Andreas Schedler, la fiesta de los perrones y los gutierritos electorales

José Antonio Meade Kuribreña está inquiriendo la intervención norteamericana en México para salvaguardar a la desalentada burguesía nacional y no romper con la dependencia hacia el imperialismo estadounidense. Sólo de este modo puede entenderse la Ley de Seguridad Interior así como la falta de reconocimiento de la realidad que vive nuestro país.

A un personaje como Andreas Schedler (En la niebla de la guerra, 2015) le sorprende el cinismo y la negación que se hace de un contexto como el mexicano. El académico es una de las figuras más importantes de la ciencia política nacional; empero, lo más importante, ha sido su evolución del inerme análisis electoral al estudio y la comprensión del fenómeno que distingue a este México lindo y bandido: la violencia. Nuestro país vive una guerra de baja intensidad, al nivel del Medio Oriente, que pocos han querido ver y, menos aún, tratan de hacer algo para organizar –tan solo– la cuestión. Las ideas de Schedler discrepan de aquellos politólogos y científicos sociales que están cegados por el colonialismo interno. Para esta casta de intelectuales orgánicos, el país se encuentra en paz y consideran a Meade Kuribreña como el ciudadano más ejemplar que el PRI pudo conseguir.

La situación es grave para ser disimulada de este modo. La academia mexicana no sólo raya en la irresponsabilidad e ineficacia; también se ha contagiado del síndrome Lucifer característico de la oligarquía nacional. Acusan animosidad cuando se les refiere los datos más evidentes; pero, la situación está más allá de la tirria entre los grupos sociales que componen nuestra estructura social. Ya no hay espacio que soporte el matadero que México se volvió. ¿No huelen el hedor de la carne y la sangre?

La manipulación y negación histórica son factores cotidianos en la perspectiva del pensamiento hegemónico. Se ha pasado de la historia dorada a la historia en rosa. La revolución mexicana, el PRI, Díaz Ordaz y Echeverría nunca existieron para los intelectuales fachas -como Franco en los chorizos televisivos españoles-. La oligarquía y sus gutierritos electorales cuentan el mito de una transición democrática princesa cuyo terciopelo llega hasta los límites del universo y su príncipe azul desborda carisma, liderazgo y bondad tal cual Maciel de los Legionarios de Cristo. Estudios como los de Andreas Schedler nos informan que, lo fantástico de verdad, fue la bella trayectoria de la transición; jamás hubo “alternancia” o “cambio político” sino un “modus vivendi” entre los obispos de la Familia Revolucionaria y los obispos de la Santa Sede para cohabitar el gobierno mexicano.

Ahora que López Obrador propone un pacto con los grupos del narcotráfico para establecer la paz en México, las jaurías electorales y tecnocráticas se han soltado para cuestionar la idea. ¿Se han olvidado de la propuesta para legalizar el trasiego y consumo de drogas que en el pasado se observaba como un camino lógico para disminuir la amargura social de la nación? Inclusive Vicente Fox asentía la necesidad de regularizar el negocio de los psicotrópicos como se hace en algunos estados de la Unión Americana. ¿Dónde quedó la fijación en el modelo de los países bajos para hacer de México un símil del consumo armónico europeo?

Quienes acusan de extravagante –por decir lo mínimo– la propuesta del Peje, son los mismos que hacen millones de dólares en sus cadenas televisivas promoviendo series y personajes que constituyen, esos sí, monumentos a la cultura de la delincuencia e impunidad. Se oponen a la legalización de las drogas, a la regularización de armas, a la construcción de la paz, entonces, ¿Qué quieren? Seguramente proponen el kiriarcado mirrey que han aprendido en la patria criolla. Se han hecho inmensamente ricos construyendo un Narcoestado ¿Todavía no es suficiente?

El candidato del PRI a la presidencia de México, busca abrir las puertas a la intervención militar norteamericana justificando la fuerza del narcoterrorismo como obstáculo para la gobernabilidad. La oligarquía apoya esta cuestión porque pretende emular a Panamá, Colombia, Honduras o Guatemala; donde las estirpes criollas han sabido conservar sus privilegios cuidando los negocios del imperio. Los poderes fácticos no asumen su responsabilidad frente al monstruo que han creado. No quieren gobernar; pero quieren seguir en el gobierno para salvaguardar sus linajes, intereses y corrupción.

Los gutierritos electorales que alaban, desde ya, al prianista Meade; son unos mentirosos y deshonestos de primera línea. Si sus índices electorales no les han evidenciado que ahora nos gobiernan priistas de todos los partidos políticos, que todo mundo se rinde ante la miel presidencialista tratando de ser el más servil; entonces, ¿por qué piensan que debemos creerles ahora? La legalización de las drogas, su regularización económica y la pacificación con los cárteles regionales, constituye la medida más civilizada para darle margen de acción al gobierno en muchas entidades y municipios del país. ¿Sirvió de algo el baño de sangre que Felipe Calderón Hinojosa le brindó a México? ¿Por qué las fuerzas armadas no abaten a los políticos corruptos y desequilibrados?

Pactar la paz con los grupos regionales del narcotráfico así como otras asociaciones subalternas es una medida necesaria y urgente; antes de que los encargados del faccionalismo realicen sus tareas. En efecto, la historia y la ficción deberían servir para disminuir tanta cabeza dura en el actuar político. Ha sucedido una y mil veces. Siempre que los mexicanos, institucionales y subalternos, deciden organizarse; aparece el elemento extranjero para generar egoísmo y confrontación. Dentro de la narcocultura promovida por los Mass Media, se encuentra una cinta como “La fiesta de los perrones” (Jesús Fragoso Montoya, 1999)  que prueba con claridad el intervencionismo agresivo contra México. Es obvio que los grupos del narcotráfico y el gobierno del país podrían encontrar un óptimo de Pareto para armonizar su relación; empero, esto es inconveniente para Norteamérica y sus vasallos. Aún cuando los narcotraficantes decidieran pactar la paz, Estados Unidos y sus empleados criollos generarían la confrontación que les permita la mayor racionalización del contexto. La Unión Americana no quiere acabar con el problema de salud pública que ha venido a ser el fenómeno droga; quiere dinero y va a hacer todo lo posible por conseguirlo.  Norteamérica persigue controlar el tráfico de drogas porque sigue siendo uno de los mejores negocios del mundo; sin importar que la mayor parte de su juventud esté hundida en las adicciones. ¿Pueden intervenir militarmente a México si las cosas siguen complicándose? Claro que sí, con todo el derecho de por medio. El negocio de las armas también es redituable desde su elección racional. Le han vendido balas y pertrechos militares a todos los bandos que quieren destruirse en nuestra república. De ahí la razón para elegir la paz antes de que sea demasiado tarde. Sobre los siervos criollos que siempre han traicionado a sus países de nacimiento; no hay nada que decir.

Con Andreas Schedler ocurre algo semejante que con Stephen Hawking. La desatención al politólogo y al físico será terrible al futuro. ¿Acaso no cuentan, dichos personajes, con la suficiente capacidad científica para ponerles atención? O se establecen medidas de coexistencia y pacificación con los grupos armados del narcotráfico, las autodefensas, las poblaciones insertadas en la delincuencia y los grupos insurgentes que legítimamente buscan sobrevivir frente al fantasma del neoliberalismo, o el país se condensará de figuras independientes como los Generales Francisco Villa y Emiliano Zapata que en México y ahora en el sur de los Estados Unidos van a exigir con toda la fuerza esa justicia que la estructura colonial ha negado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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