Las fronteras partidarias son más fuertes que las fidelidades nacionales.

Cada vez sabemos más de las interioridades del Procés. Y buena parte de las noticias que llegan resultan, para la ciudadanía en general, bastante desconcertantes. Es fácil imaginar que para los directamente implicados en la proclamación de la República de Cataluña habrán sido decepcionantes. Quizás a sus antagonistas, los contrarios a la independencia, los preocupará la clara reducción de calidad democrática que, al calor de la crisis catalana, está provocando el gobierno de Rajoy. Esta cuestión, sin embargo, no es el objeto de la columna. Otro día lo será, que el asunto lo exige.

Volvamos a los independentistas. Por un lado resulta llamativa la lógica atención que los teóricos de la secesión decidieron prestarle a las relaciones internacionales de la futura república, a los contactos financieros con entidades europeas, a la hipótesis de crear un pequeño ejército catalán, y tantas otras cosas más mientras que, paralelamente, dejaron de lado un análisis en profundidad de dos elementos centrales del escenario en el que estaban actuando: uno, la potencia del Estado Español y la imaginable dureza de su reacción, tanto para la previsible respuesta en clave interna [con bastante apoyo popular en el resto de España, por cierto] como con respecto a la de sus socios extranjeros, particularmente los de la Unión Europea; b) el otro, la respuesta de aquella parte de la ciudadanía de Cataluña que no comulga con el Procés, y que tarde o temprano tenía que reaccionar según evolucionara la situación de manera desfavorable para ellos.

Con todo, da la impresión de que, visto lo que hemos visto, la respuesta de los diversos segmentos de la ciudadanía catalana identificados con el soberanismo ha llegado a una especie de impermeabilidad que, como podemos comprobar casi a diario, está dispuesta a aceptar cualquier cosa que no signifique frenar o hacer marcha atrás en el camino que emprendieron estos últimos años. Se debe entender esta respuesta. Ha sido tan extraordinaria la efervescencia política lograda por cerca de dos millones de personas, a las que se les explicó cómo de sencillo era el Procés, que no es razonable esperar que esta masa social se desmovilice con rapidez, aunque las noticias de las últimas semanas -y las de los últimos días- deben haber resultado bastante desalentadoras para ella.

Más allá de los expresivos whatsapp de Puigdemont a Comín, conseguidos de manera furtiva [o no, como dicen algunos malévolos no sin argumentos de peso], las noticias de las disensiones en el bloque soberanista hacen pensar que hay poco de nuevo bajo el sol. Dejando de lado la CUP que va por libre, lo que queda negro sobre blanco es que las tensiones que detectan los sismógrafos políticos entre el PDCat, el grupo de Puigdemont -que cada vez más son cosas diferenciadas- y ERC son explosivas. Al final, la tensión y los enfrentamientos entre ERC y la antigua Convergencia vienen los años ochenta del siglo pasado; y eso por no hablar de lo que ha significado el problema de la corrupción sistémica vinculado a CDC desde los años de Jordi Pujol a los de Artur Mas.

Más recientemente, el ex presidente Puigdemont está en Bélgica porque cuando había decidido convocar elecciones y detener la aplicación del 155, los de Esquerra le montaron una durísima y fulgurante campaña en la que pasará a la historia aquello de las 155 monedas de plata que le espetó el siempre ocurrente Gabriel Rufián. Después, muy poco después, Puigdemont y algunos fieles se fueron a escondidas hacia Bélgica, huyendo de la larga mano del Estado, mientras que Oriol Junqueras -quien no había sido informado de la marcha del presidente- y compañía fueron internados en prisión, donde ya estaban los dirigentes del ANC y de Omniun, Sànchez y Cuixart. Unas diferencias que no podían dejar de tener efectos terribles en las relaciones entre los republicanos de pura cepa que son los de Izquierda y los republicanos de diseño y de nueva hornada que son los del PDCat.

Puigdemont no acepta otra cosa que ser él el Muy Honorable Presidente, el PDCat le apoya cada vez con menos entusiasmo, y los de ERC ya han dicho que de ninguna manera aceptarán el ex presidente si esto conlleva efectos penales. Además, han denunciado que el PDCat no quiso entregarles ni el programa de gobierno ni el discurso de investidura que, hipotéticamente, haría el hombre que ha fijado residencia en Waterloo.

La distancia entre ambos socios del Gobierno anterior es inmensa, y no resulta arriesgado deducir que ERC ha llegado a la conclusión de que los del PDCat los quieren engañar una vez más. Mientras Puigdemont ha encontrado casa en Bélgica, cómoda y confortable, con la familia, Junqueras, Forn y los Jordis continúan en prisión y sin buenas perspectivas, si atendemos a cómo razona el juez Llarena. Además, pronto pasarán por la Audiencia Nacional otros responsables de ERC que podrían seguir la misma peripecia carcelaria.

Abandonar el eje izquierda-derecha y sustituirlo por el eje nacionalista no podía salir bien para un partido republicano y anclado en la izquierda catalana y española desde hace muchas décadas. Las contradicciones entre las dos grandes fuerzas del catalanismo, la de la derecha y la de la izquierda, la pugna por la hegemonía partidaria nacionalista, la discusión por el precio que cada una de ellas está pagando por el Procés, están resultado -como era previsible - más fuertes que la voluntad de colaborar lealmente para construir una nueva realidad catalana. Da la impresión de que los más inconscientes y vengativos de Madrid -que no saben ver más que lo que les interesa- están frotándose las manos. Cuánta falta hace que los políticos, de los diversos bandos, hagan política con los pies en el suelo mirando hacia el horizonte. España está hipotecada internacionalmente por el problema con Cataluña, y Cataluña está paralizada mientras espera un gobierno que no podrá funcionar con el mando a distancia. Esos responsables políticos deberían apresurarse a encontrar soluciones.