberanista, sino haciendo caso omiso de su currículum antifranquista y catalanista acreditado por más de cuatro décadas.

 

No son pocos los que se han sentido representados por Joan Coscubiela, quien al terminar su segunda intervención recibió los aplausos de los diputados de la oposición puestos de pie. Es extraordinaria la situación política actual en Cataluña: los independentistas hacen sangre al diputado de CSQEP porque le aplaudieron los del PP. De las palmas de Ciudadanos y del PSOE no hace falta que hablemos, pero que la cosa relevante sea que García Albiol y los suyos aplaudieran a Coscubiela es ciertamente algo notable. Este les había dicho poco y bueno, había hablado de la bunquerización del PP, de la utilización de las cloacas del Estado, de apostar únicamente por la represión renunciando a la política, de ser el partido de la mordaza y los herederos de Manuel Fraga    ("La calle es mía"), y así y todo lo vitorearon al grito de de-mo-cra-cia, de-mo-cra-cia. Para sorpresa de propios y extraños, lo que el independentismo ha puesto de relieve, aquello en lo que ha hecho énfasis, no es en la poca vergüenza de los diputados del PP al aplaudir a Coscubiela, sino el pecado de éste por... dejarse aplaudir por aquellos a los que había denunciado sin miramientos.

 

Al parecer, lo que interesa es tensar la situación al máximo desde las emociones, renunciando a la racionalidad. Los ataques a Coscubiela, la descalificación y la deslegitimación de la persona y de sus argumentos son el resultado del proceso que estamos sufriendo. La emocràcia como paradigma de la realidad política, la emocràcia de las emociones primarias, que todo hay que decirlo.

 

No importa que Coscubiela dejara claro que el pacto social y político de 1978 está agotadísimo, ni que lamentará que se haya perdido en 48 horas negras la autoridad moral de la defensa de las urnas. No importa que afirmara la legitimidad del independentismo y del objetivo de construir la República Catalana. Lo que se le reprocha al diputado, aquello por lo que se le insulta es porque mostró la desnudez de los responsables políticos del Proceso.

 

Como sabemos, hacer una ley es cosa fácil dado que sólo hay que tener los votos necesarios en el Parlamento. Pero, ¿y aplicarla, hacerla efectiva sin la capacidad para hacerla obedecer? Esto, ya lo hemos dicho, es entrar en el terreno de la política ficción.

 

La Ley aprobada prevé que, una vez independientes, Cataluña pactará con España muchas cosas. Por ejemplo, apuntaba Coscubiela, la doble nacionalidad, la soberanía terrestre y marítima, la soberanía tributaria, el sistema de cotización a la Seguridad Social, etc., etc., etc. Cómo pactarán esto con quien no ha querido llegar a un acuerdo ni con la realización de un referéndum, preguntaba el diputado al presidente Puigdemont. ¿Cómo va a resolverse el problema de las pensiones sin disponer ni siquiera de las bases de datos de la Seguridad Social? Es legítimo luchar por la independencia, pero no lo es engañar a la gente. Esto no es legítimo, concluyó el diputado de CSQEP.

 

Existen Indicadores de que muchos ciudadanos están en sintonía con la intervención de Joan Coscubiela, y también de que otros están en sus antípodas, muchos de los cuales desconocen u olvidan el currículo político del caballero y su compromiso con la izquierda catalanista desde siempre. Convendría que quienes lo descalifican mostraran un poquito de respeto por el diputado y por aquellos que coinciden con él. Es incorrecto entender que la realidad es binaria. No estar a favor de la independencia es compatible con exigir la realización de un referéndum de acuerdo con los criterios internacionales definidos por la Comisión de Venecia. Estar a favor de la convocatoria de un referéndum no significa estar a favor de cualquier referéndum. No estar a favor de la independencia no es igual a ser nacionalista español, ni facha, ni botifler, ni lerrouxista, ni traidor a las legítimas aspiraciones políticas aunque rebasen los marcos legales actuales. Los distintos actores políticos -y también la ciudadanía en general- deberían abandonar el emocràcia y abrir de par en par las puertas del diálogo, del debate y del pacto. Convencidos, eso sí, que la situación no se resolverá en un plazo breve.

 

Como dijo Coscubiela, convendría no olvidar que es el PP, con Mariano Rajoy al frente, el máximo responsable de la situación de una crisis de Estado como no hemos conocido desde febrero de 1981. De una crisis de la que no se podrá salir con antagonismos irreconciliables, como tampoco con judicialización extrema y actuaciones policiales. Tarde o temprano habrá que razonar y pactar, pero mientras tanto convendría entender que Joan Coscubiela no es el enemigo para nadie -quizá el adversario- que algunos han dibujado; es un hombre cargado de cordura que cumplió con su obligación como parlamentario honesto, y que aportó al debate las reflexiones y las preguntas que consideró. Desgraciadamente, recordaba a Gary Cooper en Solo ante el peligro (High Noon, 1952).

 

La actual mayoría parlamentaria prefirió no responderlas, y sus hooligans se han dedicado a atacar sin piedad el incómodo diputado de CSQEP, que recibió fuego amigo también desde sus propias filas. Mal vamos.

 

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