Cambiar la conversación

Más que nuevas ideas, perspectivas y ambiciones colectivas, lo que prevalece en la manera de pensar la economía y, por ende, la sociedad de México, parece ser una larga serie de repeticiones que, precisamente por ello, se convierten en una especie de lugares comunes.

Ahora que se perfilan ya las campañas políticas para las próximas elecciones presidenciales, tiende a centrarse la atención sobre los agudos problemas del país, misma que provoca una sensación déjà vu que se vuelve cada vez más gravosa.

Eso no significa que dichos problemas no existan o que sean sólo una fabricación de las aspiraciones de los políticos en turno. Son reales, deben confrontarse, sin duda, pero su persistencia, sexenio tras sexenio indica claramente que algo anda mal.

La constante expresión de esos problemas, que se advierte en las preguntas que se hacen desde hace más tres décadas: ¿Por qué no crece suficientemente la economía mexicana? ¿Por qué no se supera la pobreza y la desigualdad? A las que se añaden: ¿Por qué persiste la fragilidad institucional generalizada?

Estas cuestiones afloran con más intensidad en los periodos de elecciones, lo que habría de indicarnos que se requiere una profunda renovación del pensamiento.

Entre las cuestiones económicas sobre las que se borda una vez y otra están las referidas a la necesidad de fortalecer el mercado interno y desarrollar una política industrial, y esto luego de más de 20 años de funcionamiento del TLCAN que está ahora en proceso de revisión.

Se apunta al sector agropecuario que se ha desarticulado y minimizado con la creciente apertura comercial. Se destaca la insuficiencia del financiamiento de las empresas y los grandes proyectos de infraestructura en un sistema dominado por los bancos comerciales y con el retraimiento de la banca de desarrollo.

Se pone en evidencia el avance de la productividad y la competitividad que se ha concentrado en los sectores exportadores, mientras en general están muy rezagadas en términos internacionales. También se trata de las debilidades de la fiscalidad y de una estabilidad macroeconómica que no abonan a las fuerzas que promueven el crecimiento y el desarrollo. Persiste la precariedad de la fuerza de trabajo, de los servicios sociales y el atraso educativo y del desarrollo científico y tecnológico.

Todo esto no ha ocurrido por generación espontánea, es el resultado de las decisiones políticas y en materia de política económica seguidas por decenios y eso está en el centro de las repetitivas discusiones sobre el curso de esta sociedad. A esto se suma una severa situación de violencia e inseguridad pública y la persistencia de la debilidad del sistema de justicia.

En este marco no es comprensible que se diga, en medio de la lucha política, que México ha de ser una potencia mundial. Tampoco basta con el señalamiento de las muchas carencias y fallas sin señalar claramente cómo se pueden enfrentar. Una y otras posturas, así planteadas, sólo apuntan a una confrontación vacía de contenido.

No hay nada en la práctica y el discurso político hoy en México, y me temo que poco en el ámbito intelectual, que apunte a una modernización posible a partir de lo que se tiene, en un periodo determinado de tiempo y con compromisos fiables y claros.

En la pugna electoral que ya está abierta convendría tener claras las visiones alternativas sobre las competencias del mercado y del gobierno. Esta no es una cuestión superada teórica ni políticamente. En el capitalismo contemporáneo se ha convertido en un asunto de gran complejidad y sus manifestaciones prácticas son muy relevantes. Uno entre tantos aspectos en este caso es el de la crisis financiera de 2008, cuyas repercusiones en general y en el entorno de la política pública, como es el caso de la regulación, aún están vigentes.

México está inmerso en las condiciones de la globalización de los mercados, pero hay poca discusión acerca de aspectos como el hecho de que buena parte de la inversión se dirige hoy a la producción de intangibles, como el diseño, el manejo de marcas, software e investigación y desarrollo. La brecha con la producción de bienes físicos será cada vez grande y su impacto social también.

La globalización es un proceso administrado, no es la consecuencia de las fuerzas impersonales del mercado. La tecnología ha desempeñado un papel central en el proceso, pero hay, igualmente, transformaciones institucionales y políticas decisivas que afectan las estructuras de los negocios, el comportamiento social y las alternativas políticas.

Los modelos simplistas, acartonados y fuera de tiempo que siguen prácticamente los políticos en todas partes están en entredicho por las transformaciones que se observan en la actividad económica y la organización social. Preguntémonos cómo subirnos al proceso en marcha y aflojar aunque sea la camisa de fuerza de las discusiones convencionales. Ahí hay una veta interesante para tratar, por ejemplo, el tema de la desigualdad social.

Finalmente, se trata de la gente y si no cambiamos la conversación será difícil mejorar las condiciones de vida existentes. En juego está la participación del país en la globalidad cambiante; la eficacia de cualquier tipo de políticas públicas que se impongan, sobre todo en el mercado de trabajo para elevar las capacidades, la productividad y superar la precariedad; crear las condiciones de una infraestructura suficiente y duradera para el crecimiento económico y mejorar la funcionalidad del sistema de financiamiento.

Tomado de La Jornada