Celebración de la palabra

March 23, 2018

Diario de un reportero

 


 

 

Como ya hay un día para cada cosa, y como ya se ha dicho todo o casi todo sobre los candidatos a lo que sea, leí que hoy — o ayer, o esta semana — es el día mundial de la poesía, como si uno necesitara un día para observar la celebración de la palabra.

 

El poeta busca la música que encierra cada palabra, y crea cosas que no estaban ahí desde el principio. Esa es la virtud de la poesía, que viene de 'poiesis', crear. Eso decían, más o menos, Platón y Saramago.

 

Así que para celebrar esta fecha, que me encuentra en un Londres friísimo pero con chamarra nueva y pasaporte renovado, desenterré un texto que escribí hace quince años y dice ahora lo que pensaba entonces.

 

Con permiso de ustedes, en vez de pensar en política y violencia y candidatos y otros asuntos igualmente tristes, esta vez comparto — con alguna corrección aquí y allá — estas líneas de otro tiempo:

 

Me puse a pensar en las palabras. Uno las usa, las pronuncia  — dijo Paz — como si fuera un pájaro que canta sin saber lo que canta. Alcanzan para nombrar todas las cosas, todos los actos y aun las ideas, todos los sueños, todo.

 

Si de pronto nace algo tan nuevo que no hay palabra que le acomode, nace a la vez una palabra. A mí gustan más las que había cuando era niño, pero eso no importa porque me he encariñado con algunas recientes, que al fin y al cabo son como las que ya se dicen poco y cuando se dicen suenan todavía torpes por la falta de uso, a veces titubeantes, a veces bastas.

 

Por ejemplo algarabía, malhechor, melancólico, tripa, mariposa, icosaedro, perplejidad, almohada, baba, vaina, procaz, amancebado, pirinola, diccionario, crona, gragea, posteridad, potrero, verde, horizonte, iluminado, metáfora, inútil, insensato.

 

Pero también perejil, porsiacaso, peregrino. Y monógamo, astuto, pederasta y retroactivo, informante, follón y butifarra y fuet, fábula y oropel, y esmalte. O tlapegual, chocolate, escuincle, mole, chilaquiles, chalagüite, tamal, cachichín, toche y tabla.

 

Hermenéutica, albahaca, incesante, fronda, orfebre, transeúnte, infame, falaz, advenedizo, malandrín, encanallado, ruin, esparadrapo, papalote, sonámbulo, ínfimo, palíndromo (ámame, sé mamá; acá, caca), gregoriano, alejandrino, endecasílabo, metáfora, orégano, romero, guarapeta, azul.

 

Y además requilorio, arcabuz, golilla y mitra, púrpura y árido, y alcatraz, requisición, cenobita, cónyuge, cambur, palta, verde, adormilado, champán, propincuidad, muchacha. Y alejarse, temor, buenaventura, lenguaraz, agobiado, estulto, obeso.

 

E itinerario, pleistoceno, isótopo, montaraz, malta, jaibol, mosto, agreste, sensual, pluscuamperfecto, alharaca, pompa, legendario, faro, mastodonte, artillería, mezquita, arsenal, ojiva, fábula, pentágono, alucine.

 

Y convención, y discurso, y delegado, y candidato, y canícula y estío. Y así, sucesivamente, incluyendo las que se dicen bajo los efectos del amor o del deseo, o de ambas cosas.

 

Neruda habría dicho que qué ganas de decirlo todo. Los alemanes hicieron una vez una consulta más o menos popular que consistió en preguntar a la gente cuál era la palabra más hermosa de ese idioma, en cuyas honduras no vamos a meternos ahora.

 

Pero aunque uno sabe que no hay una palabra que sea la gema más hermosa de ningún lenguaje trata de imaginarse alguna que se acerque. A mí no se me ocurre una sola. He dicho.

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