ETA ha dicho adiós, pero deja heridas todavía tiernas en la sociedad vasca.

La organización terrorista ETA ha desaparecido del escenario en Euskadi, una tierra hermosa, una tierra en la que es fácil encontrar todos los colores del verde bajo un cielo de plomo que el sol quiere romper, tal y como cantaba [en catalán] Raimon.

Así la vi en aquella primera estancia, corta, en los años setenta, antes de la muerte del dictador. De aquel viaje recuerdo también una tensión policial inimaginable y desconocida para un forastero como yo: una enorme presencia policial en todas partes, y muy explícita en las carreteras, con la Guardia Civil con armamento de guerra. Después supimos que en Algorta, en un enfrentamiento con la policía, había resultado mortalmente herido el miembro de ETA Txiki Mendizabal.

ETA había surgido años atrás, como una escisión de las juventudes del PNV y tenía como objetivo la creación de un estado vasco euskaldun y socialista, independiente de España y de Francia. En su III Asamblea, celebrada en la primavera de 1964, la militancia decidió que la lucha armada era el mejor camino para alcanzar su meta. En aquellos años los militantes de ETA aún leían y, gente de su época, bebían del marxismo y del catolicismo que muchos de sus miembros profesaban desde los seminarios en los que se habían educado. Leían al Che Guevara y a Frantz Fanon; admiraban a Fidel Castro y seguían los avances y el ejemplo de la fuerza guerrera del Vietcong y del FLN argelino, que luchaba contra la ocupación francesa.

El hecho de que Guevara con su teoría del Foco, y Fanon, con Los condenados de la tierra, les influyera tanto ya da idea de cómo de desenfocada tenían la visión aquellos jóvenes gudaris vascos. Hoy, tantos años después, parece increíble que alguien pensara realmente que Euskadi era una especie de territorio colonial a liberar, en alguna medida parecido a Argelia, el Congo o Vietnam, y que la guerrilla de orientación guevarista era la herramienta más adecuada para conseguirlo. Pero aquel mundo en blanco y negro de la dictadura de Franco, en plena Guerra Fría, propició estas locuras.

El horror que provocó ETA alcanzó proporciones inimaginables durante décadas. Cientos de inocentes cayeron a tiros o con bombas; implantó un llamado impuesto revolucionario para extorsionar principalmente a empresarios; y la sociedad vasca vivió durante aquellas décadas entre atemorizada y voluntariamente ciega ante la barbarie. También hubo episodios de guerra sucia, propiciada desde aparatos del Estado, y en determinados cuarteles, como Intxaurrondo, se vulneraron los derechos básicos de la persona en los interrogatorios a detenidos bajo la sospecha de ser miembros de la banda terrorista.

ETA estuvo matando hasta octubre de 2011, y no se desarmó hasta abril de 2017. Ahora, cuando ha confirmado su disolución, podemos decir que el País Vasco vive las consecuencias de unas décadas que lo asimila a las sociedades en situación post traumática, con un pasado que tardará mucho en pasar.

De hecho, en la Declaración de Arnaga, firmada ayer por los siete ex líderes internacionales que han participado en la conferencia de Cambo, se ha dicho que avanzar en el proceso de reconciliación en Euskadi requerirá mucho tiempo, dado que las heridas profundas perdurarán, por lo que familias y comunidades permanecerán divididas. La Declaración ha insistido en que "Aún está por resolver un problema importante como el de los presos y las personas que se encuentran huidas, y se necesitan esfuerzos duraderos para llegar a una total normalización de la vida cotidiana y política en la región".

El llamado conflicto vasco era más un problema entre vascos que entre Euskadi y España, como hace años escribió Gurutz Jáuregui, y a pesar de la desaparición de ETA no será fácil la reconciliación. Quizás es un objetivo prematuro y convendría más hablar de reencuentro, tal y como Michelle Bachelet proponía para Chile en 2007, treinta años después del golpe del general Pinochet. Quizá el primer objetivo a alcanzar sea el de conseguir vivir juntos en armonía.

ETA ha hecho público hace unos días una especie de disculpa muy decepcionante en la que reconoce "el daño causado", admite su "responsabilidad directa" en el "sufrimiento desmesurado" que la sociedad vasca ha vivido, y ha afirmado que "lo siente de verdad" por las víctimas "que no tenían participación directa en el conflicto".

Esta distinción de unas víctimas que no tenían nada que ver con lo que llaman conflicto hace pensar que una parte de los asesinados no les merecen la menor consideración, lo cual, como es lógico, ha enfurecido a mucha gente, entre ellos a las asociaciones de víctimas. Muchos de los miembros de éstas, al menos la parte más politizada y partidista, exigen que ETA reconozca explícitamente que nunca tuvieron ninguna justificación ni legitimidad para matar, que no se le dé a los presos de ETA ningún beneficio penitenciario, y que no se deje de perseguir al resto de los miembros de la banda que aún no han pagado por los más de 300 crímenes que, hoy por hoy, no se han aclarado.

Es en este escenario que he recordado el dolor con el que vivimos el asesinato de Ernest Lluch en 2000. Justo Serna y yo publicamos un texto bajo el título "Contra el terror" en noviembre de 2000. En él decíamos: "Ante la barbarie, los hombres y las mujeres vinculadas a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia, queremos transmitir a la sociedad la voluntad común de reafirmarnos en nuestras convicciones democráticas. Nosotros, haciendo valer los derechos que nos asisten como ciudadanos, hemos de decirles que no conseguirán acobardarnos; que no dejaremos que nos ahoguen la libertad; que no les dejaremos que nos quiten nuestra condición de ciudadanos libres e iguales".

Ayer, en una magnífica entrevista a eldiario.es, Eulalia Lluch, hija de aquel hombre de paz, declaró "Es tan duro, que más que perdonar a los asesinos de mi padre, hay que ignorarlos. Decirles que no van a hacerme más daño". A continuación añadió una idea importante que muchos entendemos que permitiría avanzar en la senda del reencuentro, una estación inevitablemente previa a la reconciliación: "Hay que acercar estos presos [de ETA, a Euskadi]. A quién estás haciendo mal? [manteniéndolos alejados] A las familias. Quizás no todas las familias compartían la decisión del miembro de ETA".

Estoy de acuerdo con la señora Lluch. Hay que seguir dando pasos para lograr una convivencia armoniosa, por el reencuentro entre los vascos que permita imaginar una reconciliación futura. Acercar los presos beneficiaría indiscutiblemente ese proceso, así que sería necesario que nadie confundiera la justicia con la venganza, y que los responsables partidarios tuvieran el valor y la responsabilidad de avanzar en este sentido.

"Es tan viejo y arraigado, / tan antiguo como el tiempo / el dolor de aquella gente. / Es tan viejo y arraigado / como todos los colores del verde / en aquel mes de mayo ", cantaba Raimon. Ojalá empezáramos entre todos a poner un verdadero punto y final a tanto dolor.