El amigo americano persevera en la Doctrina del Abandono.

May 14, 2018

La salida de la UNESCO, el fin de la participación en el Tratado Trans-Pacífico (TTP), la retirada del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y la amenaza de cancelar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con México y Canadá son parte de una serie de medidas tomadas por el gobierno de los Estados Unidos de América (EE.UU.) presidido por Donald Trump. Ahora, éste ha decidido, con una exhibición de irresponsabilidad inaudita, romper el Tratado Nuclear con Irán y, además, ha anunciado sanciones económicas contra ese país.

 

El jefe de la Casa Blanca practica lo que ha sido bautizado como la Doctrina del Abandono. Varios analistas han señalado que la principal motivación de Trump para sacar a EE.UU. de estos acuerdos es desmantelar el legado de su antecesor, Barack Obama. Es verdad que tanto el acuerdo nuclear con Irán, como el TTP y el Tratado de París fueron éxitos de la Administración Obama. Pero no es sólo eso. La obsesión de romper las alianzas multilaterales se ha convertido en el eje de su política exterior, una estrategia que conecta claramente con la simpleza de su lema de campaña: "EE.UU. primero". Conviene recordar que pocos meses después de asumir la presidencia, Trump declaró: "Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh (la gran ciudad industrial estadounidense) no a los de París".

 

Llegados a este punto, si hemos entendido bien el resultado de la última reunión franco-alemana, desde la Unión Europea se ha dicho, por boca de Macron y Merkel, que hemos llegado a una nueva etapa de nuestra historia como europeos en la que ya no podemos mantener la confianza en "nuestro amigo americano".

 

La historia de la amistad es larga. EEUU se convirtió en la gran potencia continental americana después de 1898, al completar su expansión territorial hasta el Pacífico y, después, al finalizar como vencedora indiscutible en  una guerra desigual con España por la isla de Cuba. Cabe decir que el balance de aquella confrontación fue la crónica de un desastre anunciado. Desde Madrid hacía más de un siglo que se sabía que el nuevo país que había surgido de la independencia de las Trece Colonias británicas provocaría muchos perjuicios a España.

 

El Intendente de Venezuela ya comunicó en 1781 a Carlos III que, tras la independencia de las colonias británicas, "las Américas han salido de su infancia". Planteaba, además, una pregunta concreta: "si no ha sido posible a Gran Bretaña reducir a su yugo a esta parte del Norte, encontrándose bastante cercana a la metrópoli, ¿qué prudencia humana podrá dejar de temer muy arriesgada igual tragedia en los asombrosos y extensos dominios de España en estas Indias"?

 

El Conde de Aranda en una línea similar, afirmaría, 1783 que "el dominio español en América no puede ser muy duradero", y ello no sólo por la dificultad de defenderlo dada la distancia y por los abusos de los funcionarios peninsulares, sino porque la ex-colonia británica "en breve plazo se convertirá en un gigante que pronto amenaza las posesiones españolas".

 

El Conde de Aranda no podía sospechar que ciento quince años después España perdería su última colonia en América, precisamente, ante aquel gigante que él percibía tan claramente como una amenaza.

 

De potencia continental americana, EEUU pasó a ser potencia mundial al finalizar la I Guerra Mundial en 1918, después de haberse sumado en 1917 a los Países Aliados en contra de las Potencias Centrales. El status de superpotencia lo alcanzará en 1945, al terminar la II Guerra Mundial con la derrota de las potencias del Eje. Este drama bélico también convirtió a la Unión Soviética en la otra superpotencia planetaria, y se conformó entre ambas el escenario para la Guerra Fría, que se prolongó durante los siguientes 46 años. Paralelamente, la finalización de la segunda guerra marcó el declive y la pérdida de influencia de las grandes potencias europeas, que se materializaría, por un lado en el inicio de la descolonización de Asia y África; y, por otro, con un seguidismo total de los países europeos a las directrices establecidas desde Washington respecto, también, las relaciones internacionales.

 

La constitución de la OTAN en 1949, a raíz de un acuerdo firmado en Washington, había sido diseñada para ser una garantía de seguridad y también de control de los estados de Europa Occidental ante la Unión Soviética y sus aliados, que en 1955 constituirían el Pacto de Varsovia. Tras la desintegración de la URSS, la OTAN redefinió sus objetivos y actividades, priorizando fundamentalmente la seguridad del Hemisferio Norte. Cabe decir que, desde su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump se mostró hostil con la Alianza y ya fue particularmente desagradable en la primera reunión de los socios mandatarios a la que asistió. De hecho, desde entonces exige que todos los miembros incrementen sustancialmente su colaboración económica, recordando con insistencia que EEUU aporta las dos terceras partes de los recursos económicos.

 

Con todos estos antecedentes históricos es muy importante que, tras el último abandono de Trump a propósito de Irán, el presidente francés Macron y la cancillera alemana Merkel hayan defendido la necesidad de avanzar en una política de seguridad común europea y en la preservación del multilateralismo. Concretamente, Merkel advirtió de los desafíos internos y externos a los que Europa hace frente, de la peligrosa política aislacionista de Estados Unidos, de los conflictos sin resolver y de las nuevas amenazas. Con una dureza inhabitual en el lenguaje entre mandatarios, la cancillera dijo: "Hay conflictos en las puertas de Europa. Y la época en que podíamos confiar en los  EE.UU. se terminó". Macron, a su vez, no se quedó atrás: "Algunas potencias  han decidido incumplir su palabra: estamos ante grandes amenazas y Europa tiene el deber de mantener la paz y la estabilidad en la región".

 

La estabilidad de la Unión Europea, todavía más después del Brexit, no es sólo un problema de defensa, ni simplemente un problema militar. Pasa por la necesidad de fortalecerla en un mundo en el que entre China, Rusia y EEUU dirigidos por un personaje como el actual presidente pueden convertirla en actor prescindible en el escenario internacional. Las discrepancias entre los países miembros en materia comercial, en política financiera y la ausencia de una política internacional común -digna de tal nombre- son obstáculos de gran envergadura para avanzar hacia una Unión Europea que sea algo más que un club de socios que se miran obsesivamente su ombligo nacionalista. El peligro real es que Europa quede como un inmenso parque temático cultural y de ocio para que lo visiten oleadas de chinos, japoneses, rusos y americanos.

 

Rajoy ha convertido a España en irrelevante en el escenario europeo, por su falta de liderazgo y por su incapacidad para resolver el problema con Cataluña. Esto cuando debería jugar un papel en correspondencia con su peso económico, demográfico y geoestratégico dentro de la UE. Pero no lo hará. No tiene ni conocimientos ni destrezas. Si no sabe qué hacer con España, qué va a saber sobre cómo colaborar en redefinir Europa.

 

La coyuntura es más que preocupante. El amigo americano, del que los gobiernos del PP han sido particularmente incondicionales [recordemos, por ejemplo, aquel patético Aznar como comparsa del Trío de las Azores], es otra vez una amenaza, como lo era a finales del siglo XVIII. Pero Rajoy no tiene la capacidad analítica que demostró hace más de dos siglos el Conde de Aranda. Es por ello que si, efectivamente, tal y como parece, hemos llegado a una nueva etapa de nuestra historia como europeos, es imprescindible sacar a Rajoy y el PP del gobierno de España. Hay que trabajar muy en serio para redefinir la Unión Europea, con urgencia, con liderazgo y con ideas claras.

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