Memoria de La Desbandá o como continúa doliendo la Guerra, la maldita guerra.

Lawrence Fernsworth, corresponsal de The Times y de The Manchester Guardian, impidió a los rebeldes de Franco negar la tragedia de la carretera Málaga-Almería. En el diario de Manchester escribió lo siguiente: “La evacuación de Málaga comenzó cuando la población supo de las dificultades de los frentes, pero nadie creyó que el éxodo voluntario iba a asumir el carácter de un cataclismo humano desconocido en la historia de Europa. Pronto se convirtió en una sangrienta realidad. El camino se tornó un infierno bombardeado por los barcos fascistas españoles y los aviones alemanes e italianos. (…) Pronto el camino quedó cubierto de muerte”. https://blogdehistoriaderafa.wordpress.com/

En este país hubo una guerra tan terrible y cruel como lo son todas las malditas guerras, pero la nuestra tuvo un plus enorme, una especie de inmensa propina siniestra: fue una dictadura obscura y feroz, que quiso neutralizar a media España y que hizo todo lo posible, y fue mucho, para que nadie olvidara, particularmente entre los perdedores, para que nadie pasara página, para que el recuerdo amargo y asfixiante de aquella guerra resultara perdurable por los siglos de los siglos.

Fui uno de esos niños hijo y nieto de vencidos que desde edad temprana supo que había habido una guerra, un traumatismo terrible, del que los mayores apenas comentaban nada delante de los niños. Pero en el colegio hablaban los vencedores. Todavía recuerdo a aquel profesor de Política, don Rafael, falangista de primera hora, que no se cansaba de contarnos como, por la gracia de Dios, el Generalísimo y sus tropas, con el auxilio de la Virgen, habían arrasado, total y absolutamente, a los rojos apátridas y sin Dios. En aquellas aulas presididas por la cruz custodiada por las fotos de Franco y José Antonio, el líder fascista, aprendí el Cara al sol con el brazo levantado, intuyendo –de una forma indefinida, inconcreta, sentida más que entendida- que aquel himno era el del enemigo de los míos, como lo era la bandera, como el Invicto Caudillo era alguien completamente responsable de las desgracias de mi familia.

La Guerra me marcó, como a muchos de quienes no la vivieron, porque de ella se desprendía algo muy amargo, muy triste, muy doloroso, que había impactado con mucha fuerza en la vida de nuestros mayores; algo que costaba trabajo que quisieran rememorar, más allá de comentarios sueltos, de referencias veladas, de frases que solo los entendidos, solo quienes la habían vivido, podían decodificar de forma cabal.

Tuvieron que pasar décadas para conocer el dato más siniestro de la historia de mi familia paterna; una familia castellana, de Burgos, afincada en Málaga desde que el bisabuelo, militar como parte de sus hijos después, había sido destinado tras volver de Cuba. La Guerra fracturó definitivamente y para siempre a aquella familia, y mi abuelo, un hombre en las antípodas de los convencionalismos de su clase social, una especie de ácrata republicano sin más programa político que el que su santa voluntad le dictara, pasó de ser Antonio el excéntrico vividor de aquel linaje a ser Antonio el rojo. Tres años de cárcel sufriría en 1939, tras la simple denuncia de un familiar en plena calle.

Con dos hijos en el frente, uno de ellos mi padre, todavía un muchacho, mi abuelo decidió huir de Málaga con el resto de sus hijos, como tantos miles de habitantes de aquella ciudad andaluza, ante la inminente entrada de los nacionales.

En los primeros días de febrero de 1937, decenas de miles de personas se pusieron en marcha camino de Almería, buscando el amparo del Ejército republicano: aquel éxodo ha quedado en la memoria con un nombre que transmite amargamente lo que aquello fue, la Desbandá. Aquellas columnas de hombres mayores, mujeres y niños fueron bombardeados salvajemente por órdenes directas del sanguinario general Queipo de Llano. Murieron entre tres y cinco mil personas. La Desbandá fue el bombardeo más sangriento de la Guerra Civil española, como contó el doctor Norman Bethune, desplazado desde Valencia a Málaga con su unidad de transfusión de sangre para socorrer a la población civil: “Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos”. Picasso, el genial malagueño que inmortalizó el bombardeo de Gernika, pudo haber pintado algo igual de apocalíptico con La Desbandá.

Tuvieron que pasar décadas, varias, para que en los inicios de los noventa yo conociera el gran secreto de la familia: en La Desbandá se perdió Carmeli, una hermana de mi padre de apenas cinco años. Mi abuelo –como hicieron otros fugitivos con los más pequeños- la había colocado en un camión que debía ahorrarles la extenuante caminata hasta, creo, Motril, donde los dejarían en la sede de la CNT. Los franquistas llegaron antes, y cuando mi abuelo y sus otros hijos arribaron no había ya ni sede de la CNT ni rastro de Carmeli. En mi familia paterna se recordó durante mucho tiempo algo de lo que yo solo conservo retazos, la descripción que la Cruz Roja Internacional hizo de la cría en su registro de desaparecidos: “Una niña rubia, de ojos azules, con un vestidito amarillo, que responde al nombre de Carmeli…”. Nuestra desaparecida particular se llama[ba] así, Carmeli.

Pasan los años y la guerra sigue ahí, a la vuelta de cualquier esquina de la memoria. Hoy es una referencia en redes sociales al aniversario de La Desbandá, ayer una exposición inaugurada o cualquier noticia relacionada con los miles de cadáveres que permanecen en las cunetas de España, o la impotencia que provoca la soberbia de los monjes benedictinos que, inmunes e impunes a leyes y jueces, custodian la fosa común de Cuelgamuros, la que llaman el Valle de los Caídos. ¿Qué será mañana? ¿Otro desplante de un Rafael Hernando cualquiera, otro insulto a la memoria de las víctimas, otra exhibición de carencia absoluta de compasión hacia los ancianos que todavía buscan los restos de su padre, de su madre, de su hermano para darles sepultura en paz?

La maldita Guerra todavía duele y seguirá haciéndolo. Me ha estremecido hoy, una vez más, el recuerdo de Carmeli en La Desbandá. Una niña perdida entre las bombas, entre los muertos y la sangre. Se han cumplido ochenta y un años de aquellos días de horror y quizá mi tía Carmeli todavía vive, quién lo sabe. Está, desde luego, viva en mi memoria. Y me conmuevo una vez más al imaginarla en su desamparo, en su miedo, en su angustia, en su soledad. Como me conmueve el recuerdo de mi abuelo Antonio, que perdió para siempre a una de sus hijas. Como a tantos, me sigue doliendo el recuerdo de aquella guerra maldita. Una Guerra tras la que no llegó la paz, sino la Victoria.