Un país dividido

May 18, 2018

Diario de un reportero

 

 

A salvo del bullicio de la propaganda política buena y mala, lejos de las manifestaciones y los mítines, rodeado de alcornoques y el silencio que deja el viento cuando deja de soplar, en una serranía tal vez sin nombre, uno lee la prensa y se queda con la impresión de que México es un país peligrosamente dividido.

 

Como hace dieciocho años, la nación (ustedes, yo, nosotros) tiene que decidir si sigue como va o si cambia el rumbo. Pero cuando comenzó el siglo las redes sociales eran prácticamente inexistentes y la malicia todavía no asomaba sus mil cabezas al ancho mundo de la internet.

 

Pero ya eran claras las diferencias entre quienes pensaban que el Partido Revolucionario Institucional era la única causa de todos los males del país, y quienes adivinaban que la corrupción (tal vez lo único verdaderamente democrático en México, porque no tiene distinción de partidos) somos todos.

 

Y muchos votaron por Vicente Fox. Lo que hizo el guanajuatense durante el tiempo que estuvo en la presidencia probó que el cambio político no es necesariamente bueno. Muchos terminaron por darse cuenta de que democracia no consiste nada más en votar.

 

El país se dividió. Unos le daban a Fox el beneficio de la duda y otros advertían que a fin de cuentas los políticos mexicanos llevan dentro un pequeño priista, como explicó a tiempo Carlos Castillo Peraza. Hubo familias que dejaron de hablarse y amigos que dejaron de serlo...

 

Ahora estamos como entonces. Las redes sociales — que les dieron voz a quienes no tenían— están llenas de ofensas, de mentiras, de medias verdades y de chistes de mal gusto sobre los candidatos y quienes los apoyan. Seguimos siendo un país dividido.

 

La gente no busca información que les ayude a tener una opinión sino confirmación de sus propias opiniones, y muchos ven en los otros a un enemigo al que hay que aplastar porque no piensa igual que ellos. A esto hemos llegado. Tal vez ya no importa quién gane.

 

El veneno en Veracruz

Mientras tanto, empresas y particulares siguen envenenando el aire y el agua de Veracruz. Los casos más recientes son el de Comercial Ayssa y el de Soriana, a las que se sorprendió descargando aguas residuales en una calle del puerto. Si se demuestra su responsabilidad podrían multarlas con dieciséis mil pesos, que es lo que gana una de ellas en una hora.

 

Así no sirve. El mensaje que se manda es que todo se puede arreglar con dinero, que es lo que más tienen quienes más contaminan: la industria minera, los ingenios azucareros, las instalaciones petroleras, las fábricas alcoholeras, los tiraderos a cielo abierto, y las empresas pequeñas, medianas y grandes a quienes no les importa mucho el futuro mientras puedan ahorrarse unos pesos en el presente.

 

Para darse una idea: las operaciones de Pemex afectan de manera directa el aire y el agua de al menos veinte municipios. El manejo incorrecto de residuos infecta la vida en cincuenta y cuatro municipios. Las aguas residuales sin control envenenan los mantos freáticos en sesenta y seis municipios. Etcétera.

 

Y los responsables pagan (cuando los obligan) algunos miles de pesos y siguen haciendo lo mismo. Tal vez llegó la hora de aplicar grandes remedios a grandes males. Pero se necesita un gobierno (léase Poder Ejecutivo, léase Poder Legislativo, léase Poder Judicial, léase clase política) que busque el bien de los veracruzanos. Por ahora no hay de eso.

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