Quizá todos deberíamos empezar a tener un poco de miedo.

Día tras día el ambiente va calentándose y enrareciéndose cada vez más. De las palabras más o menos valientes hemos pasado a los hechos desafiantes, de las amenazas veladas hemos llegado a las explícitas, y de los anuncios de si haremos esto o lo otro, a hacer cosas de las que tal vez tendremos que arrepentirnos todos.

Es bastante evidente lo que está pasando en nuestro país en los últimos años: asistimos a un creciente distanciamiento entre buena parte de la sociedad catalana y buena parte de la sociedad española. Es cierto que esta grieta, que sólo aquellos que se niegan a ver la realidad pueden ignorar, no es un accidente climatológico, ni obedece a causas naturales. No, es un enfrentamiento aún bajo control, pero que podría dejar de estarlo en cualquier momento.

La zanja que se ha abierto entre las dos orillas del Ebro es una realidad que responde a la acción del hombre. En concreto -en cuanto a las raíces del problema- de dos hombres: José María Aznar y Mariano Rajoy; el primero decidido a someter a los nacionalistas vascos y catalanes y a re centralizar España, y el segundo haciendo bandera de un anti catalanismo primario que siempre le ha generado votos a la España más castiza. Está claro que desde Cataluña también ha habido colaboradores imprescindibles que ayudan a entender el agujero que día tras día se ensancha más, pero creo que el consenso es muy amplio en torno a la idea de que Aznar jugó a enjaular a los vascos mientras hablaba catalán en la intimidad, y Rajoy -con una frivolidad política delictiva- hizo que el TC se cargara el Estatuto que ya había sido aprobado por los ciudadanos de Cataluña, a pesar de haber sido "convenientemente cepillado" [Alfonso Guerra dixit]. Desde entonces, desde Madrid no han hecho una buena. Nunca han escuchado el rumor antes ni los gritos después procedentes del Principado.

A estas alturas asistimos a la pugna de dos nacionalismos enfrentados; dos nacionalismos cargados de expectativas e ilusiones -más o menos rellenas de idealismo y de autosuficiencia- en el caso catalán; y cargado de autoritarismo soberbio y de ceguera para entender cómo ha cambiado la sociedad catalana en los últimos diez años. Ninguno de los dos acepta otra salida que la rendición completa del contrario. Nadie habla seriamente de negociar nada. Por lo menos antes de la cita para el primer combate anunciado: el 1 de octubre. Unos dicen que no tienen miedo y que votarán, y los otros les responden que se harán mucho daño si lo intentan y que, por supuesto, no les permitirán votar de ninguna manera.

Desde Barcelona se ha decretado una nueva legalidad y desde Madrid se les ha respondido que no hay más legalidad que la que ampara la Constitución de 1978 y que "no les obliguen a hacer lo que no quieren hacer" [Rajoy]. El resultado de esta ola de amenazas y descalificaciones es que la sociedad catalana y también la española se están polarizando a cada vez más. No hay espacio para los que dudan, no queda oxígeno para los que no tienen la lealtad definida a favor exclusivo de una bandera o la otra. No hay margen para la política: el Gobierno Rajoy no sabe hablar más que de policía, jueces y fiscales para mantener la legalidad, y desde Barcelona se dice que no hay legalidad que someta la voluntad de tantos catalanes.

Personas sensatas hay que se niegan, sin embargo, a alinearse detrás de una de las dos patrias. Ellos son los que, lo digan más o menos explícitamente, han comenzado a tener miedo. La situación empieza a ser explosiva y cualquier chispa podría provocar vete a saber qué. Conscientes de que ninguno de los dos bandos en pugna está en condiciones de obtener la rendición del otro -que es lo que ahora parece que quieren conseguir- explican a quién quiere escucharlos que tarde o temprano habrá que negociar para pactar una salida que deberá ser democráticamente homologable; una puerta por la que puedan salir los negociadores después de haber hecho las oportunas y necesarias concesiones y renuncias.

Hoy por hoy, estas personas prudentes y conocedoras de la extrema complejidad del problema claman en el desierto. Quizás a todos nos convendría escucharlos y empezar a tener un poco de miedo. A pesar de que la consigna No tenemos miedo parece positiva y atrevida, no la hemos de entender necesariamente como una virtud: no es igual ser valiente que ser temerario. La prudencia, contrariamente, si es una virtud casi siempre.

Por lo menos en política, la prudencia debería ser tan obligatoria como el cinturón de seguridad en el coche.