Sólo buen gobierno

February 28, 2018

 

En los meses de la precampaña para las elecciones de julio y ahora que ya están formalmente designados los candidatos de los partidos políticos hemos escuchado gran cantidad de declaraciones y propuestas sobre lo que pretenden hacer al llegar a la Presidencia.

Aún faltan varios meses en los que habrá más discursos y ofertas. Esto es parte del juego político. Los aspirantes habrán de calcular cómo lo juegan. Hay poco espacio para tropiezos.

Al final cada ciudadano decidirá qué hacer con su voto en el momento de acudir a las urnas. No sabemos qué tan libre será la decisión o qué tan limpio concluirá el proceso electoral. Hemos aprendido de las experiencias anteriores, ya estamos curtidos.

El candidato Meade quiere convertir a México en una potencia. El candidato Anaya quiere acabar con la impunidad reinante. El candidato López Obrador quiere regenerar a la nación. Ya veremos qué pasa.

Hay algo que los ciudadanos queremos y es tener un buen gobierno. Esta es, me parece, la aspiración mínima, pero se ve como un objetivo colosal. Así es que el asunto entraña una grave contradicción que enmarca el proceso de elegir un nuevo presidente.

Precisamente porque lo que necesitamos es un buen gobierno, así simplemente dicho, pero con todo lo que eso significa, me inquieta la propuesta de AMLO de elaborar una constitución moral y de convocar para eso a una asamblea constituyente.

La moral no es asunto de legislación, a menos que así se conciban los preceptos recibidos de alguna deidad. La moral tiene un lugar muy distinto desde dentro de una concepción moderna de la política, aunque haya tantos resabios teológicos en el pensamiento, en la práctica de la política y en el quehacer de los gobiernos en todas partes.

No hay manera alguna en que una asamblea que, como indicó el candidato, estaría formada nada menos que por tan diversa colección de personajes: filósofos, antropólogos, sicólogos, especialistas, escritores, poetas, activistas, indígenas y líderes de diferentes religiones (a saber por qué tal lista fue así limitada) sean capaces, ni tengan legitimidad alguna para proponerse y, menos aún, para elaborar una constitución moral. Es más, no deberían siquiera intentarlo si es que resta alguna dosis de probidad.

Un político reformador e ilustrado que se proponga y pueda marcar una diferencia práctica en la conducción del país habría de proponerse él mismo y ofrecer a la sociedad como objetivo único, sin desviaciones y desde su primer día en el Palacio Nacional, hacer un buen gobierno; sólo eso, un buen gobierno para los ciudadanos.

Toda su propuesta para alcanzar la Presidencia no podría ser válida y, por ello, convincente, si el propio candidato, los que forman su partido, sus colaboradores y aquellos que ha nombrado como posibles funcionarios de su gobierno necesitaran de una constitución moral, producida por tan heterogénea asamblea, para guiar su comportamiento si triunfan en la elección de julio. Si esto es así, y no admitirlo sería una postura inconsistente, los demás ciudadanos tampoco necesitamos de asambleas y constituciones morales.

Sólo un buen gobierno, no regulaciones morales definidas por grupo alguno. Sólo leyes, buenas leyes, consistentes y que se cumplan por todos, empezando por el gobierno mismo. Sólo buen gobierno, no designios generales, abstractos e impuestos desde una visión providencial que pretenda librarnos de un mal o una amenaza inminente.

Hay una cuestión esencial que ningún político debe perder de vista y tampoco debe hacerlo ningún ciudadano. Debe distinguirse claramente entre el comportamiento de una persona en su vida privada y como ciudadano.

La libertad individual no admite que nadie, sea quien sea, interfiera con ella. En cuanto a las pautas de la vida colectiva, las restricciones que se imponen son admitidas por los individuos en la medida en que les conviene para vivir de modo tolerable y dentro de un marco aceptable de derechos y obligaciones.

Esto se ha planteado en la teoría política como la diferencia entre dos preguntas básicas: la primera es cómo se comportan efectivamente los hombres y mujeres y qué ocasiona tal comportamiento y, la segunda, muy distinta, es cómo deben comportarse.

De la segunda de esas preguntas se desprende el rasgo esencial de la política, tan claramente planteado por Isaiah Berlin, es decir: ¿por qué una persona o grupo de personas obedecen a otro u otros? No es lo mismo considerar ¿por qué obedezco? que ¿por qué debo obedecer? Esta es una cuestión íntima, vital y hasta dolorosa.

Las respuestas a esta cuestión en el curso de la historia han sido diversas. Esa es la clave de la conformación de una sociedad. A esta abstracción corresponden siempre situaciones concretas, entre ellas la democracia. Aquí la respuesta hoy debe quedar enmarcada en la forma de nuestra muy imperfecta democracia.

En un entorno efectivo de libertades no se puede pensar siquiera en asambleas constituyentes de la moral. Mantengamos las cosas claras y simples. Lo que requerimos para pasar a otra cosa en el país es, para empezar, buen gobierno.

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