En defensa de la Universidad Veracruzana

Diario de un reportero

Otra vez, la Universidad Veracruzana es víctima de quienes la dirigen: mi alma Mater Dolorosa exhortó el catorce de febrero a la comunidad académica – en realidad a todos, pero más que nada a estudiantes y profesores – y a los candidatos que participan en las próximas elecciones.

"Los universitarios", dice el documento emitido por la dirección General de Comunicación Universitaria con una gramática pedregosa, "tenemos clara consciencia del papel preponderante que juega nuestra Casa de Estudios en el desarrollo de Veracruz".

Por supuesto. (Pero) "con respeto a todas las expresiones políticas, exhortamos a los universitarios para abstenerse de invitar a nuestras instalaciones a candidatos a ocupar puestos de elección popular y/o a realizar actos políticos al interior de las mismas".

Y todavía más. "A su vez, exhortamos a los candidatos a abstenerse de acudir a las instalaciones universitarias en tanto que el proceso electoral se lleva a efecto". El comunicado cita el artículo 112 de la Ley Orgánica, que restringe el uso de instalaciones universitarias para actos ajenos a la naturaleza de la institución, pero se olvida – no se sabe si por error o a propósito – del artículo cuatro.

La letra y el espíritu del articulo cuatro no dejan lugar a dudas: "La Universidad Veracruzana deberá estar vinculada permanentemente con la sociedad, para incidir en la solución de sus problemas y en el planteamiento de alternativas para el desarrollo...", de acuerdo con los principios de libertad de cátedra a investigación y de libre examen y discusión de las ideas (como agrega el artículo nueve, y como mandan varios incisos del artículo once).

Aquí se dijo – hace casi exactamente dos años – cuando las autoridades universitarias declararon que los recintos no eran zonas propicias para la discusión de las ideas propias y ajenas:

"Nadie dudaría que la academia bien entendida es el mejor lugar para debatir ideas: expone a los estudiantes a distintas formas de pensar, permite a los maestros dialogar en términos de igualdad con quienes toman decisiones, y alienta la discusión a la vez que promueve la tolerancia.

"Pero no. La Universidad Veracruzana – y en general las instituciones que deberían organizar la discusión – no se presta a esas cosas, tal vez porque todavía no se olvida el pánico oficial del viernes negro de mayo hace cuatro años (2012) en la Universidad Iberoamericana, cuando una turba rechazó al candidato presidencial del PRI Enrique Peña Nieto en vez de aprovechar la oportunidad de cuestionarlo en público. "Lástima. Serviría de mucho organizar encuentros públicos entre quienes buscan autoridad que dan los votos para hacer posible lo necesario – al menos en teoría – y quienes tienen la experiencia que da el conocimiento y la curiosidad que alienta el estudio, y ser vehículo para que otros puedan escuchar y preguntar. "Pero más allá de la universidad nadie, por suerte o por desgracia, tiene el peso moral que permite convocar a candidatos a lo que sea a debatir propuestas y principios, más allá de los comunicados y las declaraciones que con frecuencia reproducen sin cuestionar los medios".

Mucho de esto se debe a la intolerancia oficial o de otra, que termina por impedir que cualquier candidato o cualquier persona presente sus ideas, sus proyectos, sus propuestas y hasta sus sueños a la comunidad universitaria. La universidad no se ocupa de esas cosas.

Pero esta abstención gravísima de la universidad también se puede atribuir al temor de la Rectoría a despertar a los grupos más radicales de la comunidad estudiantil, que no muestran disposición al diálogo ni al debate porque quien no está con los grupos que más gritan no tiene derecho a hablar.

Hasta este miércoles veintiuno de febrero ninguna voz ha salido en defensa del derecho de la Universidad a convertirse en el campo en que se discutan las ideas y se analicen los proyectos. Ninguna voz ha dicho que el debate es uno de los mejores métodos para definir las opiniones propias y entender las opiniones de los demás.

La Universidad – mejor dicho, la Rectoría – ha decidido aislarse otra vez. Nadie gana con eso. Y donde nadie gana todos perdemos.