Periodismo y periodistas en la era de la prensa digital.

April 17, 2018

Aquellos que ya estamos en una edad madura, aunque no necesariamente provecta aún, recordamos perfectamente que lo primero que hacíamos años atrás al salir de casa cada día era acercarnos al quiosco a comprar el periódico. Los días de fiesta el segundo paso era sentarse en una cafetería, a ser posible en una terraza o en una mesa próxima a una ventana amplia, para tomar un café o un cortado mientras leíamos ese diario con el que acabábamos de hacernos. Para mí aquel placer llamémosle cívico venía de la mano de la lectura cuidadosa y exhaustiva de un diario al que fui fiel durante décadas. Comprar El País era una experiencia particularmente deseada, por ejemplo, después de aterrizar en Madrid procedente del otro lado del Atlántico. Sentarme con un cortado y un Ducados en una cafetería de Barajas mientras esperaba el enlace para Valencia, y leer mientras tanto El País, era casi una necesidad fisiológica. Claro que hablo de una época que hace mucho que concluyó, y no sólo porque ya no se puede fumar en las cafeterías.

No, ese diario por el que sentía tanta devoción, y al que otorgaba una inmensa credibilidad, es hoy como un íntimo amigo del pasado del que, por razones insuperables, me distancié completamente. Está claro que la cabecera existe, pero no me reconozco en ella, no la reconozco tampoco en tanto que ha perdido para mí toda la credibilidad de aquel otro tiempo del que hablaba. Claro que hay firmas de columnistas o de colaboradores a los que todavía tengo el placer y el deseo de leer, pero son cada vez menos. Han sido muchas las firmas de referencia que han abandonado, o se han distanciado, de aquel diario que ya no es ni una caricatura de lo que fue.

La prensa escrita ha sido sacudida por una nueva realidad, y acusó tantos golpes como ha recibido. Los condicionantes ligados a la simple supervivencia empresarial de los medios, las novedades tecnológicas, la generalización de Internet, la inmediatez de la información, la caída de la publicidad, la precarización infame de la profesión periodística, etc., etc., etc., son realidades que no se pueden obviar. Estamos, por supuesto, en otra época, y aunque deploremos mucho de lo que ha ocurrido, no debemos quedarnos paralizados en el lamento. Cada tiempo tiene sus bondades y, por supuesto, también sus inconvenientes. Aquel del que hablaba es un tiempo que no volverá.

Ahora repasamos las ediciones digitales de varios diarios cada día. Seguimos a  varios columnistas, conocemos las líneas editoriales de cada empresa y sabemos que es lo que tenemos delante, ya sea en la pantalla del ordenador, ya sea en la del teléfono. Podría decirse que, personalmente, estoy mejor informado que antes; que soy más responsable de mi nivel de información, sí. Pero, también, tengo que aceptar que es difícil navegar entre tanta información, que los árboles pueden ocultarme el bosque. No son sólo las ediciones digitales de la prensa escrita (dejemos ahora la radio y la televisión, que tienen sus particularidades), son también las redes sociales las que replican un gran volumen de información que, a menudo, procede, igualmente, de esta prensa escrita en sus ediciones digitales.

Lo que he echado de menos, lo que entiendo que perdimos en los últimos años ha sido la credibilidad en esa prensa escrita.

"Los políticos nos mean, los medios dicen que llueve", fue una consigna repetida durante aquella primavera del 15-M. Este año, y en su informe, la Asociación de la Prensa de Madrid dice que: "En unos tiempos en que la faena de los periodistas ha sufrido el embate de una gran crisis económica, (...) no es extraño que la credibilidad del periodismo y los periodistas se haya convertido en uno de los elementos centrales del debate profesional".

Según el Índice de Confianza Social (ICS), elaborado por la Universitat Ramon Llull, la credibilidad de los medios de comunicación españoles en septiembre de 2017 era 98,9 puntos sobre 200, que es la nota más baja de todo el histórico del ICS. Según el informe, son los ciudadanos que se sitúan a la izquierda los que menos creen en los medios de comunicación -les dan 82 puntos-, una confianza que aumenta hasta los 112,1 puntos entre los ciudadanos que se auto ubican a la derecha del abanico político.

Como tantas otras cosas, también la prensa escrita parece a menudo prostituida, al servicio de intereses poco o nada honorables, adscrita más a la propaganda que a la información; una tarea en la que cabeceras y muchos periodistas evidencian estar a sueldo de empresas, entidades y organizaciones que no dudan en mentir y ocultar lo que les estorba, como tampoco dudan en ofender y difamar a sus adversarios. No son pocas las ocasiones en las que editoriales, titulares, noticias y columnas de opinión son burdas o sofisticadas manipulaciones de la realidad. La información y la opinión no se diferencian, no son planos distintos de la noticia, y periodistas y opinadores se aplican con entusiasmo a estas falsificaciones. No en vano a finales de 2017 el término "posverdad" se convirtió en aceptado por la RAE, y eso para designar la "distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales".

Últimamente, sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno esperanzador: la consolidación de la prensa exclusivamente digital -sin edición en papel- como una alternativa a la prensa escrita que gana seguidores y suscriptores. Con dificultades e inmenso esfuerzo de quienes en ella trabajan, y con el apoyo creciente de los lectores, determinadas cabeceras están librando una batalla tan dura como admirable para ofrecer una información de calidad para un público, para unos lectores que no nos resignamos a ser engañados y manipulados por los intereses bastardos que hay detrás de determinadas cabeceras periodísticas.

La denuncia a propósito de todas las ilegalidades, incluso los presuntos delitos, que hay detrás del máster de Cristina Cifuentes, la presidenta de la Comunidad de Madrid, ha situado a eldiario.es en una posición de honor en cuanto el compromiso con el periodismo de calidad, con el que se enseña en las facultades en las que se forman los futuros periodistas. Otras cabeceras como Infolibre.es, Elconfidencial.com o Ara.cat son medios en los que los lectores encontramos información y opinión sobre lo que como ciudadanos nos interpela a propósito del mundo en que vivimos.

No se trata, en ningún caso, de prescindir de la prensa que también se edita en papel, ni de dejar de lado a ilustres periodistas que todavía hay que leer a diario, pero hago énfasis en la enorme relevancia que otorgo a la profesionalidad y la credibilidad de la nueva prensa digital. Ignacio Escolar o Jesús Maraña, por citar sólo dos nombres, pueden ser los referentes de los que hablo.

Hay, por tanto, que entender que de la misma manera que antes pasábamos cada día a comprar el periódico por el quiosco, hoy hay que hacerse socios de estas nuevas plataformas periodísticas. Es la única forma de combatir la perversidad de la posverdad, la más efectiva decisión para que los intereses bastardos que se esconden detrás de determinados diarios de la prensa editada en papel no terminan imponiéndose y ahogándonos.

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