La mochila de Rajoy.

Mariano Rajoy es un hombre que tiene su propia memoria histórica, como todo el mundo. Aclaremos de entrada que cuando hablamos de memoria histórica o de memorias históricas, en singular o en plural, nos referimos tanto a los posicionamientos personales producto del recuerdo o de las vivencias individuales —que llevamos imaginariamente cargados a la espalda, como en una virtual mochila única e intransferible—, como a los discursos o los usos públicos, personales o de grupo, sobre el pasado reciente que conviven, no sin dificultades, en los distintos escenarios políticos y sociales de un país.

Pues bien, por lo que hace a su propia mochila, el presidente del Gobierno acaba de darnos una muestra más, y van ciento, de dónde se ubica él respecto a la historia de las Españas desde los años de la II República hasta hoy. En una charla con militares destacados en Costa de Marfil, donde se encuentra con motivo de una reunión entre la Unión Africana y la Unión Europea, Rajoy explicó con la galanura que lo caracteriza que él sigue utilizando la denominación franquista para referirse a la calle de Marín, Pontevedra, en la que vivió de joven. Que el nombre se le cambiara hace diez años en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica [LMH] no le afecta; ni que la antigua y para él eterna denominación obedeciera a la voluntad de rendir homenaje a un militar golpista que fue ministro de Franco, tampoco; que el nombre de esa vía sea, ¡desde hace diez años!, Rosalía de Castro -una de las figuras literarias emblemáticas del Rexurdimento gallego-, menos todavía.

O sea, que el señor Presidente no es solo que se vanaglorie en público, y lo esgrima como timbre de honor, de que su Gobierno no ha dedicado un euro al cumplimiento de la LMH, es que se pasa por el arco del triunfo su acatamiento hasta el punto que –por lo que a él respecta- la denominación de su calle seguirá siendo la dedicada a un militar que, primero, se levantó en armas contra el gobierno constitucional de la República Española y, más tarde, fue ministro de la dictadura trágica y cruel responsable de que –todavía- tengamos a miles de represaliados en las cunetas de las Españas.

Luis Alberto Romero estableció la existencia de cuatro memorias de la última dictadura argentina: la llamada memoria oficial —fundada, dice, por el Informe Nunca Más—, la militante, la rencorosa y la reivindicativa de los hechos de la dictadura. Una de las características comunes —y ésta es una realidad de extrema importancia— es que para ninguna de ellas la verdad, en el sentido convencional del término, es un objetivo importante. Y es que, como dice L.A. Romero: "Cada uno se acuerda de lo que quiere y se olvida de lo que le da la gana. La memoria es valorativa y categórica, y tiende a considerar las cosas en términos de blancos y negros (...) todo lo que en la memoria es exaltado y contrastado, en el campo del saber de los historiadores es opaco y matizado".

Pues sí, Rajoy se acuerda de lo que quiere y se olvida de lo que le da la gana, y eso no es casual. Es más que probable que lo que Rajoy guarda en su mochila en relación con la dictadura de Franco lo conecte con aquella de las memorias de las que hablaba L.A. Romero: la reivindicativa del ominoso régimen del general Franco.

En primera instancia, esa actitud de Rajoy recuerda aquellas declaraciones de su compañero de Gabinete [con Aznar], Jaime Mayor Oreja, quien dijera “¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? […] Era una situación de extraordinaria placidez". También tiene el mismo tufo de intervenciones más recientes como las de Rafael Hernando, Pablo Casado y tantos otros altos cargos del Partido Popular que no pierden ocasión de denigrar a las víctimas de la dictadura y de hacer todo lo posible por negarles el menor resarcimiento, ya sea en las cunetas, en el mausoleo del Valle de Cuelgamuros y hasta en el callejero de los pueblos y ciudades españolas.

Esa contumacia recuerda comportamientos parecidos que hemos conocido en otras latitudes. En Chile, por ejemplo, todavía es fácil encontrar a muchos que consideran que no hay nada que reprochar al régimen militar [1973-1989], ni por supuesto al general Pinochet. Estos nostálgicos, incluso, consideran que al general habría que agradecerle a perpetuidad el haber evitado una guerra civil [sic] y haber modernizado Chile. También hay gente en el país andino que vivió con Pinochet “una situación de extraordinaria placidez”.

No parece descabellado, pues, concluir que lo que Rajoy lleva en su mochila es, precisamente, una memoria laudatoria de los años de Franco que le impulsa a incumplir la Ley de la Memoria Histórica y que le excusa de abandonar de una vez por todas los homenajes a los golpistas y los jerarcas del franquismo. Además, por supuesto, esa mochila le exime de sentir la menor empatía, la menor proximidad por las víctimas directas e indirectas de la sublevación y la dictadura franquista. Lo más grave, con todo, es que un personaje así sea el presidente de un país de la Unión Europea.