Fricción social

La generación de riqueza, su acumulación y apropiación tienen hoy rasgos particulares y diferentes a los que definían convencionalmente al capitalismo como forma de producir y de distribuir ese producto.

Las nuevas condiciones tecnológicas, junto con la organización empresarial en un sentido jerárquico y no específicamente gerencial, determinan en buena parte la forma en que se crea la riqueza y se establece el flujo de los ingresos. Afecta de modo decisivo también a la pugna social que existe por ellos.

Es ya un elemento central del análisis social la cuestión asociada con las pautas del conocimiento, derivado en buena medida de los avances tecnológicos y científicos y de los que surgen las condiciones de la propiedad intelectual. Ese es uno de los terrenos privilegiados de la acumulación de capital y del armazón legal creado para regularla.

Se trata de manera específica del conocimiento que se va gestando de forma colectiva y del consiguiente entramado de cooperación y de conflicto que se surge entre grupos de la sociedad.

Se rompe de una manera significativa la relación constante entre la producción y el trabajo que se requiere para generarla. Primero, en cuanto a los términos en los que el conocimiento crea nuevas capacidades para hacer las cosas: para ordenar el modo cómo se hacen, o sea, los procesos que se siguen y quién las hace, es decir, los que trabajan y cómo lo hacen. Luego, en cuanto a cómo se consigue el ingreso derivado de las ganancias y del salario y las pautas de la riqueza derivada de la propiedad.

El conocimiento colectivo se convierte en un elemento de apropiación privada que modifica la configuración de las relaciones sociales expresadas en la operación de los mercados.

Se alteran las nociones elementales de la competencia con la que se impone la manera de pensar la actividad económica y con ello también cambia la forma en que se concibe la acción del gobierno, de las políticas públicas y las formas de regulación que ejerce.

La forma clave de la apropiación del conocimiento colectivo es lo que se denomina como el grado de monopolio que se impone en el mercado. Ambas cuestiones, la apropiación privada de dicho conocimiento y el poder de mercado pueden apreciarse en los casos de empresas tecnológicas dominantes como Microsoft, Google y Facebook.

Pero no es este el único ámbito en que el conocimiento colectivo se apropia de manera privada. Se trata del fenómeno de la renta que deriva del control de los recur- sos y que hoy adquiere una creciente y cambiante relevancia. Es asunto de los límites que de forma efectiva se imponen a la oferta.

Cambios en las formas en que se produce, junto con los efectos de la aplicación de las nuevas tecnologías conforman el incremento de la productividad como proceso de generación de ganancias. La contraparte es su expresión en el desempleo y las formas de precarización de una gran parte de las ocupaciones.

El desplazamiento del trabajo humano por las máquinas no es asunto nuevo, por cierto. Lo que es una constante es que la necesidad de menos trabajo para producir se convierte en una enorme carga social. De esto se deriva que tener un empleo formal y duradero se exprese como contar con un verdadero privilegio. Frederic Jameson lo expresó de manera decisiva al señalar que el mercado global es un espacio en el que el precio del trabajo tiende en todas partes a excluirlo del mercado.

El proteccionismo trumpiano para conseguir su objetivo de America first es una expresión hasta cierto punto tramposa de la defensa de los intereses de los trabajadores industriales de su país. Las guerras devaluatorias, como la que aplica en diversos momentos el gobierno chino, son efectivas, pero con resultados que no son duraderos.

Al final, lo que se consigue en el ámbito global es la cada vez mayor exclusión de masas de población sin lugar en el sistema productivo como trabajadores ni consumidores. Sobran, en un entorno de crecientes conflictos y degradación.

No se trata sólo del desempleo temporal, aquel que las políticas de ingresos tratan de remediar. El pleno empleo de los recursos se consigue cada vez con menos personas trabajando. La gente se convierte en estructuralmente no utilizable. El impacto tiene un carácter generacional que no puede desestimarse.

Mientras estos procesos avanzan sin contención, la acción política va a la zaga. Los trabajadores con trabajo, sea los administradores y ejecutivos de grandes empresas, los funcionarios públicos de todo tipo y los que aún conservan sus empleos en la industria y el comercio tienen cada vez menos capacidad convencional de respuesta, lo que no significa que el conflicto social no se exacerbe.

El arrinconamiento de la política tiene expresiones diversas. Al proteccionismo y las pujas devaluatorias puede añadirse la política fiscal en cuanto a los ingresos que se extraen de la sociedad y el uso al que se destinan. Otra vez el caso de la reforma fiscal de Trump viene a cuenta. También la que se aplicó aquí hace ya cinco años.

Ahora que empiecen formalmente las campañas políticas veremos, me temo, la incapacidad de confrontar estos asuntos y la repetición de los discursos que han marcado la lucha política y el poder por demasiado tiempo.